lunes, 4 de noviembre de 2019

Una descripción del carácter de Rubén Darío



El venezolano Rufino Blanco Fombona, escritor y diplomático, que fue una de las figuras más destacadas del modernismo, nos ha dejado en las páginas del diario El Sol, de Madrid, su visión retrospectiva sobre el carácter y la actitud de Rubén Darío. Publicado el 30 de diciembre de 1925, constituye una referencia esencial para entender al poeta nicaragüense.

 He aquí el contenido completo del artículo.

“Don Arturo Torres Ríoseco, chileno, profesor de la Universidad yanqui de Minneápolis, se propone escribir la biografía de Rubén Darío, y me hace el obsequio de inquirir el género de relaciones que hubo entre el magnífico poeta y yo. ¡Esta sola pregunta me ha hecho remover tantos recuerdos! "He sabido por algunos amigos de Rubén—me escribe el Sr. Ríoseco—que entre usted y el gran poeta de Nicaragua existió siempre cierta rivalidad, que algunas veces produjo desagradables incidentes." Tales informes son errados. Creo poseer aquella virtud de qué habló Carlyle: la de saber admirar a uno más grande que nosotros. Jamás tuve rivalidades con Rubén, a quien un tiempo quise mucho y a quien siempre admiré como a un altísimo poeta, como a un maestro. Mío lo fue. Máxime en los principios de mi carrera. Sin Rubén Darío, ni yo ni muchos otros —aunque lo callemos, mezquinos— seríamos lo que somos... Andando el tiempo, y ya en la plenitud de tal sazón intelectual, yo tomé por caminos diferentes a los de Rubén, y no sólo diferentes, sino antagónicos. Yo soy un modesto escritor criollista, que aspiro a lo humano, a lo universal, a lo eterno, por lo propio de mi ser, de mi tierra, de mi lengua y de mi raza. El es un magno poeta a la europea, un exotista, un desarraigado. Darío logró desviarme, por algún tiempo, del rumbo inicial que el instinto me deparó, y al que he vuelto, años después, orientando el ciego instinto de antaño por las claridades de la experiencia. Esto no es negar mi deuda con Darío. Le debo muchísimo: Le debo el haber afinado mis nervios, haciéndolos aptos para levedades y gracias, que por sí propios, sin Rubén, no hubieran captado, gozado ni comprendido nunca. Eso, que parece poco, es inmenso. Pero, en honor del poeta y por ser de justicia, pongamos los puntos sobre las íes. Rubén Darío fue creador, en América y en España, de una nueva sensibilidad, de un nuevo tono lírico, y en este sentido, los escritores jóvenes de su tiempo, tanto en España como en América, le debemos todos mucho.

