lunes, 18 de diciembre de 2017

Nocturno: El poema de Rubén Darío firmado con su sangre

Se puede decir que toda esta andadura, que me ha llevado por algunos lugares de España y de América, empezó en mayo de 2016. Un año especialmente grato para la literatura castellana porque nos permitía celebrar la obra de dos grandes escritores a uno y otro lado del Atlántico de habla española: Cervantes y Rubén Darío, con motivo de cumplirse cuatrocientos y cien años respectivamente del fallecimiento de estos dos grandes genios.

La casualidad afortunada, que muchas veces ha guiado mi descubrimiento de Rubén Darío, propició que el décimo día de este mes me hallase en Madrid,  asistiendo a una mesa redonda sobre el poeta nicaragüense en la Biblioteca Nacional de España. Los ponentes eran los catedráticos de Literatura española Rocío Oviedo y Teodosio Fernández y el poeta y bibliófilo Luis Alberto de Cuenca.

Tengo que admitir que el principal motivo que me llevó hasta allí era poder conocer y escuchar a la única persona con la que, unos días antes lo había descubierto al leer un artículo suyo en el diario El País, coincidía en la valoración del poema “Epístola a la señora de Lugones”. Aunque luego descubrí que también teníamos en común otras aficiones; ya que Luis Alberto, aparte de su obra como poeta, es conocido por ser un afamado y tenaz coleccionista de papel, como él suele señalar: “Me gusta el papel en todas sus formas, libros, estampillas postales, escrituras antiguas, cromos o vitolas de puros”.

Durante la mesa redonda, en la animada conversación que mantenía con los otros ponentes, comentó que hacía algunos años había adquirido, en una librería de viejo en Madrid, uno de los poemas que formaban parte del libro Cantos de vida y esperanza, manuscrito y firmado por Darío. No era, según sus palabras, uno de los mejores poemas del libro pero era bastante significativo. No tenía título, a no ser que así se considerara su primer verso “!Oh, miseria de toda lucha por lo finito…!”. Eran dos cuartillas y en la primera de ellas figuraba en una esquina la leyenda escrita por el autor de Platero y yo: “Regalo de Juan Ramón”.

“Como es sabido, Darío regaló todos los manuscritos, que sirvieron para editar Cantos de Vida y Esperanza, a Juan Ramón Jiménez, en agradecimiento por la ayuda que éste le brindó en la preparación y edición del libro. También se conoce que éste, años después, le regaló a Gregorio Marañón el manuscrito de “Canción de otoño en primavera”, y que ahora está en los archivos de la Real Academia Española de la Lengua.  El grueso de manuscritos fue donado en 1949 a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.  Pero, comenta el propio Juan Ramón, que algunos de esos manuscritos originales los regaló a personas inapropiadas. Posiblemente, el que ha llegado a mis manos, sea uno de esos poemas mal regalados”. Explicó Luis Alberto a una audiencia que llenaba el salón de actos de la Biblioteca Nacional.

Al terminar el acto formal me acerqué al pequeño grupo que se había formado junto al poeta con la intención de escuchar sus comentarios. También tenía algunas preguntas que me habían surgido al escuchar sus palabras.

Luis Alberto estaba hablando de como en 1994, en una licitación realizada en la casa de subastas Fernando Durán, el Estado Español había ejercido el derecho de tanteo para igualar su puja ganadora, y le había quitado de las manos un ejemplar de Azul de 1888, de rara belleza. “No se lo perdono. –comentaba con cierta ironía— La Biblioteca Nacional ya tenía otros dos ejemplares. Bueno, también yo tenía uno en mi colección, pero éste era una joya”.

Una joven le preguntó por el manuscrito de Rubén.

“Si. Ya he dicho que hay otros mejores en el libro. Pero éste tiene algo especial. Y como ahora es mío he procurado documentarlo todo lo posible. Lo que nunca he conseguido saber es a quién se lo regaló Juan Ramón Jiménez”.

“¿Y qué hay de cierto en la historia de que el poema “Nocturno”, del mismo grupo de manuscritos de Cantos de Vida y Esperanza, tiene una parte escrita con la sangre de Darío?”. Le preguntó alguien más.

“En realidad se trata de la firma. Juan Ramón Jiménez decía que Darío escribió en él sus iniciales con su propia sangre. No sabemos en qué circunstancias se produjo este hecho”.

