A finales del siglo XIX, los primeros tangos eran ejecutados en “las academias de baile”, que eran una tapadera para las casas de citas, y sus letras eran de carácter pícaro y alegre, muy primarias, de contenido grotesco y desconsideradas hacia la mujer, sin gran despliegue musical. Algo que cambiaría hacia 1915, cuando empezó a ser adoptado por las clases medias y altas de Buenos Aires y se produjo una evolución tanto en la instrumentación como en la letra, en especial por el influjo que sobre los compositores ejercían
las obras de autores de primera línea como fue el caso de Rubén Darío, el
más importante poeta del Modernismo. Para los tangueros, Darío es "Rubén", lo que apunta al afecto que el nicaragüense suscitaba entre los autores de tango.
Es de resaltar la contribución de la lírica dariana al
lenguaje poético del tango, ya que aportó a la letra de las canciones reminiscencias
de lugares exóticos, una desbordante sensualidad poética
y algunas fantasías visuales, algo que puede
verse de manera especial en la obra de Enrique Cadícamo, uno de los letristas más relevantes e
importantes del tango, quien hizo un uso
destacado de poemas, motivos e, incluso, personajes que aparecían en la obra de
Rubén, como sucedió con la «Sonatina» o «Era un aire suave…», además de que existe una clara afinidad entre la estrofa rubeniana y la de Cadícamo, ambas basadas en el rigor métrico y la clave sonora, que aportan al tango su dimensión poética y evocadora.
Incluso en la célebre canción que compuso para Carlos Gardel “La novia ausente”, incluye los primeros versos del poema la Sonatina, lo que puede considerarse como una clara muestra de admiración y reconocimiento hacia el nicaragüense.
La novia ausente:
(1933) Letra de Enrique Cadícamo. Música de Guillermo Barbieri
Íbamos del brazo y tú
suspirabas
Porque muy cerquita te decía: "mi bien"
¿Ves como la luna se enreda en los pinos
Y su luz de plata te besa en la sien?
Al raro conjuro de
noche y reseda
Temblaban las hojas del parque también
Y tú me pedías que te recitara
Esta sonatina que soñó Rubén
La princesa está
triste, ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa
Que ha perdido la risa, que ha perdido el color
La princesa está pálida en su silla de oro
Está mudo el teclado de su clave sonoro
Y en mi vaso, olvidada, se desmaya una flor
¿Qué duendes lograron
lo que ya no existe?
¿Qué mano huesuda fue hilando mis males?
¿Y qué pena altiva hoy me ha hecho tan triste?
Triste como el eco de las catedrales
Ah, ya sé, ya sé, fue
la novia ausente
Aquella que cuando estudiante me amaba
Que al morir, un beso le deje en la frente
Porque estaba fría, porque me dejaba
Al raro conjuro de
noche y reseda
Temblaban las hojas del parque también
Y tú me pedías que te recitara
Esta sonatina que soñó Rubén
Pero no solo Cadícamo
se sintió cautivado por la poesía de Rubén Darío, también Claudio Frollo, al
componer para Carlos Gardel, con música de Carlos Vicente Geroni, el tango “Solo
se quiere una vez”, hacia 1930, incluyó en la letra parte del poema “Canción de
otoño en primavera”
Sólo se quiere una vez
No quise creer que
fueras la misma de antes
La chica de la tienda, "La Parisienne"
Mi novia más querida cuando estudiante
Que incrédula decía los versos de Rubén
Juventud, divino
tesoro
Te fuiste para no volver
Cuando quiero llorar no lloro
Y a veces lloro sin querer
Resuelto corrí a tu
lado
Dándome cuenta de todo
Quería besar tus manos
Reconquistar tu querer
Comprendiste mi
tortura
Y te alejaste sonriendo
Fue tu lección más profunda
¡Sólo se quiere una vez!
También hay resonancias de La Sonatina en otros tangos,
como es el caso de “La percanta está triste”, letra de Vicente Greco y música
de Julián Porteño. Para entender esta influencia de la Sonatina en los textos de los autores de tango hay que considerar que en la Argentina de los años veinte lo difícil era que alguien no conociera el poema, ya que estaba en todas la antologías publicadas y se recitaba una y otra vez en las fiestas y celebraciones escolares.
La percanta está triste
¿qué tendrá la percanta?
En sus ojos hinchados
se asoma una lágrima,
rueda y se pianta.
La percanta está triste,
no hace más que gemir...
Ya no ríe, no baila, ni canta
y la pobre percanta
no puede dormir...
De su cara rosada
se ha piantado el color
y ha quedado marchita
como pálida flor.
Sus ojazos no brillan
han perdido el fulgor
y sus labios de fuego
ya no tienen calor...
Otra mina más papa
al bacán le quitó
y la pobre percanta
amurada quedó.
La percanta está triste
y no puede vivir...
Su dolor es tan grande y profundo
que esgunfia del mundo...
se quiere escurrir.
En resumen, el rigor métrico y la clave sonora de la poesía de Rubén Darío aportaron al tango elegancia, fantasía y sonoridad, mientras que la globalización del tango ayudó a extender la fama y el reconocimiento del poeta nicaragüense.