lunes, 18 de diciembre de 2017

Nocturno: El poema de Rubén Darío firmado con su sangre

Se puede decir que toda esta andadura, que me ha llevado por algunos lugares de España y de América, empezó en mayo de 2016. Un año especialmente grato para la literatura castellana porque nos permitía celebrar la obra de dos grandes escritores a uno y otro lado del Atlántico de habla española: Cervantes y Rubén Darío, con motivo de cumplirse cuatrocientos y cien años respectivamente del fallecimiento de estos dos grandes genios.

La casualidad afortunada, que muchas veces ha guiado mi descubrimiento de Rubén Darío, propició que el décimo día de este mes me hallase en Madrid,  asistiendo a una mesa redonda sobre el poeta nicaragüense en la Biblioteca Nacional de España. Los ponentes eran los catedráticos de Literatura española Rocío Oviedo y Teodosio Fernández y el poeta y bibliófilo Luis Alberto de Cuenca.

Tengo que admitir que el principal motivo que me llevó hasta allí era poder conocer y escuchar a la única persona con la que, unos días antes lo había descubierto al leer un artículo suyo en el diario El País, coincidía en la valoración del poema “Epístola a la señora de Lugones”. Aunque luego descubrí que también teníamos en común otras aficiones; ya que Luis Alberto, aparte de su obra como poeta, es conocido por ser un afamado y tenaz coleccionista de papel, como él suele señalar: “Me gusta el papel en todas sus formas, libros, estampillas postales, escrituras antiguas, cromos o vitolas de puros”.

Durante la mesa redonda, en la animada conversación que mantenía con los otros ponentes, comentó que hacía algunos años había adquirido, en una librería de viejo en Madrid, uno de los poemas que formaban parte del libro Cantos de vida y esperanza, manuscrito y firmado por Darío. No era, según sus palabras, uno de los mejores poemas del libro pero era bastante significativo. No tenía título, a no ser que así se considerara su primer verso “!Oh, miseria de toda lucha por lo finito…!”. Eran dos cuartillas y en la primera de ellas figuraba en una esquina la leyenda escrita por el autor de Platero y yo: “Regalo de Juan Ramón”.

“Como es sabido, Darío regaló todos los manuscritos, que sirvieron para editar Cantos de Vida y Esperanza, a Juan Ramón Jiménez, en agradecimiento por la ayuda que éste le brindó en la preparación y edición del libro. También se conoce que éste, años después, le regaló a Gregorio Marañón el manuscrito de “Canción de otoño en primavera”, y que ahora está en los archivos de la Real Academia Española de la Lengua.  El grueso de manuscritos fue donado en 1949 a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.  Pero, comenta el propio Juan Ramón, que algunos de esos manuscritos originales los regaló a personas inapropiadas. Posiblemente, el que ha llegado a mis manos, sea uno de esos poemas mal regalados”. Explicó Luis Alberto a una audiencia que llenaba el salón de actos de la Biblioteca Nacional.

Al terminar el acto formal me acerqué al pequeño grupo que se había formado junto al poeta con la intención de escuchar sus comentarios. También tenía algunas preguntas que me habían surgido al escuchar sus palabras.

Luis Alberto estaba hablando de como en 1994, en una licitación realizada en la casa de subastas Fernando Durán, el Estado Español había ejercido el derecho de tanteo para igualar su puja ganadora, y le había quitado de las manos un ejemplar de Azul de 1888, de rara belleza. “No se lo perdono. –comentaba con cierta ironía— La Biblioteca Nacional ya tenía otros dos ejemplares. Bueno, también yo tenía uno en mi colección, pero éste era una joya”.

Una joven le preguntó por el manuscrito de Rubén.

“Si. Ya he dicho que hay otros mejores en el libro. Pero éste tiene algo especial. Y como ahora es mío he procurado documentarlo todo lo posible. Lo que nunca he conseguido saber es a quién se lo regaló Juan Ramón Jiménez”.