“Pero … ¿es cierto?”. Insistió.

“Yo no lo he visto. Aunque, y esto es un suceso curioso, en 1922 con motivo de una colecta pública que estaban organizando algunos periódicos españoles, para mitigar la hambruna que había en la antigua Unión Soviética, provocada por la guerra civil que asolaba ese país, Juan Ramón ofreció al director del diario El Sol, de Madrid, los 22 manuscritos que conservaba de los poemas de Cantos de Vida y Esperanza, para que fueran subastados y contribuir así con esa recaudación benéfica. Como reclamo Juan Ramón explicaba en la carta que envió al director del periódico, que ese poema  “Nocturno”, el número 7, que empieza “Quiero expresar mi angustia en versos …”, llevaba la sangre de Darío en la firma”.

“Supongo que nadie llegó a adquirir los manuscritos porque, treinta años después Juan Ramón, que vivía exiliado en los Estados Unidos, los donó a la Librería del Congreso”. Alguien en el grupo terminó su explicación.

“Exacto. Al parecer el mecenas, del que se esperaba que hiciera una puja sustanciosa, nunca apareció y Juan Ramón retiró los manuscritos de la subasta”. Concluyó Luis Alberto.

Luego alguien le preguntó si estaba preparando algún nuevo libro de poesía.
Entonces decidí que era el momento de hacer la pregunta que me había llevado hasta el grupo.

“A mí siempre me ha llamado la atención que cuando publicaste en 1998 la nueva antología con “Las cien mejores poesías de la lengua castellana”, para representar a Darío eligieses “La epístola a la señora de Leopoldo Lugones”. ¿Por qué esa en lugar de alguna de sus más celebradas, como “La marcha triunfal” o “Canción de otoño en primavera”, o “Lo fatal”, que últimamente está tan de moda?”.

Permaneció unos segundos pensando la respuesta.

“Fue una decisión difícil. Quería hacer algo que fuera más allá de lo tradicional, de lo aparentemente obvio. Afortunadamente en Darío hay mucho y muy bueno donde escoger. Esa poesía fue muy controversial en el tiempo en que Darío la hizo pública en el diario El Imparcial, de Madrid. Y, siendo una de sus poesías más largas, creo que en el plano poético representa muy bien lo más auténtico de su credo. En ese poema está, como diría Juan Valera, su rara quintaesencia. Además es una descripción hermosa de lo que está viviendo y de como lo está viviendo. Tiene mucho de autobiográfica”.

“Si –corroboré— es una de mis favoritas. Pero es poco conocida. Por eso me llamó la atención que la incluyeras en la antología”.

“Eso es porque a Darío todavía no se le ha leído como se merece”. Me dijo

La conversación, animada por nuevas intervenciones, continuó por otros rumbos. Aún permanecí allí durante un par de minutos más y luego me separé del grupo y busqué la salida de la Biblioteca Nacional. La noche había caído sobre Madrid, después de una tarde lluviosa y triste. El brillo húmedo del asfalto destellaba con las luces de los numerosos vehículos que a aquella hora circulaban por el Paseo de Recoletos. Al otro lado de la calle destacaba la fachada iluminada del café Gijón, con los cristales de sus amplias ventanas empañados por el vaho.

martes, 12 de diciembre de 2017

Los sellos postales en el centenario de la muerte de Rubén Darío

Las administraciones de correos de tres países latinoamericanos, Nicaragua, Brasil y Argentina, decidieron emitir un sello postal para conmemorar el centenario de la muerte de Rubén Darío.

Argentina

De los tres es el sello de Argentina el que destaca por su originalidad, su temática y por el tamaño de su emisión.

El diseño fue obra de María de los Angeles Nores. Escogió como motivo principal una foto de Darío tomada en Buenos Aires en 1896, enmarcada dentro de un tono azul metálico, sobre el que escribió una parte de la segunda estrofa del poema “El libro”.


El libro es fuerza, es valor
 es poder, es alimento,
antorcha del pensamiento
y manantial del amor.
Rubén Darío
Los sellos se pusieron en circulación el 10 de junio de 2016 en Buenos Aires, en una ceremonia en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno en la que estuvieron presentes dos bisnietos del poeta nicaragüense. En esa fecha se procedió a sellar los Sobres de Primer Día que acompañan al sello postal. Para ello se utilizó un matasellos elaborado para la ocasión, que tiene a Pegaso como motivo central. En estos sobres, junto a la pluma utilizada por Darío para escribir, se aprecian las primeras estrofas manuscritas de “El Canto a la Argentina”, un bello poema que Darío escribió en 1910 para unirse a los actos en conmemoración del primer centenario de la independencia argentina.
La emisión fue de 30.000 sellos, realizados en papel fluorescente.