¿Mis relaciones con Rubén? Estuvimos muy unidos desde principios de 1901 hasta fines de 1904, época durante la cual vivíamos ambos en París. En 1907 volví a Francia; nuestra amistad siguió cordial, estrecha. Regresé a mi país y luego volví a Europa en 1910. Entonces rompimos. Salvo cierta nubécula de incomprensión y de champaña, la noche de nuestro conocimiento en el bar de Calisaya, hoy desaparecido—y que recordarán en España Manuel y Antonio Machado, Luis Bello, García Martí y el actor Ricardo Calvo—, no creo que volviésemos, durante once o doce años de amistad, a tener diferencia alguna. Y eso que Rubén, cuando tomaba, se ponía insufrible. Muy cortes antes de apurar la primera copa, ¡qué cambio, a veces, después de algunos tragos! Nervioso, irascible, respondía con violencia, decía y hacía cosas tontas, más bien pueriles que perversas. Una tarde, en su casa, desnudo y envuelto en una sábana, estuvo paseándose por la escalera, con escándalo de !a portera y regocijo de las vecinas. Cierta noche, en el Tilottlin Bouye, echó mano al bolsillo, sacó las tarjetas de visita y empezó a repartirlas entre los espectadores. Costó trabajo hacer!e embolsillar su carterita y arrancarlo de allí. Cuando se le preguntó el motivo de aquel acto absurdo, respondió: -Para que sepan..., para que sepan. Estos franceses se imaginan que yo soy un burgués-. En estado normal era gratísima su compañía, no porque hablase mucho ni bien, sino porque oía con atención inteligente, y entrecerrando sus ojillos negros, pequeños, muy luminosos, muy parpadeantes. De cuando en cuando alguna reflexión inesperada abría horizontes nuevos sobre el asunto. En otras ocasiones disparaba preguntas o exclamaciones infantiles. En el fondo era un niño, un niño sublime. Pocas veces contradecía. Era tolerante. Sabía tornear sus argumentos con discreción diplomática, sin cejar en sus ideas ni menospreciar las del oponente. Ni en política, ni en filosofía estuvimos jamás de acuerdo. "Desrazonábamos a la luz de la Luna , dirá él de nuestras charlas en el prólogo de Pequeña ópera lírica, y apuntará diferencias: "yo creyendo en Jesús santo y él no”. Sentía vivo placer por los temas voluptuosos, sin caer jamás en vulgaridades. En este punto, lo comprendía, lo disculpaba y lo admiraba todo. Su exasperado sensualismo era, para la época en que nos conocimos, más imaginativo que práctico. Zola y Gounnont fueron así. D. Enrique Díez-Canedo, a quien hay indefectiblemente que referirse cuando se trata de poetas contemporáneos, máxime en lengua española, habla de refilón, con su habitual agudeza, de la sensualidad convertida por los poetas americanos en elemento de arte. (Prólogo a la traducción española de los Estudios, de Isaac Goldberg, sobre literatura hispanoamericana. Madrid.) Era Rubén Darío muy sugestionable. Le faltó siempre carácter. Cualquiera podía influir en Rubén, aunque no literariamente. Era el ser menos levantisco, menos revolucionario del mundo. Todo lo estampillado, lo oficial, merecía su aquiescencia y su venia. Es curioso que a un hombre así le haya tocado ser abanderado de un movimiento subversivo, de un movimiento de revolución literaria. Busco una explicación, y pienso: Quizás su maravilloso temperamento de artista del verbo—tanto en verso como en prosa—estuviese por encima y por fuera de su voluntad. Leyó a los franceses, a los italianos, a los portugueses; su fina sensibilidad se contagió de hermosura exótica, trató de trasplantar a su lengua los procedimientos extraños; el temperamento, su maravillosa capacidad de expresión, hizo lo demás. De la noche a la mañana se encontró, por obra y gracia de sus nervios, creador de belleza nueva, con expresión española. No me explico de otro modo elogiosas de algunos magnates, como doña Blanca de Zelaya, merecieron acrósticos y sonetos de Rubén. Jamás amó la libertad ni, en el fondo, a nuestra América. "Lo bello en política es la Monarquía", escribió, incapaz de comprender la belleza de la justicia y de la libertad. Lo deslumbraban exterioridades: la corona, el manto de armiño, las cuatro planchas cubiertas de terciopelo carmesí. La poesía de las Cortes se reducía para el poeta a las voluptuosidades del ojo y la imaginación; poesía teatral y versallesca de lindas mujeres, entre encajes y sedas, cubiertas de vicios y de joyas, capaces de todos los pecados. Amaba el lujo y la fuerza. ¡Que le importaba a Rubén, tan apolíneo, todo armonía de espíritu, que el gesto regio lo hiciera la quijada monstruosa de un Habsburgo, o la nariz absurda de un Borbón, o la cabeza de mosquito de un Braganza, o el histriónico Hohenzollern, o el malvado Calígula! El siempre encontrará motivos de admiración. Admirará a Calígula por su vesania; al Hohenzollern, por su histrionismo; al Braganza, por su vacío cerebral; al Borbón, por sus narices; al Habsburgo, por su mandíbula. En cuanto a América, tenían razón los que en la tertulia de Rodó negaban que fuera Rubén nuestro poeta representativo. Un día, en 1883, le encargó el Presidente de El Salvador, país en que a la sazón estaba Rubén, un poema para conmemorar el primer centenario de! natalicio de Bolívar. Versos de encargo, versos no sentidos, versos pésimos. Rubén celebra en las primeras estrofas, al héroe y a la gloria; pero en todas las restantes, que son muchas, no canta sino al Presidente, que lo paga, y a El Salvador, que lo alberga. Sentía por la fuerza, la riqueza y las p?7,uñas de los yanquis un respeto que yo—como se sabe— nunca he compartido. Después cambió un poco, muy poco, ¡qué poco! Nuestra amistad acaso no fue extraña al cambio. Darío, que compuso la arrastrada Salutación al águila, le arrancó después unas cuantas plumas de la cola al pajarraco, y se las arrancó con altivez de verdadero poeta de una raza. Recordad el ¡hola, pillo! A Roosevelt, aquel poema que Howard B. Macdonáld llama exageradamente "el más fuerte himno al odio". Un día llego a su casa; me lo encuentro, muy finchado. — ¿A dónde va, Rubén, de veinticinco alfileres? —Voy a ver a doña Zoila. Aquella doña Zoila, de paso en París, era la esposa del dictador Venezolano Cipriano Castro. Rubén no conocía ni a doña Zoila, ni a Castro, ni a Venezuela. Tampoco esperaba nada ni de Venezuela, ni de Castro, ni de Zoila. Espontáneo doblar de rodillas. Necesidad de curvar el espinazo. Me costó trabajo disuadirlo de aquella inútil pleitesía a la mujer de un dictador. Con tantas divergencias de carácter y de ideología, parece que no existiera humus propicio donde arraigar y fructificar nuestra amistad. Fue muy estrecha y muy cordial, con todo. Yo sentía por él una mezcla de admiración y gratitud. Aun en sus momentos más lamentables, siempre recordé que el resplandor de aquel cerebro iluminaba el camino de nuestra generación; que aquellas manos producían sublime hermosura, y que aquella barbilla castaña y aquel pálido rostro, entre socrático y mongólico, eran la máscara vulgar de un poeta de genio. Además, Rubén, en el fondo, era bueno. En el fondo y en la superficie, salvo momentos de exaltación alcohólica. Jamás he visto hombre menos pedante, ni menos envidioso. Admiraba a unos cuantos, estimaba a otros cuantos, reía de algunos. Así deben reír los dioses: paternalicios, benévolos. Envidia, nunca, a nadie. Se placía en el triunfo de los demás, seguro de que nadie podía hacerle sombra. Llenos están sus libros de alabanzas a los grandes, a los medianos, aun a los chicos. El sabía lo que valían su opinión y sus loas. No por eso las pesó siempre en balanza de farmacéutico. Su desprecio solía ser épico; tan sincero como profundo. Aquel sujeto bilioso y pésimo cronista, sulfato de pequeñez, envidioso hasta el verdor. Fray Candil, lo llamó una vez, en un diario do Madrid, mal poeta. Rubén se sonrió con una sonrisa socrática, cargada de sabiduría y de entrañable desdén. Hasta ese momento, tuve la comprensión tan clara de la superioridad de un hombre sobre otro. Volveré a hablar del poeta.
R. BLANCO FOMBONA”

lunes, 28 de octubre de 2019

Rubén Darío, la actitud para vivir de la poesía


“Desde niño Rubén Darío pensó que podía vivir de la poesía”. Oí que me decía mi vecino de silla, sacándome de mi ensoñación.

Me encontraba entre las dos docenas de asistentes al conversatorio que tenía lugar en el auditorio de Hispamer, en Managua. Participaban, junto al autor de un nuevo libro sobre Rubén Darío,  dos catedráticos de literatura, asiduos en este tipo de eventos.

“Tal vez en esa época la poesía era más valorada”. Respondí, por pura cortesía.

“!Qué va a ser! Darío comenzó escribiendo versos bajo demanda para sus amigos de barrio y de colegio, por los que recibía algunos pesos. Luego colaboró en periódicos locales, ganando fama, regalías y pequeñas cantidades de dinero. Todo eso debió confundirle.

Observé a mi interlocutor. Era un hombre de unos setenta años. Sin duda se trataba de un dariano que había acudido a aquella presentación con la esperanza de escuchar algo nuevo. Su cara me resultaba conocida. Tal vez, pensé, lo había visto en algún debate cultural en la televisión local.

“Entonces, tenemos que agradecer que, ese primer error de juicio, le diera el impulso para convertirse en un gran poeta”. Le dije.

“Cierto– concedió-. Sin duda esas primeras experiencias le animaron a perseverar y al final, aunque no siempre bien, consiguió vivir de la literatura. Hasta los cargos diplomáticos que tuvo se los debió a su fama como escritor. Aunque lo que más le ayudó fue su forma natural de relacionarse y el haber entendido que solo estando cerca de los poderosos y adinerados podía cumplir su propósito”. Me explicó.

“Eso último debe ser un conocimiento innato, algo que les viene dado a los poetas junto con el don de escribir. De otra manera no podrían sobrevivir. Desde la época de los juglares siempre se han ganado la fama creando figuraciones artísticas, pero la vida se la han ganado dedicando alabanzas a los poderosos”. Argumenté.

