lunes, 4 de noviembre de 2019

Una descripción del carácter de Rubén Darío



El venezolano Rufino Blanco Fombona, escritor y diplomático, que fue una de las figuras más destacadas del modernismo, nos ha dejado en las páginas del diario El Sol, de Madrid, su visión retrospectiva sobre el carácter y la actitud de Rubén Darío. Publicado el 30 de diciembre de 1925, constituye una referencia esencial para entender al poeta nicaragüense.

 He aquí el contenido completo del artículo.

“Don Arturo Torres Ríoseco, chileno, profesor de la Universidad yanqui de Minneápolis, se propone escribir la biografía de Rubén Darío, y me hace el obsequio de inquirir el género de relaciones que hubo entre el magnífico poeta y yo. ¡Esta sola pregunta me ha hecho remover tantos recuerdos! "He sabido por algunos amigos de Rubén—me escribe el Sr. Ríoseco—que entre usted y el gran poeta de Nicaragua existió siempre cierta rivalidad, que algunas veces produjo desagradables incidentes." Tales informes son errados. Creo poseer aquella virtud de qué habló Carlyle: la de saber admirar a uno más grande que nosotros. Jamás tuve rivalidades con Rubén, a quien un tiempo quise mucho y a quien siempre admiré como a un altísimo poeta, como a un maestro. Mío lo fue. Máxime en los principios de mi carrera. Sin Rubén Darío, ni yo ni muchos otros —aunque lo callemos, mezquinos— seríamos lo que somos... Andando el tiempo, y ya en la plenitud de tal sazón intelectual, yo tomé por caminos diferentes a los de Rubén, y no sólo diferentes, sino antagónicos. Yo soy un modesto escritor criollista, que aspiro a lo humano, a lo universal, a lo eterno, por lo propio de mi ser, de mi tierra, de mi lengua y de mi raza. El es un magno poeta a la europea, un exotista, un desarraigado. Darío logró desviarme, por algún tiempo, del rumbo inicial que el instinto me deparó, y al que he vuelto, años después, orientando el ciego instinto de antaño por las claridades de la experiencia. Esto no es negar mi deuda con Darío. Le debo muchísimo: Le debo el haber afinado mis nervios, haciéndolos aptos para levedades y gracias, que por sí propios, sin Rubén, no hubieran captado, gozado ni comprendido nunca. Eso, que parece poco, es inmenso. Pero, en honor del poeta y por ser de justicia, pongamos los puntos sobre las íes. Rubén Darío fue creador, en América y en España, de una nueva sensibilidad, de un nuevo tono lírico, y en este sentido, los escritores jóvenes de su tiempo, tanto en España como en América, le debemos todos mucho.