“¿Y qué hay de cierto en la historia de que el poema “Nocturno”, del mismo grupo de manuscritos de Cantos de Vida y Esperanza, tiene una parte escrita con la sangre de Darío?”. Le preguntó alguien más.

“En realidad se trata de la firma. Juan Ramón Jiménez decía que Darío escribió en él sus iniciales con su propia sangre. No sabemos en qué circunstancias se produjo este hecho”.

“Pero … ¿es cierto?”. Insistió.

“Yo no lo he visto. Aunque, y esto es un suceso curioso, en 1922 con motivo de una colecta pública que estaban organizando algunos periódicos españoles, para mitigar la hambruna que había en la antigua Unión Soviética, provocada por la guerra civil que asolaba ese país, Juan Ramón ofreció al director del diario El Sol, de Madrid, los 22 manuscritos que conservaba de los poemas de Cantos de Vida y Esperanza, para que fueran subastados y contribuir así con esa recaudación benéfica. Como reclamo Juan Ramón explicaba en la carta que envió al director del periódico, que ese poema  “Nocturno”, el número 7, que empieza “Quiero expresar mi angustia en versos …”, llevaba la sangre de Darío en la firma”.

“Supongo que nadie llegó a adquirir los manuscritos porque, treinta años después Juan Ramón, que vivía exiliado en los Estados Unidos, los donó a la Librería del Congreso”. Alguien en el grupo terminó su explicación.

“Exacto. Al parecer el mecenas, del que se esperaba que hiciera una puja sustanciosa, nunca apareció y Juan Ramón retiró los manuscritos de la subasta”. Concluyó Luis Alberto.

Luego alguien le preguntó si estaba preparando algún nuevo libro de poesía.
Entonces decidí que era el momento de hacer la pregunta que me había llevado hasta el grupo.

“A mí siempre me ha llamado la atención que cuando publicaste en 1998 la nueva antología con “Las cien mejores poesías de la lengua castellana”, para representar a Darío eligieses “La epístola a la señora de Leopoldo Lugones”. ¿Por qué esa en lugar de alguna de sus más celebradas, como “La marcha triunfal” o “Canción de otoño en primavera”, o “Lo fatal”, que últimamente está tan de moda?”.

Permaneció unos segundos pensando la respuesta.

“Fue una decisión difícil. Quería hacer algo que fuera más allá de lo tradicional, de lo aparentemente obvio. Afortunadamente en Darío hay mucho y muy bueno donde escoger. Esa poesía fue muy controversial en el tiempo en que Darío la hizo pública en el diario El Imparcial, de Madrid. Y, siendo una de sus poesías más largas, creo que en el plano poético representa muy bien lo más auténtico de su credo. En ese poema está, como diría Juan Valera, su rara quintaesencia. Además es una descripción hermosa de lo que está viviendo y de como lo está viviendo. Tiene mucho de autobiográfica”.

“Si –corroboré— es una de mis favoritas. Pero es poco conocida. Por eso me llamó la atención que la incluyeras en la antología”.

“Eso es porque a Darío todavía no se le ha leído como se merece”. Me dijo

La conversación, animada por nuevas intervenciones, continuó por otros rumbos. Aún permanecí allí durante un par de minutos más y luego me separé del grupo y busqué la salida de la Biblioteca Nacional. La noche había caído sobre Madrid, después de una tarde lluviosa y triste. El brillo húmedo del asfalto destellaba con las luces de los numerosos vehículos que a aquella hora circulaban por el Paseo de Recoletos. Al otro lado de la calle destacaba la fachada iluminada del café Gijón, con los cristales de sus amplias ventanas empañados por el vaho.

martes, 12 de diciembre de 2017

Los sellos postales en el centenario de la muerte de Rubén Darío

Las administraciones de correos de tres países latinoamericanos, Nicaragua, Brasil y Argentina, decidieron emitir un sello postal para conmemorar el centenario de la muerte de Rubén Darío.