“Tiene razón. Difícilmente podrían sobrevivir de otra manera. En la vida de Darío hay muchos ejemplos que pueden dar testimonio de esta forma de relacionarse con el poder y la riqueza”.

“¿Por ejemplo?”. Me interesé.

En este punto, la conversación, que hasta ese momento había transcurrido de manera casual, empezó a interesarme.

“Pues ahí está su peculiar relación con Navarro Ledesma, un influyente personaje que se llevaba mal con todos los nuevos escritores que surgieron a finales del siglo diecinueve, especialmente si eran criollos”.

“Es la primera vez que oigo ese nombre”. Le dije.

Se echó a reír.

“Adentrarse en la vida de Darío es como abrir el libro del Who’s Who, de esa época. Pareciera que se relacionó con todo aquel que representaba algo en el mundo hispanoamericano”.

Cuando aquella noche llegué a casa abrí el Internet y tecleé el nombre en Google. Aparte de Wikipedia, la mejor fuente de información estaba en los periódicos de la época. Los datos descriptivos señalaban que Francisco Navarro Ledesma se desempeñó como catedrático de literatura en un instituto de Madrid, y fue uno de los fundadores de la revista satírica Gedeón y del diario ABC, colaborando activamente en El Globo, El Imparcial y en revistas como La Lectura, Blanco y Negro o La Revista Moderna. Sus dos pasiones eran la fidelidad en el recuerdo a su gran amigo Ángel Ganivet , tras su muerte ocurrida en noviembre de 1898 y el poner en valor toda la obra cervantina, que le llevó a escribir una interesante biografía de Miguel de Cervantes. De joven, realizó alguna incursión en el campo de la poesía y la narrativa, con poco éxito, y acabó volcando toda su energía en la crítica literaria, que ejerció siempre con una actitud beligerante.

Aunque lo más relevante se encuentra en lo que sus amigos y detractores dejaron escrito sobre él. Le veían como un hombre de personalidad anticuada, un joven viejo, aferrado al pasado. Un modelo de la época que le había tocado vivir, dotado para la retórica, muy bien relacionado en el mundo literario, y que se manejaba con fluidez con el poder mediático, lo que le sirvió para conocer los tejemanejes de las redacciones. Algunos de sus contemporáneos lo describieron como “un don nadie con mucho poder en el mundo literario de su época”.

En unos años  en los que el mismo Manuel Machado constataba que “la muerte natural del poeta español era necesariamente de hambre”, este personaje que mantuvo casi siempre dos principios: la oposición a las nuevas tendencias que confluían en el modernismo y su apoyo y defensa de la vieja generación de escritores, podía hacer mucho daño con sus críticas, ya que, desde la tribuna de los periódicos en donde colaboraba, se había convertido en un destacado prescriptor, con una gran capacidad de influencia en el público, así como entre los intelectuales y políticos, por lo que su opinión favorable era buscada por los escritores de la época. Era bien conocido su desprecio por los nuevos autores, especialmente los modernistas y arremetía con frecuencia contra ellos en la sección que, bajo el nombre de “El papel vale más”, mantenía en la revista Gedeón. El título parecía decirlo todo.

Pues bien, este personaje de vida austera, tan alejado de las certidumbres que animaban la vida de Rubén Darío, llegó a entablar una relación con el poeta que finalmente llevó a éste a dedicarle un poema en ocasión de su fallecimiento.

Parece que todo empezó con motivo de la celebración del tricentenario de la edición de la primera parte del Quijote, que se realizó en Madrid durante los primeros días de mayo de 1905. Ambos coinciden allí, Navarro Ledesma pronuncia en el Ateneo, de cuya sección de literatura era presidente, una conferencia con el título de "Cómo se hizo el Quijote", y en esa misma oportunidad el día 13 de mayo, Darío presenta su poema "Letanías a nuestro señor don Quijote", que lee Ricardo Calvo, ya que el poeta nicaragüense no lo pudo hacer por indisposición.

Se conocieron durante esas celebraciones y Darío le comentó que tenía unos versos escritos en honor de Ángel Ganivet. Posteriormente, a finales de ese mismo mes, le hace llegar unos versos para que sean publicados en la revista Blanco y Negro, de la que Navarro Ledesma es director literario. Son los primeros que envía a esa redacción.

A finales de junio empieza a circular por Madrid el libro Cantos de vida y esperanza, que incluye el poema “Letanías a nuestro señor don Quijote”, y que va dedicado a Navarro Ledesma.

El 10 de julio éste responde al envío de los versos, y se disculpa por el retraso en publicarlos, aduciendo que están a la espera de que el artista José Arija se encargue de ilustrarlos, ya que pretenden darles una presentación acorde con la fama del autor. También le pide que le envíe sus versos dedicados a Ángel Ganivet.

Se trata del poema titulado “A Ganivet”, fechado en Budapest en 1904 y al que añadió posteriormente la dedicatoria a Navarro Ledesma. Este poema se publicó por vez primera en el diario El Sol, en 1925, y posteriormente fue recogido por Alberto Ghiraldo en su libro “El ruiseñor azul”, en el que aparecen poemas inéditos de Darío.

“A Ganivet”
……………………………..
ruiseñor enamorado de cosas imposibles,
y mistificador de las cosas sensibles,
hasta el punto de ser verdugo de sí mismo…
nada como mirarte
a la luz de la luna del arte
deshojando tu alma al borde del abismo.

Navarro Ledesma falleció el 21 de septiembre de 1905, de un súbito ataque al corazón. Para esta ocasión Darío escribió el poema IN MEMORIAM, publicado en El Imparcial, al que tiempo después Valentín Gómez, redactor en la revista La Lectura Dominical, que firmaba con el seudónimo de Mínimus, y que gozaba de gran prestigio político y literario, criticó con saña.

“A Navarro Ledesma”
IN MEMORIAM
He aquí lo que fue: Claro, profundo, franco.
Su pensar singular brotó del papel blanco
Cual una fuente de vigor y de dulzura
Y se transparentaba en su alma toda pura.
Yo no escuché jamás palabra tan humana
Y que fuese en mi sangre y mi pensar mi hermana.
Era bueno. Era puro. Era lo que hay que ser
Cuando se trae en el hombro la piedra del deber.
Y él la supo llevar, esa piedra de hierro,
Viendo hacia arriba al águila y hacia sus pies el perro.
 i Oh amigo ! Sé en lo hondo del infinito ahora
Como eras en el triste imperio de la hora.
Todo lleno de angustia y de dolor y duelo.
Perpetúate en ritmo, en canto, en verso y vuelo.


jueves, 24 de octubre de 2019

Rubén Darío en el teatro de Valle Inclán

A mediados de octubre, aprovechando mi estancia en Madrid, asistí con unos amigos a una función en el teatro María Guerrero, uno de los escenarios más bellos y emblemáticos de Madrid. Estaban programando la obra de Valle Inclán, Luces de Bohemia, y para mí era una nueva ocasión de poder disfrutarla, que sería la tercera en los  últimos quince años. Una vez más volvió a seducirme la versatilidad de su puesta en escena.