Brasil

El 25 de Febrero  de 2016,  dentro de la serie Relaciones Diplomaticas, y para conmemorar el centenario del fallecimiento de Rubén Darío y al mismo tiempo el centenario del nacimiento de Manoel do Barros, el gran poeta brasileño, la administración de Correos de Brasil emitió dos sellos, llevando cada uno de ellos la imagen de uno de los dos poetas, que tuvieron en común el haber explorado nuevas formas en el lenguaje poético.

Se hizo una tirada de 240.000 sellos en pliegos de 24 unidades, distribuidos en cuatro tiras verticales en las que se intercalan las imágenes de Rubén Darío y de Manoel do Barros, como puede apreciarse en la imagen que se ofrece. 





Nicaragua

El 16 de diciembre de 2015, anticipándose unas semanas al inicio del año dariano, la administración de Correos de Nicaragua, emitió un sello conmemorativo.
La emisión fue pagada por el Banco Central de Nicaragua, por lo que lleva su membrete en la parte inferior del sello; y la fotografía corresponde a un cuadro que el Banco tiene en su colección obra del pintor nicaragüense Julio Martínez Castillo.
Se hizo una tirada de 10.000 sellos, en pliegos de cincuenta unidades.
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martes, 5 de diciembre de 2017

Ex libris en el legado de Rubén Darío

En varias ocasiones, en los cien años transcurridos desde la muerte del poeta,  y por distintas editoriales, se ha intentado editar las obras completas de Rubén Darío. Puede decirse que todos los intentos han resultado fallidos. En parte porque, a lo largo del tiempo y hasta la fecha, se han seguido recuperando artículos y poemas que estaban regados en periódicos, abanicos, tarjetas y álbumes por toda América y España.

Las ediciones que a mí más me han interesado son las tres primeras. Todas ellas se hicieron bajo la dirección literaria de Alberto Ghiraldo, discípulo, amigo y biógrafo de Darío. Las tres fueron realizadas bajo la supervisión comercial de su hijo Rubén Darío Sánchez.

El primer intento se hizo con la editorial Mundo Latino, a partir de 1917. Una colección de volúmenes que contaba con los dibujos del ilustrador Enrique Ochoa.

El segundo intento, el menos intenso, de apenas 7 volúmenes, se hizo con la editorial Renacimiento, a partir de 1921, enmarcado en lo que quería ser la Biblioteca Rubén Darío, hijo.

Pero de las tres ediciones la más curiosa es la tercera. Por varios motivos:
·        porque incorpora un ex libris como seña de identidad de la colección,
·        porque ubica la sede de la colección en Villarejo del Valle, un pequeño pueblo de Ávila (España).
·        porque por primera vez utiliza en la comercialización de los libros herramientas de promoción y fidelización de clientes.

Ex libris es una locución latina que significa, literalmente, «de entre los libros». Consiste en una marca de propiedad que normalmente se basa en una etiqueta o un sello que, en esta ocasión, va impresa en la página del título, y que contiene el nombre del dueño del ejemplar o de la biblioteca propietaria.

El dibujo que contiene el ex libris de la Biblioteca Rubén Darío, como puede verse en la foto, es el de un buitre leonado en primer plano, en el momento de atenazar su presa, que consiste en unas bandas ornamentales, o banners, sobre una lira y un pífano. Detrás del buitre hay una alta montaña de cono nevado, y en las bandas puede leerse: OPERA OMNIA --  RUBEN DARIO.

Es difícil encontrar una explicación del porqué de ese dibujo: buitre y altas montañas nevadas, en principio tan alejado del universo dariano.

Después de pensar en ello lo único que se me ocurría era que estuviera relacionado con Villarejo del Valle. Una pequeña localidad que en 1920 contaba con apenas mil habitantes, sin ninguna relevancia cultural y que, sin embargo, tiene el privilegio de figurar en los libros de esta edición como sede de la Biblioteca Rubén Darío.