Argentina

De los tres es el sello de Argentina el que destaca por su originalidad, su temática y por el tamaño de su emisión.

El diseño fue obra de María de los Angeles Nores. Escogió como motivo principal una foto de Darío tomada en Buenos Aires en 1896, enmarcada dentro de un tono azul metálico, sobre el que escribió una parte de la segunda estrofa del poema “El libro”.


El libro es fuerza, es valor
 es poder, es alimento,
antorcha del pensamiento
y manantial del amor.
Rubén Darío
Los sellos se pusieron en circulación el 10 de junio de 2016 en Buenos Aires, en una ceremonia en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno en la que estuvieron presentes dos bisnietos del poeta nicaragüense. En esa fecha se procedió a sellar los Sobres de Primer Día que acompañan al sello postal. Para ello se utilizó un matasellos elaborado para la ocasión, que tiene a Pegaso como motivo central. En estos sobres, junto a la pluma utilizada por Darío para escribir, se aprecian las primeras estrofas manuscritas de “El Canto a la Argentina”, un bello poema que Darío escribió en 1910 para unirse a los actos en conmemoración del primer centenario de la independencia argentina.
La emisión fue de 30.000 sellos, realizados en papel fluorescente.


Brasil

El 25 de Febrero  de 2016,  dentro de la serie Relaciones Diplomaticas, y para conmemorar el centenario del fallecimiento de Rubén Darío y al mismo tiempo el centenario del nacimiento de Manoel do Barros, el gran poeta brasileño, la administración de Correos de Brasil emitió dos sellos, llevando cada uno de ellos la imagen de uno de los dos poetas, que tuvieron en común el haber explorado nuevas formas en el lenguaje poético.

Se hizo una tirada de 240.000 sellos en pliegos de 24 unidades, distribuidos en cuatro tiras verticales en las que se intercalan las imágenes de Rubén Darío y de Manoel do Barros, como puede apreciarse en la imagen que se ofrece. 





Nicaragua

El 16 de diciembre de 2015, anticipándose unas semanas al inicio del año dariano, la administración de Correos de Nicaragua, emitió un sello conmemorativo.
La emisión fue pagada por el Banco Central de Nicaragua, por lo que lleva su membrete en la parte inferior del sello; y la fotografía corresponde a un cuadro que el Banco tiene en su colección obra del pintor nicaragüense Julio Martínez Castillo.
Se hizo una tirada de 10.000 sellos, en pliegos de cincuenta unidades.
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martes, 5 de diciembre de 2017

Ex libris en el legado de Rubén Darío

En varias ocasiones, en los cien años transcurridos desde la muerte del poeta,  y por distintas editoriales, se ha intentado editar las obras completas de Rubén Darío. Puede decirse que todos los intentos han resultado fallidos. En parte porque, a lo largo del tiempo y hasta la fecha, se han seguido recuperando artículos y poemas que estaban regados en periódicos, abanicos, tarjetas y álbumes por toda América y España.

Las ediciones que a mí más me han interesado son las tres primeras. Todas ellas se hicieron bajo la dirección literaria de Alberto Ghiraldo, discípulo, amigo y biógrafo de Darío. Las tres fueron realizadas bajo la supervisión comercial de su hijo Rubén Darío Sánchez.

El primer intento se hizo con la editorial Mundo Latino, a partir de 1917. Una colección de volúmenes que contaba con los dibujos del ilustrador Enrique Ochoa.

El segundo intento, el menos intenso, de apenas 7 volúmenes, se hizo con la editorial Renacimiento, a partir de 1921, enmarcado en lo que quería ser la Biblioteca Rubén Darío, hijo.