Esta tragicomedia escrita en 1920, es un referente del género teatral conocido como esperpento, y se ha convertido, desde que fue estrenada por primera vez en 1970, en una auténtica regalía para los directores teatrales, ya que la sobriedad estética de sus escenas les permite volcar en ella toda su creatividad, realizando montajes tan sorprendentes como desbordantes de imaginación.

El decorado consistía en esta ocasión en un fondo negro, donde tres grandes espejos cóncavos, situados encima de sendas plataformas deslizantes, eran desplazados por los propios actores, componiendo así cada nuevo cuadro, de manera que, a través de sus reflejos desde el patio de butacas, conseguían incluir al público en la escena. Todo un espectáculo de magia, al que se sumaba un juego de luces sobrio pero impactante, que dotaba a cada escena de un ambiente donde la palabra adquiría una fuerza intemporal.

La obra retrata una época y un modo de vida en la España de los años veinte. El argumento es sencillo: Max Estrella, al que todos consideran el primer poeta de este país, es ahora un anciano ciego a la vez que sagaz, irónico e ingenioso, que hace del dominio de la palabra la mejor de sus armas, y con ella recorre las calles de un Madrid marginal y grotesco, encontrándose con viejos amigos y circunstancias que despiertan su ironía.

Asistir a esta nueva representación tenía para mí, a diferencia de las anteriores, el aliciente de poder observar como era tratado Rubén Darío, que es uno de los personajes secundarios de la pieza teatral. Siempre me he preguntado el por qué Valle Inclán lo incluyó en esta obra, que refleja los últimos días de la vida de Alejandro Sawa, sin tratar de disimular su presencia dándole otro nombre, como hizo con Don Latino o con Max Estrella, los dos principales protagonistas. Porque igual que Max Estrella encarna al bohemio heroico, Don Latino es un remedo del bohemio golfante, desleal, que vende mala literatura y se arrima al éxito y la fortuna de los otros.

Tal vez, considerando la amistad que, a lo largo de muchos años, hubo entre Valle Inclán y Darío, se puede pensar que lo incluyó en la obra a modo de homenaje, dejando constancia de la presencia y la actitud del poeta en aquellas tertulias de los cafés madrileños. ¿Era Rubén Darío un personaje peculiar, tal vez extravagante en aquel Madrid de comienzos del siglo XX?

Veamos como transcurre la escena novena, donde aparece por primera vez Darío, en esta obra teatral que se compone de 15 escenas.

ESCENA NOVENA
(Un café que prolongan empañados espejos. Mesas de mármol. Divanes rojos. El mostrador en el fondo, y detrás un vejete rubiales, destacado el busto sobre la diversa botellería. El Café tiene piano y violín. Entran MAX ESTRELLA y DON LATINO).

MAX: ¿Qué tierra pisamos?
DON LATINO: El Café Colón.
MAX: Mira si está Rubén. Suele ponerse enfrente de los músicos.
DON LATINO: Allá está como un cerdo triste.
MAX: Vamos a su lado, Latino. Muerto yo, el cetro de la poesía pasa a ese negro.
DON LATINO: No me encargues de ser tu testamentario.
MAX: ¡Es un gran poeta!
DON LATINO: Yo no lo entiendo.
MAX: ¡Merecías ser el barbero de Maura!

(Por entre sillas y mármoles llegan al rincón donde está sentado y silencioso RUBÉN DARÍO. Ante aquella aparición, el poeta siente la amargura de la vida, y con gesto egoísta de niño enfadado, cierra los ojos, y bebe un sorbo de su copa de ajenjo. Finalmente, su máscara de ídolo se anima con una sonrisa cargada de humedad. El ciego se detiene ante la mesa y levanta su brazo, con magno ademán de estatua cesárea).