Decidí que tenía que conocer ese lugar. Tuve que ubicarlo en el mapa.  Villarejo del Valle está situado en la provincia de Ávila, en un estrecho valle de la sierra de Gredos conocido como el Barranco de las Cinco Villas. Llegar hasta allí desde Madrid, en transporte público, no era fácil. Así que alquilé un coche y una mañana soleada me dispuse a recorrer los 180 kilómetros que me separaban del lugar. Escogí para ello la ruta que pasa por Talavera de la Reina hasta Cuevas del Valle: y desde allí tomé por la serpenteante carretera comarcal que bordea las estribaciones de la sierra.

Entrando en el valle, al amparo del microclima mediterráneo que impera en la zona, crecen olivos centenarios junto con cerezos, higueras y naranjos, en pequeños huertos vertebrados a ambos lados de la carretera. Poco después se entra en el pueblo, un conjunto de casas apretadas en un paisaje urbano de calles estrechas, de trazado sinuoso, que se va adaptando al entorno irregular de la sierra.

Dentro del pueblo es difícil hallar un lugar donde parquear y hay que buscar un hueco en una calle lateral, dejando el coche pegado a un muro de piedra.

Busco el centro del pueblo. La Plaza de la Constitución tiene forma triangular, con el bar Emiliano a un lado  y  una terraza con algunas mesas protegidas con parasoles. Me siento a una de ellas con la intención de tomar algo fresco y reponer fuerzas. Allí lo tradicional son las patatas bravas. Aprovecho la conversación con el camarero para obtener algunas referencias del lugar. Me entero de que el alcalde se llama José María Villacastín Rey. Es un buen comienzo, porque sin duda es pariente muy cercano de José Villacastín. Desafortunadamente me dicen que se encuentra en Madrid. Así que esa es una fuente de información con la que no puedo contar.

Desde la iglesia subo paseando hasta la cantera. El último tramo,  por senderos con alguna casa aislada de reciente construcción, lo hago acompañado por el canto persistente de las chicharras y el olor dulce de la retama, calentada por el sol del atardecer. Al fondo aparece la sierra, con sus lomas de suaves perfiles, en donde algunos peñascos rocosos han resistido en lo alto el desgaste de la erosión del viento y la nieve. Entre ellos destaca el pico Torozo, una de las cimas más elevadas de la zona. En esta época del año se ve sin nieve, pero bien podría ser el monte que aparece en el dibujo del ex libris. Y todo parece encajar cuando unos cientos de metros más adelante veo a lo lejos, surcando el cielo, la silueta inconfundible, majestuosa, de varios buitres.

“Claro que en este valle hay buitres leonados –me había dicho el camarero durante el almuerzo—Aunque en los años 70 estuvieron a punto de desaparecer, por culpa de los plaguicidas que se utilizaban sin ningún control”.

El buitre leonado es un animal soberbio, de gran envergadura. Con las alas desplegadas mide unos dos metros y medio. Ver volar estos animales, con su silueta reflejada en las paredes de los acantilados, es un espectáculo visual impresionante.  Ese es el recuerdo que a mí me ha quedado de mis estancias en Sepúlveda, localidad de la provincia de Segovia famosa por su gastronomía de cordero asado y tortas dulces de chicharrón. Allí solía pararme al atardecer, al pie del Cañón del rio Duratón, para extasiarme con su vuelo majestuoso y a veces intimidatorio cuando se aproximaban demasiado.

Sin duda esa sería una imagen que impresionaría al joven hijo de Darío que  en 1923, con 16 años cumplidos, residía allí con su madre Francisca Gervasia Sánchez del Pozo. Ambos se habían trasladado hasta esa localidad abulense en 1921, al casarse ella con José Villacastín, un terrateniente del lugar, gran admirador de la obra de Darío y que alentó y acompañó al hijo en su aventura editorial.

El buitre leonado y el pico Torozo fueron tal vez los dos grandes referentes simbólicos, imágenes habituales de su estancia en Villarejo, que acompañaron el despertar a la adolescencia del hijo de Darío.

¿Fue el diseño del ex libris una idea de Rubén Darío Sánchez o de José Villacastín, o de ambos? Lo que ya empezaba a parecerme muy verosímil es que el dibujo del ex libris estuviera relacionado con sus vivencias en Villarejo. En esta ocasión parecía sensato aplicar la receta de aquel profesor de historia social que decía a sus alumnos que si algo puede explicarse de manera sencilla, con argumentos concisos y directos, no tiene sentido buscar explicaciones complejas, que suelen estar llenas de descosidos por los que asoman los flecos de lo contradictorio cuando no de lo simplemente estúpido. 