Pero de las tres ediciones la más curiosa es la tercera. Por varios motivos:
·        porque incorpora un ex libris como seña de identidad de la colección,
·        porque ubica la sede de la colección en Villarejo del Valle, un pequeño pueblo de Ávila (España).
·        porque por primera vez utiliza en la comercialización de los libros herramientas de promoción y fidelización de clientes.

Ex libris es una locución latina que significa, literalmente, «de entre los libros». Consiste en una marca de propiedad que normalmente se basa en una etiqueta o un sello que, en esta ocasión, va impresa en la página del título, y que contiene el nombre del dueño del ejemplar o de la biblioteca propietaria.

El dibujo que contiene el ex libris de la Biblioteca Rubén Darío, como puede verse en la foto, es el de un buitre leonado en primer plano, en el momento de atenazar su presa, que consiste en unas bandas ornamentales, o banners, sobre una lira y un pífano. Detrás del buitre hay una alta montaña de cono nevado, y en las bandas puede leerse: OPERA OMNIA --  RUBEN DARIO.

Es difícil encontrar una explicación del porqué de ese dibujo: buitre y altas montañas nevadas, en principio tan alejado del universo dariano.

Después de pensar en ello lo único que se me ocurría era que estuviera relacionado con Villarejo del Valle. Una pequeña localidad que en 1920 contaba con apenas mil habitantes, sin ninguna relevancia cultural y que, sin embargo, tiene el privilegio de figurar en los libros de esta edición como sede de la Biblioteca Rubén Darío.

Decidí que tenía que conocer ese lugar. Tuve que ubicarlo en el mapa.  Villarejo del Valle está situado en la provincia de Ávila, en un estrecho valle de la sierra de Gredos conocido como el Barranco de las Cinco Villas. Llegar hasta allí desde Madrid, en transporte público, no era fácil. Así que alquilé un coche y una mañana soleada me dispuse a recorrer los 180 kilómetros que me separaban del lugar. Escogí para ello la ruta que pasa por Talavera de la Reina hasta Cuevas del Valle: y desde allí tomé por la serpenteante carretera comarcal que bordea las estribaciones de la sierra.

Entrando en el valle, al amparo del microclima mediterráneo que impera en la zona, crecen olivos centenarios junto con cerezos, higueras y naranjos, en pequeños huertos vertebrados a ambos lados de la carretera. Poco después se entra en el pueblo, un conjunto de casas apretadas en un paisaje urbano de calles estrechas, de trazado sinuoso, que se va adaptando al entorno irregular de la sierra.

Dentro del pueblo es difícil hallar un lugar donde parquear y hay que buscar un hueco en una calle lateral, dejando el coche pegado a un muro de piedra.

Busco el centro del pueblo. La Plaza de la Constitución tiene forma triangular, con el bar Emiliano a un lado  y  una terraza con algunas mesas protegidas con parasoles. Me siento a una de ellas con la intención de tomar algo fresco y reponer fuerzas. Allí lo tradicional son las patatas bravas. Aprovecho la conversación con el camarero para obtener algunas referencias del lugar. Me entero de que el alcalde se llama José María Villacastín Rey. Es un buen comienzo, porque sin duda es pariente muy cercano de José Villacastín. Desafortunadamente me dicen que se encuentra en Madrid. Así que esa es una fuente de información con la que no puedo contar.

Desde la iglesia subo paseando hasta la cantera. El último tramo,  por senderos con alguna casa aislada de reciente construcción, lo hago acompañado por el canto persistente de las chicharras y el olor dulce de la retama, calentada por el sol del atardecer. Al fondo aparece la sierra, con sus lomas de suaves perfiles, en donde algunos peñascos rocosos han resistido en lo alto el desgaste de la erosión del viento y la nieve. Entre ellos destaca el pico Torozo, una de las cimas más elevadas de la zona. En esta época del año se ve sin nieve, pero bien podría ser el monte que aparece en el dibujo del ex libris. Y todo parece encajar cuando unos cientos de metros más adelante veo a lo lejos, surcando el cielo, la silueta inconfundible, majestuosa, de varios buitres.