MAX: ¡Salud, hermano, si menor en años, mayor en prez!
RUBÉN: ¡Admirable! ¡Cuánto tiempo sin vernos, Max! ¿Qué haces?
MAX: ¡Nada!
RUBÉN: ¡Admirable! ¿Nunca vienes por aquí?
MAX: El café es un lujo muy caro, y me dedico a la taberna, mientras llega la muerte.
RUBÉN: Max, amemos la vida, y mientras podamos, olvidemos a la Dama de Luto.
MAX: ¿Por qué?
RUBÉN: ¡No hablemos de Ella!
MAX: ¡Tú la temes, y yo la cortejo! ¡Rubén, te llevaré el mensaje que te plazca darme para la otra ribera de la Estigia! Vengo aquí para estrecharte por última vez la mano, guiado por el ilustre camello Don Latino de Híspalis. ¡Un hombre que desprecia tu poesía, como si fuese Académico!
DON LATINO: ¡Querido Max, no te pongas estupendo!
RUBÉN: ¿El señor es Don Latino de Híspalis?
DON LATINO: ¡Si nos conocemos de antiguo, maestro! ¡Han pasado muchos años! Hemos hecho juntos periodismo en La Lira Hispano Americana.
RUBÉN: Tengo poca memoria, Don Latino.
DON LATINO: Yo era el redactor financiero. En París nos tuteábamos, Rubén.
RUBÉN: Lo había olvidado.
MAX: ¡Si no has estado nunca en París!
DON LATINO: Querido Max, vuelvo a decirte que no te pongas estupendo. Siéntate e invítanos a cenar. Rubén, hoy este gran poeta, nuestro amigo, se llama Estrella Resplandeciente!
RUBÉN: ¡Admirable! ¡Max, es preciso huir de la bohemia!
DON LATINO: ¡Está opulento! ¡Guarda dos pápiros de piel de contribuyente!
MAX: ¡Esta tarde tuve que empeñar la capa, y esta noche te convido a cenar! ¡A cenar con el rubio Champaña, Rubén!
RUBÉN: ¡Admirable! Como Martín de Tours, partes conmigo la capa, trasmudada en cena. ¡Admirable!
DON LATINO: ¡Mozo, la carta! Me parece un poco exagerado pedir vinos franceses. ¡Hay que pensar en el mañana, caballeros!
MAX: ¡No pensemos!
DON LATINO: Compartiría tu opinión, si con el café, la copa y el puro nos tomásemos un veneno.
MAX: ¡Miserable burgués!
DON LATINO: Querido Max, hagamos un trato. Yo me bebo modestamente una chica de cerveza, y tú me apoquinas en pasta con lo que me había de costar la bebecua.
RUBÉN: No te apartes de los buenos ejemplos, Don Latino.
DON LATINO: Servidor no es un poeta. Yo me gano la vida con más trabajo que haciendo versos.
RUBÉN: Yo también estudio las matemáticas celestes.
DON LATINO: ¡Perdón entonces! Pues sí, señor, aun cuando me veo reducido al extremo de vender entregas, soy un adepto de la Gnosis y la Magia.
RUBÉN: ¡Yo lo mismo!
DON LATINO: Recuerdo que alguna cosa alcanzabas.
RUBÉN: Yo he sentido que los Elementales son Conciencias.
DON LATINO: ¡Indudable! ¡Indudable! ¡Indudable! ¡Conciencias, Voluntades y Potestades!
RUBÉN: Mar y Tierra, Fuego y Viento, divinos monstruos. ¡Posiblemente Divinos porque son Eternidades!
MAX: Eterna la Nada.
DON LATINO: Y el fruto de la Nada: Los cuatro Elementales, simbolizados en los cuatro Evangelistas. La Creación, que es pluralidad, solamente comienza en el Cuatrivio. Pero de la Trina Unidad, se desprende el Número. ¡Por eso el Número es Sagrado!
MAX: ¡Calla, Pitágoras! Todo eso lo has aprendido en tus intimidades con la vieja Blavatsky.
DON LATINO: ¡Max, esas bromas no son tolerables! ¡Eres un espíritu profundamente irreligioso y volteriano! Madama Blavatsky ha sido una mujer extraordinaria, y no debes profanar con burlas el culto de su memoria. Pudieras verte castigado por alguna camarrupa de su karma. ¡Y no sería el primer caso!
RUBÉN: ¡Se obran prodigios! Afortunadamente no los vemos ni los entendemos. Sin esta ignorancia, la vida sería un enorme sobrecogimiento.
MAX: ¿Tú eres creyente, Rubén?
RUBÉN: ¡Yo creo!
MAX: ¿En Dios?
RUBÉN: ¡Y en el Cristo!
MAX: ¿Y en las llamas del Infierno?
RUBÉN: ¡Y más todavía en las músicas del Cielo!
MAX: ¡Eres un farsante, Rubén!
RUBÉN: ¡Seré un ingenuo!
MAX: ¿No estás posando?
RUBÉN: ¡No!
MAX: Para mí, no hay nada tras la última mueca. Si hay algo, vendré a decírtelo.
RUBÉN: ¡Calla, Max, no quebrantemos los humanos sellos!
MAX: Rubén, acuérdate de esta cena. Y ahora, mezclemos el vino con las rosas de tus versos. Te escuchamos.

(Rubén se recoge estremecido, el gesto de ídolo, evocador de terrores y misterios). MAX ESTRELLA, un poco enfático, le alarga la mano. Llena los vasos DON LATINO. Rubén sale de su meditación con la tristeza vasta y enorme esculpida en los ídolos aztecas).

RUBÉN: Veré si recuerdo una peregrinación a Compostela... Son mis últimos versos.
MAX: ¿Se han publicado? Si se han publicado, me los habrán leído, pero en tu boca serán nuevos.
RUBÉN: Posiblemente no me acordaré.

(Un joven que escribe en la mesa vecina, y al parecer traduce, pues tiene ante los ojos un libro abierto y cuartillas en rimero, se inclina tímidamente hacia RUBÉN DARÍO).

EL JOVEN: Maestro, donde usted no recuerde, yo podría apuntarle.
RUBÉN: ¡Admirable!
MAX: ¿Dónde se han publicado?
EL JOVEN: Yo los he leído manuscritos. Iban a ser publicados en una revista que murió antes de nacer.
MAX: ¿Sería una revista de Paco Villaespesa?
EL JOVEN: Yo he sido su secretario.
DON LATINO: Un gran puesto.
MAX: Tú no tienes nada que envidiar, Latino.
EL JOVEN: ¿Se acuerda usted, maestro?

(RUBÉN asiente con un gesto sacerdotal, y tras de humedecer los labios en la copa, recita lento y cadencioso, como en sopor, y destaca su esfuerzo por distinguir de eses y cedas).

RUBÉN: ¡¡¡La ruta tocaba a su fin,
 y en el rincón de un quicio oscuro,
nos repartimos un pan duro
con el Marqués de Bradomín!!!
EL JOVEN: Es el final, maestro.
RUBÉN: Es la ocasión para beber por nuestro estelar amigo.
MAX: ¡Ha desaparecido del mundo!
RUBÉN: Se prepara a la muerte en su aldea, y su carta de despedida fue la ocasión de estos versos. ¡Bebamos a la salud de un exquisito pecador!
MAX: ¡Bebamos!
(Levanta su copa, y gustando el aroma del ajenjo, suspira y evoca el cielo lejano de París. Piano y violín atacan un aire de opereta, y la parroquia del café lleva el compás con las cucharillas en los vasos. Después de beber, los tres desterrados confunden sus voces hablando en francés. Recuerdan y proyectan las luces de la fiesta divina y mortal. ¡París! ¡Cabaretes! ¡Ilusión! Y en el ritmo de las frases, desfila, con su pata coja, PAPÁ VERLAINE).
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Referencias:
Hay una clara relación entre los tres: Valle Inclán, Sawa y Darío. Viejos conocidos, con una camaradería cultivada en los cafés de París y Madrid, hay entre Sawa y Darío una deuda, que éste nunca satisface y aquel le reclama con la urgencia de la necesidad, basada en unos artículos que Sawa escribió para La Nación, y que Darío ofreció pagarle cuando recibiera el dinero.

A su muerte, en 1909, Valle Inclán escribe una nota a Darío en estos términos: "Querido Darío: Vengo a verle después de haber estado en casa de nuestro pobre Alejandro Sawa. He llorado delante del muerto, por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos sus intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban la colaboración de sesenta pesetas que tenía en El Liberal, le volvieron loco en sus últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse. Tuvo el final de un rey de tragedia: loco, ciego y furioso". Posteriormente Darío prologará este libro.