Otro aspecto que me había llamado la atención, en esta tercera edición de las obras completas, era que utilizase para alentar la compra de los libros argumentos comerciales. En la penúltima página del volumen número VI, titulado “A. DE GILBERT. Biografía de Pedro Balmaceda”, publicado el 31 de mayo de 1924, se ofrece a los lectores la posibilidad de suscribirse a la colección de las obras completas, encuadernadas en pergamino y en piel valenciana, e impresas en tipos seleccionados, dando una relación de precios según las distintas calidades de cubierta y papel. Y se anuncia que, “al terminar la publicación de las obras completas, la Biblioteca Rubén Darío obsequiará a sus suscriptores con un Album que contendrá sus nombres, así como preciosos autógrafos y fotografías del gran escritor que es gloria de América y España”.


He buscado estos álbumes en librerías de viejo y he preguntado por ellos a los libreros. No he conseguido encontrar ninguno, ni he conocido a alguien que pudiera darme razón de ellos, por lo que he llegado a la conclusión de  que nunca se  hicieron. 



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Referencias

Obras completas de Rubén Darío. Mundo Latino, entre 1917 y 1919. Prólogo de Alberto Ghiraldo e ilustraciones de Enrique Ochoa. Sacaron 22 volúmenes.

Obras completas. Renacimiento. Biblioteca Rubén Darío, hijo. Sacaron 7 volúmenes entre 1921 y 1922. Impresa en los talleres tipográficos de G. Hernández y Galo Sáez, en Madrid.

Biblioteca Rubén Darío, entre 1923 y 1929. Renacimiento. Ordenada y prologada por Alberto Ghiraldo y Andrés González. Sacaron 22 volúmenes, hechos en la misma imprenta de Madrid, y referida a Villarejo del Valle (Avila).


jueves, 30 de noviembre de 2017

1921 Primer homenaje nacional a Rubén Darío

Un sábado de octubre puse rumbo a Masaya siguiendo el itinerario inverso al que realizó Rubén Darío aquella mañana del 7 de diciembre de 1907.
El motivo de aquel viaje era conocer a don Santiago Fajardo, que posee una de las colecciones de sellos más sugerentes que se pueden ver sobre Nicaragua. Viajaba con un coleccionista de San Marcos y un maestro jubilado que había organizado la visita.
“Vaya ojeando este álbum, a ver si hay algo que le llama la atención”. Me dijo mientras ponía en mis manos un álbum de anillas, de color rojo, con las hojas protegidas por folders transparentes.
Estábamos sentados en un pequeño cuarto de poco más de dos metros cuadrados, que más parecía un pasillo entre la puerta de la calle y un patio por el que entraba la poca luz de que disponía el lugar. En una de las paredes había un mueble en el que se apilaban varias decenas de álbumes que parecían haber salido de la misma colección.
“La mayoría de ellos se los compré a un chino-nicaragüense que salió del país en los años ochenta. En ese momento disponía de algunos dólares y eran muy codiciados”. Nos aclaró.
Unos minutos después le devolví el álbum tras revisarlo afanosamente.
“¿Ha visto algo interesante?”.
“Me ha llamado la atención unos sellos partidos por la mitad. ¿Qué significan?”. Le pregunté.
“!Ah, eso es muy curioso!. En los años veinte, en algunas oficinas de Correos, cuando no tenían valores pequeños, cortaban los sellos de mayor valor por la mitad y utilizaban los pedazos para completar el valor de franqueo de las cartas. No era una práctica habitual y son muy escasos”. Nos explicó. 
 "Entonces serán valiosos".

 "Si los sellos y el franqueo fueran de los Estados Unidos, estaríamos hablando de un valor por encima de los quinientos dólares. Pero aquí en Nicaragua es difícil hasta encontrar alguien que quiera comprarlos".

 "Tal vez, usted esté buscando algo en particular" —añadió mientras reponía el álbum en el  mueble.