“Claro que en este valle hay buitres leonados –me había dicho el camarero durante el almuerzo—Aunque en los años 70 estuvieron a punto de desaparecer, por culpa de los plaguicidas que se utilizaban sin ningún control”.

El buitre leonado es un animal soberbio, de gran envergadura. Con las alas desplegadas mide unos dos metros y medio. Ver volar estos animales, con su silueta reflejada en las paredes de los acantilados, es un espectáculo visual impresionante.  Ese es el recuerdo que a mí me ha quedado de mis estancias en Sepúlveda, localidad de la provincia de Segovia famosa por su gastronomía de cordero asado y tortas dulces de chicharrón. Allí solía pararme al atardecer, al pie del Cañón del rio Duratón, para extasiarme con su vuelo majestuoso y a veces intimidatorio cuando se aproximaban demasiado.

Sin duda esa sería una imagen que impresionaría al joven hijo de Darío que  en 1923, con 16 años cumplidos, residía allí con su madre Francisca Gervasia Sánchez del Pozo. Ambos se habían trasladado hasta esa localidad abulense en 1921, al casarse ella con José Villacastín, un terrateniente del lugar, gran admirador de la obra de Darío y que alentó y acompañó al hijo en su aventura editorial.

El buitre leonado y el pico Torozo fueron tal vez los dos grandes referentes simbólicos, imágenes habituales de su estancia en Villarejo, que acompañaron el despertar a la adolescencia del hijo de Darío.

¿Fue el diseño del ex libris una idea de Rubén Darío Sánchez o de José Villacastín, o de ambos? Lo que ya empezaba a parecerme muy verosímil es que el dibujo del ex libris estuviera relacionado con sus vivencias en Villarejo. En esta ocasión parecía sensato aplicar la receta de aquel profesor de historia social que decía a sus alumnos que si algo puede explicarse de manera sencilla, con argumentos concisos y directos, no tiene sentido buscar explicaciones complejas, que suelen estar llenas de descosidos por los que asoman los flecos de lo contradictorio cuando no de lo simplemente estúpido. 

Otro aspecto que me había llamado la atención, en esta tercera edición de las obras completas, era que utilizase para alentar la compra de los libros argumentos comerciales. En la penúltima página del volumen número VI, titulado “A. DE GILBERT. Biografía de Pedro Balmaceda”, publicado el 31 de mayo de 1924, se ofrece a los lectores la posibilidad de suscribirse a la colección de las obras completas, encuadernadas en pergamino y en piel valenciana, e impresas en tipos seleccionados, dando una relación de precios según las distintas calidades de cubierta y papel. Y se anuncia que, “al terminar la publicación de las obras completas, la Biblioteca Rubén Darío obsequiará a sus suscriptores con un Album que contendrá sus nombres, así como preciosos autógrafos y fotografías del gran escritor que es gloria de América y España”.


He buscado estos álbumes en librerías de viejo y he preguntado por ellos a los libreros. No he conseguido encontrar ninguno, ni he conocido a alguien que pudiera darme razón de ellos, por lo que he llegado a la conclusión de  que nunca se  hicieron. 



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Referencias

Obras completas de Rubén Darío. Mundo Latino, entre 1917 y 1919. Prólogo de Alberto Ghiraldo e ilustraciones de Enrique Ochoa. Sacaron 22 volúmenes.

Obras completas. Renacimiento. Biblioteca Rubén Darío, hijo. Sacaron 7 volúmenes entre 1921 y 1922. Impresa en los talleres tipográficos de G. Hernández y Galo Sáez, en Madrid.

Biblioteca Rubén Darío, entre 1923 y 1929. Renacimiento. Ordenada y prologada por Alberto Ghiraldo y Andrés González. Sacaron 22 volúmenes, hechos en la misma imprenta de Madrid, y referida a Villarejo del Valle (Avila).