En Madrid, en la esquina de la calle Alcalá con la Puerta del Sol, han colocado una lápida en la pared en la que puede leerse "Al cumplirse 100 años de la singular contienda en la que perdió su brazo izquierdo, a VALLE-INCLAN. En este lugar de Madrid, bajo el primer gran hotel de la capital, el París, estuvo el café de la Montaña, donde el hidalgo y escritor gallego cayó mutilado; un campo de batalla que luego sería inmortalizado en su sin par "Luces de bohemia", como Café Colón, foro en el que Rubén Darío fue honrado por Max Estrella y su escudero Don Latino, sin pensar en el mañana. En "La noche de Max Estrella" de 1999. EL CIRCULO DE BELLAS ARTES.

lunes, 19 de agosto de 2019

Rubén Darío, Andalucía y el poema "A Roosevelt"

Influido por sus primeras lecturas, donde la cultura oriental tuvo un peso decisivo, se observa desde bien temprano la presencia de Andalucía en la poesía de Rubén Darío. En 1885, casi veinte años antes de que llegara a pisar esas tierras del sur de la península ibérica, publicó dos poemas en el diario Mercado, de Managua, en el que cita expresamente situaciones y lugares de Andalucía:

El poema “Amor, Lumen”, el día 21 de Mayo, donde se halla la siguiente estrofa: Se me figura, a fe mía, / mirarte con languidez, / al morir de un bello día, / en un morisco ajimez / de la hermosa Andalucía.

     Y el poema “Etcétera, etcétera”, dedicado a Mariano Zelaya, en el ejemplar correspondiente al 28 de noviembre, donde exalta la belleza de una mujer de la que dice: Y tiene esto, y tiene lo otro, / y entre todas mi morena,  / no digo de las de aquí, / de todas las de la tierra, / inclusa la Andalucía con sus flores de canela...; / y... mucho más, mucho más…/ En, fin, etcétera, etcétera.

    Unos años después, en el poema “Pórtico”, escrito en 1892 para el libro “En Tropel”, del malagueño Salvador Rueda, hace una evocación de la geografía andaluza que él todavía no conoce personalmente: “Mira las cumbres de Sierra Nevada, /  las bocas rojas de Málaga, lindas / y en un pandero su mano rosada / fresas recoge, claveles y guindas. / Canta y resuena su verso de oro, / ve de Sevilla las hembras de llama, / sueña y habita en la Alhambra del moro; / y en sus cabellos perfumes derrama”.

Ese mismo año escribe,  también en España, El elogio de la seguidilla que fue publicado por primera vez en La América Moderna, de Santiago de Chile, el año 1895, bajo el título de: Canciones de España. “Pequeña ánfora lírica de vino llena / compuesto por la dulce musa Alegría /con uvas andaluzas, sal macarena, / flor y canela frescas de Andalucía”. 

No es hasta los primeros días de diciembre de 1903, cuando llega Rubén Darío a tierras andaluces.  Su primer destino es Málaga. Allí se instala inicialmente en el Hotel Alhambra, mientras busca una vivienda de alquiler, asistido por su amigo Isaac Arias, cónsul de Colombia en Málaga y buen conocedor de la ciudad.

Y es en esta ciudad andaluza, capital de la Costa del Sol, donde escribe su afamado poema “A Roosevelt”. Lo sabemos porque el 17 de enero de 1904, cuando ya se halla instalado en su nuevo domicilio en el número 9 de la calle de Fernando Camino, escribe a Juan Ramón Jiménez, enviándole este espléndido poema, en un manuscrito de cuatro páginas, que va dedicado al Rey Alfonso XIII, quien entonces tiene diecisiete años. No se sabe que le motivó a incluir esa dedicatoria, de la que pronto pareció arrepentirse, ya que como cuenta el poeta de Cádiz, en su artículo “Otro lado de Rubén Darío”, reproducido en el número 279 de la revista madrileña Mundo Hispánico, correspondiente a junio de 1971: “Al día siguiente recibí un telegrama de Rubén Darío pidiéndome que suprimiera la dedicatoria”.

Es probable, como señalan algunos autores, que el poema estuviera motivado por  los sucesos de la independencia del istmo de Panamá, ocurrida el 3 de noviembre de 1903, que fueron instigados por los Estados Unidos. Es bastante probable que este fuera un tema recurrente en sus frecuentes conversaciones con su amigo Isaac Arias y que los hechos le hubieran impresionado de tal manera que se constituyeran en el punto de partida circunstancial de este magnífico poema.

Juan Ramón Jiménez no solo lo celebró efusivamente, llegando a decir de él que “esas estrofas de bronce y de rosas están aprendidas en el trueno espumoso de las olas”, sino que siendo uno de los editores de la revista Helios, incluyó el poema en el número XI, correspondiente a febrero de 1904, ilustrado en la parte superior con una viñeta de ahorcados asediados por los buitres. Mientras que, siguiendo la costumbre de la época, todos los versos tienen la primera letra en mayúscula.

También escribe por las mismas fechas, a petición de Azorín que le solicita una colaboración para su revista Alma Española, el poema sin título “Yo soy aquel…”, un poema personal entre biográfico y metapoético, que es sobretodo un retrato interior, y que luego aparece como el poema-introductorio del libro Cantos de Vida y Esperanza. Curiosa circunstancia la que se da a partir de este poema sin título. Y es que, tanto en su versión original, cuando aparece en la revista  Alma Española en enero de 1904, como en las primeras tres ediciones del libro, publicadas en vida del poeta, no está dedicado a Enrique Rodó, como es habitual que ahora se reproduzca. Lo que sí le dedica a éste es el conjunto de la primera sección del libro, de la misma forma que la segunda sección está dedicada a Juan Ramón Jiménez y la tercera al nicaragüense Adolfo Altamirano. Parece que si la dedicatoria a Enrique Rodó se ha impreso a menudo a la cabeza del poema ha sido por  razones de economía editorial.


jueves, 15 de agosto de 2019

Enrique Ochoa, ilustrador de las obras de Rubén Darío

A mediados de 1940 llega a Mallorca el pintor Enrique Ochoa. Han transcurrido tres años desde que partió para exiliarse en Francia, huyendo del horror de la guerra civil y ahora regresa para escapar de la gran guerra que asola el continente europeo. Es como si la guerra le estuviera persiguiendo desde que sus padres le llevaran a buscarla a Filipinas, cuando apenas tenía cinco años.