"Pues sí. Me interesa la serie de sellos en donde aparece por primera vez Rubén Darío" —le dije 
“Sé a la que se refiere. La de 1921. Ese año se emitió una serie de sellos para  conmemorar los cien años de la independencia nacional. En ellos estaban representadas siete personalidades que, por uno u otro motivo, habían tenido un papel importante en la historia de Nicaragua. Y el último de ellos, el de valor más alto, cincuenta centavos, se dedicó a Rubén Darío. En ese tiempo el presidente era Diego Manuel Chamorro Bolaños”.
Por fortuna tenía los álbumes bien organizados, no sé muy bien si en las estanterías o en su cabeza, y tras algunos titubeos me ofreció otro para que lo mirase.
Efectivamente allí estaban. En un excelente estado de conservación. Los siete sellos que componían la serie. Cada uno, como me había explicado, con la imagen de un personaje relevante.
“Tienen su poco de historia –siguió explicándome-- La intención del gobierno era sacar a la venta estos sellos coincidiendo con las fechas en que se celebraba la independencia, es decir 14, 15 y 16 de septiembre. Sin embargo los graves acontecimientos políticos que por esas fechas tenían lugar en el país no lo hacían recomendable”.
Según nos fue relatando don Santiago, pocos días antes, opositores al gobierno realizaron una serie de ataques armados a lo largo de la frontera de Nicaragua con Honduras y el gobierno impuso la ley marcial en todo el país. A pesar de que ninguna de estas incursiones armadas llegó a representar un verdadero problema militar, causaron grandes gastos y creó cierta inestabilidad política, obligando a cancelar algunos proyectos programados. Entre ellos el de la emisión de sellos postales prevista para esas fechas.
Semanas después, con la situación política más estable, se reprogramó la emisión de estos sellos en conmemoración de la independencia de Centroamérica para los días 23, 24 y 25 de diciembre, como puede leerse en el decreto legislativo promulgado el día 15 de octubre de 1921.
Durante más de dos horas estuvimos revisando los álbumes, encontrando curiosidades y anécdotas que, en ocasiones, servían para documentar algún detalle poco conocido de la historia de Nicaragua.
Eran ya las doce del mediodía cuando hacíamos el viaje de regreso. Al pasar por Masatepe, don Vidal sugirió que nos detuviéramos a almorzar. A mí esa clase de sugerencias me han resultado siempre irresistibles.
“¿Algún sitio en particular, algo especial que comer?”. Pregunté.
“Vaya pregunta. Estamos en Masatepe. Aquí lo típico es el mondongo”. Comentó don Vidal.
Atravesamos la ciudad, con su animado mercado local, que ya desbordaba las calles habilitadas para los puestos y se asomaba al parque central, donde varias camionetas cargadas de plátano y algunas vendedoras de ropa usada y calzado ocupaban los andenes.
Nos dirigimos al restaurante “Doña Nestor”, situado en una calle estrecha  por la que corrían, pegados a los andenes, los regueros de aguas grises que vaciaban desde las casas aledañas. Cuando entramos al local, un ancho patio de suelo de tierra, ya había algunos clientes sentados a las mesas, con sus llamativos manteles de grandes cuadros rojos y blancos. Me sentí cómodo nada más entrar. Siempre he considerado un lujo poder comer al aire libre, disfrutando de una bebida refrescante, bajo la sombra de un árbol o de un techado de madera y tejas.
Pedimos una cuajada con tortilla y media sopa para cada uno. Cuando sirvieron la taza quedé sorprendido. El mondongo venía servido en piezas grandes, acompañado con las verduras y especias típicas del país. Tengo que reconocer que estaba delicioso y no tan saturado de grasas como me temía.
Durante la sobremesa hablamos de coleccionismo, de lectura y de ajedrez. Don Vidal, que había sido educador durante más de treinta años, tiene unas ideas bastante progresistas sobre la educación, así que mantuvimos una conversación fácil y fluida en la que concordábamos sobre muchas cosas.

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Referencias:

Los sellos de 1921 de la serie del Centenario de la Independencia de Centroamérica fueron impresos en el American Bank Note de Nueva York, algo muy frecuente en aquellos años.
Los siete sellos que se emitieron fueron:
Sello de ½ centavo, dedicado al general Manuel José Arce. De origen salvadoreño, fue el primer presidente de la República Federal de Centroamérica.
Sello de 1 centavo, dedicado a José Cecilio del Valle. De origen hondureño, fue el primer presidente electo de Centroamérica.
Sello de 2 centavos, dedicado a Miguel Larreynaga. Nicaragüense, colaboró en la redacción del Acta de Independencia Centroamericana.
Sello de 5 centavos, dedicado al general Francisco Chamorro. Nicaragüense, comandante general de las fuerzas de Nicaragua durante la Guerra Nacional de 1956.
Sello de 10 centavos, dedicado al general Máximo Jerez. Nicaragüense, que tuvo un importante papel político en la Guerra Nacional.
Sello de 25 centavos, dedicado al general Pedro Joaquín Chamorro. Nicaragüense, durante su presidencia impulsó la construcción del ferrocarril al Pacífico en 1876.
Sello de 50 centavos, dedicado a Rubén Darío. Poeta, príncipe de las letras españolas.
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 (DECRETO REFERENTE A SELLOS POSTALES)