¿Mis relaciones con Rubén? Estuvimos muy unidos desde principios de 1901 hasta fines de 1904, época durante la cual vivíamos ambos en París. En 1907 volví a Francia; nuestra amistad siguió cordial, estrecha. Regresé a mi país y luego volví a Europa en 1910. Entonces rompimos. Salvo cierta nubécula de incomprensión y de champaña, la noche de nuestro conocimiento en el bar de Calisaya, hoy desaparecido—y que recordarán en España Manuel y Antonio Machado, Luis Bello, García Martí y el actor Ricardo Calvo—, no creo que volviésemos, durante once o doce años de amistad, a tener diferencia alguna. Y eso que Rubén, cuando tomaba, se ponía insufrible. Muy cortes antes de apurar la primera copa, ¡qué cambio, a veces, después de algunos tragos! Nervioso, irascible, respondía con violencia, decía y hacía cosas tontas, más bien pueriles que perversas. Una tarde, en su casa, desnudo y envuelto en una sábana, estuvo paseándose por la escalera, con escándalo de !a portera y regocijo de las vecinas. Cierta noche, en el Tilottlin Bouye, echó mano al bolsillo, sacó las tarjetas de visita y empezó a repartirlas entre los espectadores. Costó trabajo hacer!e embolsillar su carterita y arrancarlo de allí. Cuando se le preguntó el motivo de aquel acto absurdo, respondió: -Para que sepan..., para que sepan. Estos franceses se imaginan que yo soy un burgués-. En estado normal era gratísima su compañía, no porque hablase mucho ni bien, sino porque oía con atención inteligente, y entrecerrando sus ojillos negros, pequeños, muy luminosos, muy parpadeantes. De cuando en cuando alguna reflexión inesperada abría horizontes nuevos sobre el asunto. En otras ocasiones disparaba preguntas o exclamaciones infantiles. En el fondo era un niño, un niño sublime. Pocas veces contradecía. Era tolerante. Sabía tornear sus argumentos con discreción diplomática, sin cejar en sus ideas ni menospreciar las del oponente. Ni en política, ni en filosofía estuvimos jamás de acuerdo. "Desrazonábamos a la luz de la Luna , dirá él de nuestras charlas en el prólogo de Pequeña ópera lírica, y apuntará diferencias: "yo creyendo en Jesús santo y él no”. Sentía vivo placer por los temas voluptuosos, sin caer jamás en vulgaridades. En este punto, lo comprendía, lo disculpaba y lo admiraba todo. Su exasperado sensualismo era, para la época en que nos conocimos, más imaginativo que práctico. Zola y Gounnont fueron así. D. Enrique Díez-Canedo, a quien hay indefectiblemente que referirse cuando se trata de poetas contemporáneos, máxime en lengua española, habla de refilón, con su habitual agudeza, de la sensualidad convertida por los poetas americanos en elemento de arte. (Prólogo a la traducción española de los Estudios, de Isaac Goldberg, sobre literatura hispanoamericana. Madrid.) Era Rubén Darío muy sugestionable. Le faltó siempre carácter. Cualquiera podía influir en Rubén, aunque no literariamente. Era el ser menos levantisco, menos revolucionario del mundo. Todo lo estampillado, lo oficial, merecía su aquiescencia y su venia. Es curioso que a un hombre así le haya tocado ser abanderado de un movimiento subversivo, de un movimiento de revolución literaria. Busco una explicación, y pienso: Quizás su maravilloso temperamento de artista del verbo—tanto en verso como en prosa—estuviese por encima y por fuera de su voluntad. Leyó a los franceses, a los italianos, a los portugueses; su fina sensibilidad se contagió de hermosura exótica, trató de trasplantar a su lengua los procedimientos extraños; el temperamento, su maravillosa capacidad de expresión, hizo lo demás. De la noche a la mañana se encontró, por obra y gracia de sus nervios, creador de belleza nueva, con expresión española. No me explico de otro modo elogiosas de algunos magnates, como doña Blanca de Zelaya, merecieron acrósticos y sonetos de Rubén. Jamás amó la libertad ni, en el fondo, a nuestra América. "Lo bello en política es la Monarquía", escribió, incapaz de comprender la belleza de la justicia y de la libertad. Lo deslumbraban exterioridades: la corona, el manto de armiño, las cuatro planchas cubiertas de terciopelo carmesí. La poesía de las Cortes se reducía para el poeta a las voluptuosidades del ojo y la imaginación; poesía teatral y versallesca de lindas mujeres, entre encajes y sedas, cubiertas de vicios y de joyas, capaces de todos los pecados. Amaba el lujo y la fuerza. ¡Que le importaba a Rubén, tan apolíneo, todo armonía de espíritu, que el gesto regio lo hiciera la quijada monstruosa de un Habsburgo, o la nariz absurda de un Borbón, o la cabeza de mosquito de un Braganza, o el histriónico Hohenzollern, o el malvado Calígula! El siempre encontrará motivos de admiración. Admirará a Calígula por su vesania; al Hohenzollern, por su histrionismo; al Braganza, por su vacío cerebral; al Borbón, por sus narices; al Habsburgo, por su mandíbula. En cuanto a América, tenían razón los que en la tertulia de Rodó negaban que fuera Rubén nuestro poeta representativo. Un día, en 1883, le encargó el Presidente de El Salvador, país en que a la sazón estaba Rubén, un poema para conmemorar el primer centenario de! natalicio de Bolívar. Versos de encargo, versos no sentidos, versos pésimos. Rubén celebra en las primeras estrofas, al héroe y a la gloria; pero en todas las restantes, que son muchas, no canta sino al Presidente, que lo paga, y a El Salvador, que lo alberga. Sentía por la fuerza, la riqueza y las p?7,uñas de los yanquis un respeto que yo—como se sabe— nunca he compartido. Después cambió un poco, muy poco, ¡qué poco! Nuestra amistad acaso no fue extraña al cambio. Darío, que compuso la arrastrada Salutación al águila, le arrancó después unas cuantas plumas de la cola al pajarraco, y se las arrancó con altivez de verdadero poeta de una raza. Recordad el ¡hola, pillo! A Roosevelt, aquel poema que Howard B. Macdonáld llama exageradamente "el más fuerte himno al odio". Un día llego a su casa; me lo encuentro, muy finchado. — ¿A dónde va, Rubén, de veinticinco alfileres? —Voy a ver a doña Zoila. Aquella doña Zoila, de paso en París, era la esposa del dictador Venezolano Cipriano Castro. Rubén no conocía ni a doña Zoila, ni a Castro, ni a Venezuela. Tampoco esperaba nada ni de Venezuela, ni de Castro, ni de Zoila. Espontáneo doblar de rodillas. Necesidad de curvar el espinazo. Me costó trabajo disuadirlo de aquella inútil pleitesía a la mujer de un dictador. Con tantas divergencias de carácter y de ideología, parece que no existiera humus propicio donde arraigar y fructificar nuestra amistad. Fue muy estrecha y muy cordial, con todo. Yo sentía por él una mezcla de admiración y gratitud. Aun en sus momentos más lamentables, siempre recordé que el resplandor de aquel cerebro iluminaba el camino de nuestra generación; que aquellas manos producían sublime hermosura, y que aquella barbilla castaña y aquel pálido rostro, entre socrático y mongólico, eran la máscara vulgar de un poeta de genio. Además, Rubén, en el fondo, era bueno. En el fondo y en la superficie, salvo momentos de exaltación alcohólica. Jamás he visto hombre menos pedante, ni menos envidioso. Admiraba a unos cuantos, estimaba a otros cuantos, reía de algunos. Así deben reír los dioses: paternalicios, benévolos. Envidia, nunca, a nadie. Se placía en el triunfo de los demás, seguro de que nadie podía hacerle sombra. Llenos están sus libros de alabanzas a los grandes, a los medianos, aun a los chicos. El sabía lo que valían su opinión y sus loas. No por eso las pesó siempre en balanza de farmacéutico. Su desprecio solía ser épico; tan sincero como profundo. Aquel sujeto bilioso y pésimo cronista, sulfato de pequeñez, envidioso hasta el verdor. Fray Candil, lo llamó una vez, en un diario do Madrid, mal poeta. Rubén se sonrió con una sonrisa socrática, cargada de sabiduría y de entrañable desdén. Hasta ese momento, tuve la comprensión tan clara de la superioridad de un hombre sobre otro. Volveré a hablar del poeta.
R. BLANCO FOMBONA”