Ahora retorna en busca del sol de la isla de oro, de esa luz filtrada por el mar que matiza sus pinturas. Es una antigua conocida. La primera vez que estuvo en ella fue a finales de los años veinte. Entonces vivía en Pollensa, y ahora apenas se queda unos días en Palma antes de dirigirse a Valldemossa, donde busca alojamiento en el monasterio de la Cartuja. Allí piensa encontrar la calma que necesita para poder pintar, y también le parece un buen lugar para reflexionar sobre la vida y el arte. Tal vez con este propósito ocupa la celda número cuatro, la misma que alojó a Federico Chopin cien años atrás. Alguien debió de advertirle que, también en una celda cercana, se había alojado Rubén Darío treinta años antes, buscando paz espiritual y alivio para sus achaques físicos. Todas esas circunstancias, unidas a las cualidades místicas que reunía el monasterio, al recogimiento inspirado en la soledad, a la persistencia de la música y la poesía que parecían resonar entre aquellas paredes, debieron convencerle de que aquel era el lugar más adecuado para aquietar el espíritu, sobresaltado por la crueldad de la guerra.

En el aislamiento de aquella celda austera pasaron por su mente las imágenes de su niñez, el fatal viaje de ida y vuelta a Filipinas y su posterior orfandaz;  su estancia en Sevilla, para estudiar en la Escuela de Bellas Artes; su primer cuadro expuesto a los veinte años; su traslado a Madrid en 1914 y su primera exposición; su época bohemia en la que compartió vivencias con el gran Ramón Gómez de la Serna; su amistad con García Lorca y con Alberti, uno asesinado en la guerra y el otro empujado al exilio; el padrinazgo que sobre él ejerció el escritor y crítico de arte José Francés, quien le facilitó el acceso a importantes revistas y editoriales, incluida Mundo Latino, una nueva editorial que, como muchas en esos años, buscaba un concepto del libro donde la presentación cuidada y la ornamentación ocupasen un lugar destacado, y que le encargaría la ilustración de las obras completas de Rubén Darío, en las que estuvo trabajando entre 1917 y 1920.

Su mirada se emociona al recordar aquellos versos del  poeta nicaragüense que abren el poema dedicado a la Cartuja: Este vetusto monasterio ha visto, / secos de orar y pálidos de ayuno, / con el breviario y con el Santo Cristo, / a los callados hijos de San Bruno. 

No le conoció personalmente, nunca coincidieron. Cuando él llegó a Madrid en 1914, Darío se hallaba en Barcelona y de allí partió para su viaje de no retorno. Pero pudo conocerle a través de sus versos y sus artículos, ya que dedicó muchas horas a su lectura para poder ilustrar los 22 volúmenes que componían las obras completas del nicaragüense, incluyendo las portadas, los poemas y la ornamentación interior de los libros. Algunos críticos resaltaron entonces que, los dibujos que salpicaban cada volumen, revelaban una gran sintonía con los poemas. Le conmueve de manera especial el recuerdo de dos de esas poesías, Sonatina y A Margarita Debayle, a las que dedicó varias ilustraciones a toda página.

Hacer aquel trabajo le sirvió para que, poco tiempo después, entre 1921 y 1926, le encargaran la ilustración de algunas de las Obras Completas del simbolista francés Paul Verlaine, entre ellas el volumen V de sus obras completas: “Canciones para ella”, uno de sus trabajos más representativo. Decían los críticos literarios de la época que sus ilustraciones, repletas de valores simbólicos, dibujaban una naturaleza idealizada, donde la flora, el paisaje evocador, el jardín versallesco y la fauna con preferencia por ciertos animales, se complementaban con la presencia de la mujer que surgía de las ensoñaciones artísticas del dibujante.

Posiblemente estuvieran en lo cierto. Al menos era una bonita manera de sintetizar lo que expresaba con su arte. Él, que siempre estuvo en la vanguardia, explorando nuevas expresiones artísticas, dio vida a lo largo de los nueve años que residió en la isla, a una nueva estética, conocida como “Plástica Musical”, basada en las imágenes internas que le sugería la música de algunos de los grandes compositores. En esa línea ejecutó una serie de obras en las que la plasticidad de la música y sus acordes, se transformaban mágicamente en pinceladas intrigantes que diluyen la mirada del espectador, como  El ángel rosa en la Pasión de San Mateo de BachLa catedral sumergida de Debussy o Danza de fuego de Falla. Por ello se le conoce como el  “pintor de la música”. El cuadro Pájaros de Fuego (1944), sugerido por una de las partituras del compositor ruso Igor Stravinski, es una de sus obras maestras. 

A Enrique Estévez Ochoa la muerte le llegó mientras pintaba en Palma de Mallorca, en el mes de setiembre de 1978. Subido en un andamio, mientras preparaba un lienzo de grandes dimensiones, perdió pie y cayó. Tenía 87 años. Ya no pudo recuperarse de aquel accidente.

En los artículos de prensa que dieron noticia de su muerte se resaltaba que: Fue un artista cosmopolita, en continua evolución, precursor de las vanguardias y abanderado del art nouveau. Su larga vida estuvo dedicada a la pintura, donde destaca especialmente su trabajo como ilustrador de más de 2.000 publicaciones, tanto en libros como en las principales revistas de la época: La EsferaBlanco y Negro, Mundo Gráfico y La Ilustración Española y Americana, por lo que es reconocido como uno de los mejores ilustradores del siglo XX.

lunes, 12 de agosto de 2019

Rubén Darío en Málaga

Hoy, gracias a la línea de tren de alta velocidad, recorrer los 528 kilómetros que separan Madrid de la capital de la Costa del Sol, es más cómodo y rápido que nunca.

Apenas habían transcurrido dos horas y media desde que salí de Madrid cuando el tren hacía su entrada en la estación María Zambrano, en pleno centro de Málaga, y ya estaba caminando, con mi pequeño bolso en bandolera, buscando la salida y la parada de taxi.

Durante el recorrido por las calles de la ciudad hacia el hotel donde iba a hospedarme, le comenté al taxista, un muchacho de unos treinta años, que era mi primera visita a la ciudad y que solo pensaba  hacer allí una breve parada para conocer algunos lugares, ya que al día siguiente me dirigía a Marbella donde me esperaban en casa de unos viejos amigos. Él se ofreció a recogerme esa tarde en el hotel y llevarme a hacer un recorrido por la ciudad. Rechacé con cortesía su oferta, argumentando que me gustaba caminar sin prisa y dejar que la ciudad me sorprendiera. Además, argumenté, lo que me ha llevado a programar esta parada es conocer lo que queda de la estadía de Darío en esta ciudad.

Casualidades de la vida o trampas del destino, ¡quién sabe!,  el caso es que me explicó que era licenciado en filología hispánica y que precisamente había hecho su proyecto de fin de carrera sobre Salvador Rueda, el poeta modernista, malagueño, amigo de Rubén. Añadió que estaba preparando unas oposiciones y mientras tanto cubría sus gastos trabajando el taxi. El asunto es que prometió un recorrido lleno de historias sobre la estancia del poeta en la ciudad, algo que me pareció irresistible, teniendo en cuenta que el precio del paseo resultaba asequible, así que acordamos que pasaría a recogerme por el hotel a las cuatro de la tarde.