Aprobado el 15 de Octubre de 1921

Publicado en La Gaceta No. 241 de 26 de Octubre de 1921

EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA,

Considerando que por decreto de 18 de noviembre de 1920 se dispuso emitir sellos postales conmemorativos del Centenario de nuestra Independencia Política, cuyos sellos circularían en los portes de la correspondencia que se despachara durante los días 14, 15 y 16 de septiembre  pasado. Que por estar amagada la República por un movimiento sedicioso se vio el Gobierno en el imprescindible caso de trasferir la celebración de dicho Centenario para los días 23, 24 y 25 de diciembre de este año, y por consiguiente no se llevó a efecto la circulación de los referidos sellos postales,

DECRETA:


ÚNICO: Los sellos postales conmemorativos del Centenario de nuestra Independencia Política circularán en los portes de la correspondencia que se despache durante los días 23, 24 y 25 de diciembre del corriente año, quedando así reformado, en esa parte, el mencionado Decreto del 18 de noviembre retropróximo.

Dado en el Palacio Nacional. Managua, 15 de Octubre de 1921. CHAMORRO. El Ministro de Fomento, MASÍS.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Rubén Darío en los cafés madrileños

La noche iba cayendo lentamente sobre Madrid. Las farolas fernandinas y las luces de los automóviles que circulaban por la Castellana prolongaban durante algún tiempo la ilusión del atardecer.

Al salir de la Casa de América decidí subir caminando por el Paseo de Recoletos, dejando atrás el monumento a la diosa Cibeles. No tardé en descubrir a la izquierda la fachada, con las amplias ventanas enmarcadas en madera, del café Gijón.

Me dirigí hacia allí. Al entrar llama la atención que toda la sala está cubierta de madera, de suelo a techo, y en las paredes cuelgan decenas de cuadros, con dibujos y pinturas que cuentan la historia del local a través de los hechos o de las personalidades que por allí han pasado. En un lugar de honor destaca una placa dorada, homenaje al vendedor de tabaco Alfonso González, célebre personaje que llegó a formar parte de aquella atmósfera durante más de treinta años. En ella puede leerse "Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso, cerillero y anarquista".

Los clientes que a esa hora ocupaban la mayoría de las mesas eran gente mayor, algunos jubilados. Entre ellos abundaban los habituales del local, muchos de ellos vinculados al mundo de las letras que, en un ejercicio de nostalgia tenaz, seguían acudiendo allí a tomar su café acompañado de la bollería típica del local.

Caminé por los estrechos pasillos, entre mesas de mármol negro veteado y asientos tapizados de rojo, hasta encontrar un lugar bajo uno de los grandes espejos que cubrían la pared.

"Se ha sentado usted en el lugar que ocupaba la tertulia de los escritores y poetas". Me dijo el camarero como saludo, exhibiendo una amable sonrisa, cuando llegó a tomarme el pedido.

Los uniformes suelen crear en las personas que los visten una ilusión de edad imprecisa. En este caso la chaqueta blanca cerrada hasta el cuello, con los botones dorados y las hombreras de color rojo, junto con el pantalón azul marino, el bigote canoso y el cabello pegado a la cabeza, sugerían unos sesenta años.

“Espero no estar quitando el sitio a alguien”. Comenté.

“No hay cuidado. Hace más de veinte años que se terminó con la sana costumbre de las tertulias. Pero yo serví muchas veces el café a don Gerardo Diego en esta mesa a la que está usted sentado”. Me explicó, mientras pasaba el paño por la superficie de la mesa y colocaba a un lado el servilletero.

Inaugurado en 1888, año de connotaciones darianas, el café Gijón fue famoso por sus tertulias. Además de la ya mencionada de los escritores y poetas, también existía una tertulia de la gente del cine y el teatro. Y los pintores iban de una a otra según el día y la compañía.