Cuando horas más tarde nos encontramos en el hall del hotel, ya traía en mente un itinerario que incluía los tres lugares que hoy recuerdan a Darío en la ciudad:

Una calle dedicada al poeta. La encontramos en un barrio residencial conocido como “Los millones”, alejado del centro y del mar. Era una calle corta, de apenas 144 metros de longitud, que en la mayor parte de su recorrido se quedaba en un estrecho pasaje peatonal, levantado en varios niveles a los que se accedía mediante un sistema de escaleras y rampas.

Un busto de piedra, obra del escultor José Planes y que fue inaugurado en 1968, situado sobre un pedestal, en el extremo oriental del Parque, cerca de la Plaza del General Torrijos, donde está la fuente de las tres Gracias y el antiguo Hospital Noble, próximo también al Paseo de los Curas. 

“Poca gente sabe esto, pero no fue casual que fuera José Planes, el gran escultor murciano, el elegido para hacer este busto de Darío –me dijo mi guía-. Era admirador del poeta y además amigo de Antonio Oliver Belmás, su paisano, a quien acompañó en las gestiones oficiales que se hicieron en 1956 para negociar la donación al Estado español, por parte de Francisca Sánchez, de todo el archivo de Darío que ella había preservado a lo largo de cuarenta años”.

Desde allí nos dirigimos a conocer la casa donde estuvo viviendo el poeta durante su estancia en la ciudad, que aún se conserva,  en el número 9 de la calle Fernando Camino, situada en un barrio popular, a dos cuadras de la playa de la Malagueta. Es un edificio de tres plantas, esbelto, de soleados balcones llenos de flores. En la planta baja, a un lado del portal hay una pescadería y al otro lado un asadero de pollos que ofrece,  en sendos rótulos a los lados de la entrada, un variado menú de platos precocinados.

“El pleno del Ayuntamiento de Málaga, urgido por la celebración del 150 aniversario del nacimiento del poeta, estuvo debatiendo en marzo de 2017 la conveniencia de colocar una placa en la fachada, advirtiendo que aquí residió Darío por seis meses. Fue una noticia que destacaron todos los diarios. No sé qué decidieron entonces pero sí que podemos ver hoy el resultado. Han transcurrido más de dos años y, como advertirás, aquí no hay placa alguna”.  Me comentó Pedro, que así se llamaba mi guía.

Hacía calor, y ya llevábamos dos horas de excursión por la ciudad, cuando le sugerí que buscáramos un lugar típico donde refrescarnos. Pareció encantado con la idea. “De hecho era algo que iba a proponer”, me dijo. Nos dirigimos hacia la calle Sánchez Pastor y allí, en la taberna Quitapenas, nos sentamos en sendos taburetes de madera a una mesa situada en una pequeña terraza adosada a la fachada. Cuando llegó el camarero le animé a que hiciera el pedido. “Aquí todo está bueno, pero estamos en Málaga, así que sin dudarlo, pescaito frito y el famoso cóctel de champán que es una receta única de la casa”. Me dijo, haciendo un guiño espontáneo como buscando mi complicidad.
Mientras degustábamos el pescaito, que eran trozos de pescado en adobo, pulpo y rosada, siguió contándome anécdotas de la estancia de Darío en Málaga.

“Darío siempre buscaba el mar, lo necesitaba. Ya has visto lo cerca que estaba su casa de la playa y él solía bajar al atardecer y sentarse en la terraza de algunos de los bares que había junto a la playa, observando el ir y venir de las olas, tal vez buscando el aliento cálido de las costas africanas. Él mismo lo describe en Tierras solares, cuando dice: Escribo a la orilla del mar, sobre una terraza a donde llega el ruido de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración”.

“¿Cuánto tiempo estuvo Darío en Málaga?”. Le pregunté.

“Seis meses. El 9 de diciembre de 1903 la prensa local da la noticia de que se halla en Málaga el escritor Rubén Darío, corresponsal de La Nación, de Buenos Aires, en Paris. Y en mayo de 1904 deja la ciudad. Pero no estuvo aquí todo el tiempo. Esta ciudad fue su base para visitar Sevilla, Granada y Córdoba”.

“He leído que los primeros días se alojó en el Hotel Alhambra, pero parece que ya no existe”. Comenté.

“Lo derribaron hace más de cincuenta años. Estaba en la calle Larios. Darío se hospedó allí unos diez días, mientras gestionaba el alquiler de la casa que hemos visitado y esperaba la llegada de Francisca, su compañera. Mi abuelo, que trabajaba como mozo de equipajes en el hotel, contaba que lo había conocido en aquellos días y que todas las tardes Don Rubén acudía a sentarse a la terraza del café Central, en la plaza de la Constitución, ante una taza humeante de café con leche y un plato con dos alfajores. A menudo le acompañaba Don Isaac Arias, que era el cónsul de Colombia en Málaga y con quien le unía una buena amistad. 

Estaba empezando a anochecer y puede que eso me hiciera recordar el pasaje del libro donde Darío habla de su visita al café de España, donde «Todas las noches, hay grandes bailes nacionales y cante, por la célebre cantadora por Tangos la Niña de Pomares, y el aplaudido cantador José Beda, el Jerezano».

“¿Será que todavía existe el café de España, con sus célebres espectáculos flamencos?”. Le pregunté.

Se echó a reír.

“Para serte sincero la única referencia que hay de él es lo que cuenta Darío en Tierras Solares. Alguien me dijo una vez que estaba en la Plaza de la Constitución, pero no puedo asegurar que sea cierto. Lo que sí es verdad es que allí estaba el Café de Chinitas y la descripción que Darío hace del local se ajusta mucho a la que corresponde a este lugar. Así que… ¿quién sabe?”. Me dijo, terminando su explicación con un encogimiento de hombros que más sugería misterio que incredulidad.

Cuando nos despedimos y desandaba las calles camino del hotel, a veces serpenteando, siguiendo los pasillos que dejaban en los andenes las mesas de las terrazas de los bares, siempre llenas de gente, que a esas horas disfrutaban de una conversación animada y bulliciosa, entre jarras de cerveza y vinos embocados, se me revelaba el pintoresco paisaje humano y urbano que describió Darío y que a mí volvía a hacerme  sentir la alegría contagiosa y vitalista de las ciudades mediterráneas.