Durante más de un siglo se había reunido aquí una extraña constelación formada por autores consagrados, rodeados de discípulos aventajados y algunos cultivadores tenaces del fracaso. Allí se especulaba con el arte y con la nueva literatura. Se impulsaban tendencias literarias y se alentaban posiciones políticas avanzadas. Se aplaudían las frases mordaces e inteligentes. Se agradecía la buena oratoria. Se daba por hecho la generosidad del triunfador y, en esa medida, se respetaba y se reconocía el talento.

Darío había estado allí en muchas ocasiones. La primera vez acudió con Valle-Inclán, que era un asiduo cliente del local y reconocido como la gran figura de la tertulia española. Valle-Inclán perdería su brazo en una disputa con otro contertulio que tuvo lugar en el Café de la Montaña. El percance no le impidió seguir asistiendo a estos encuentros junto a sus compañeros del 98: Jacinto Benavente, los hermanos Manuel y Antonio Machado, Azorín y Rubén Darío, entre otros. Todos ellos frecuentaban el Café de Madrid, el Lion D'or, el de Fornos o el de Levante y pasaban algunas tardes en el café Gijón.
Aquí conoció Darío a Pio Baroja y a Santiago Ramón y Cajal. Con frecuencia, el poeta nicaragüense permanecía sentado en compañía de sus amigos escritores, abstraído las más de las veces, sin participar apenas en las conversaciones.
También aquí, sentado a una de sus mesas, el 23 de junio de 1915, el crítico de arte de la revista La Esfera, José Francés, estaba escribiendo un dramático artículo en el que denunciaba el abandono que sufría el poeta en Nueva York y la enfermedad que le llevaba hacia la muerte. Y terminaba con estas palabras premonitorias:
“Nadie, ni aún tú burgués, que engordaste en todas las inconsciencias, en todas las ignorancias, en todos los prejuicios, podrías tirarle la primera piedra. Rubén Darío está más allá del bien que hizo a todos y del mal que solo se hizo a sí mismo.
Rubén Darío se muere en Nueva York. Muere como Verlaine, pobre, solitario, roído de todas las miserias de la carne y de todas las amarguras del espíritu.”
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Dónde encontrar un café literario en Madrid

Aunque con la lógica evolución, todavía hoy se pueden encontrar algunos cafés literarios en Madrid. Entre ellos destacan los siguientes:

• El dinosaurio todavía estaba allí (calle Lavapiés, 8). Un local especializado en poesía, relato y novela negra de autores independientes, todo ello combinado con una carta de platos tradiciones con un toque original. También tienen lugar actividades culturales relacionadas con la literatura tales como talleres, presentaciones o exposiciones, recitales de poesía….de los que merece la pena disfrutar.

La Fugitiva (calle de Santa Isabel, 7). Una fusión muy acertada de café y zona de lectura en la que por poco dinero puedes leer un relato mientras tomas tu bebida. Aquí la oferta es más extensa, incluyendo revistas, narrativa, género infantil. Disponen de un club de lectura (también en inglés), otro de ajedrez y de vez en cuando organizan tertulias de lo más interesantes.

• J & J Books and Coffee (calle Espiritu Santo, 47). Está formado por dos plantas, una de barra donde poder pedirte lo que quieras y un sótano donde hay filas y filas de libros en inglés de segunda mano. Una buena forma de practicar el idioma anglosajón ya sea a través de la lectura o hablando con nativos americanos o ingleses en los intercambios de idiomas que tienen lugar cada jueves.

Ocho y Medio (calle de Martín de los Heros, 11). Una tienda donde puedes encontrar multitud de productos acerca del mundo del cine, y sobre todo libros, muchos libros. Es pequeño pero muy acogedor. La parte de cafetería ofrece una variedad de platos cuyos nombres están relacionados con el séptimo arte. Y en verano habilitan una terracita de lo más apetecible para pasar la tarde.

La Infinito (calle Tres Peces, 22). Libros y café son un todo en este establecimiento. También acogen todo tipo de eventos relacionados con el arte tales como sesiones de microteatro, cuentacuentos o unos brunch muy especiales.

Verguenza ajena (calle Galileo, 56). Mitad librería mitad bar de tapas. Todos los jueves, a partir de las 21.00, tienen lugar recitales de poesía con un poeta invitado.