lunes, 30 de noviembre de 2020

Biografía iconográfica de Rubén Darío


En enero de 2017 llegué una mañana al Palacio de la Cultura en Managua. Alguien me había hablado de que allí tenían una buena biblioteca con documentación sobre Rubén Darío.  Me impresionó el monumental edificio de tres plantas, de estilo neoclásico que se halla situado en el costado sur de la Plaza de la Revolución. Tanto su ubicación, ocupando una manzana  a un costado de la vieja catedral, como lo aparatoso de su fachada se explica porque hasta 1979 fue la sede del Congreso Nacional, aunque desde 1996 alberga una serie de instituciones culturales: Museo, Archivo, Hemeroteca y Biblioteca Nacionales. En el segundo piso, junto a la Biblioteca, se encuentra la Sala Rubén Darío. Es un espacio con dos salas, acondicionadas hace algunos años con ayuda de la Cooperación Española. La sala interior contiene los fondos bibliotecarios, con una variopinta muestra de ejemplares de libros y publicaciones relacionados con el poeta nicaragüense. También hay una sala de lectura, amueblada con un par de mesas y unos prismas triangulares de dos metros de altura decorados con fotografías alusivas a Rubén Darío junto con sus respectivas descripciones. Dada la escasa afluencia de lectores o de personas interesadas que acuden allí, la puerta se mantiene cerrada, y en mis visitas me he encontrado con que a menudo la sala está fuera de servicio por inventario (al menos esa era la excusa que daban en recepción). Desde hace ya dos años, al tiempo que se jubiló la persona que la atendía, se encuentra definitivamente cerrada, al igual que la propia Biblioteca Nacional, siendo muy complicadas las gestiones para realizar alguna consulta.

Cuando esa mañana llamé a la puerta, me abrió un señor de avanzada edad que atendió con amabilidad mi solicitud. Como no hay disponible un catálogo de los fondos del Archivo, que por otra parte tampoco son exhaustivos ni abundantes, se debe tener claro qué es lo que se busca y confiar en la memoria y el conocimiento del responsable para encontrarlo.

“Busco la biografía iconográfica de Rubén Darío. La que se ha publicado hace unos días”. Le dije.

“Todavía no la tenemos”. Respondió, mirándome con curiosidad. “De hecho es posible que el autor la traiga a lo largo de la mañana. Pero le puedo facilitar la prueba de imprenta que se ha utilizado para hacer la última revisión. Tiene muy pocas variaciones con respecto al libro definitivo”.

Don Guillermo Flores, que así se llamaba la persona que me atendía, es un estudioso de la vida y la obra de Darío y un gran conocedor de la historia de los libros en general, a quien es difícil sorprender con algún dato nuevo. Encontré en él a un buen conversador, alguien con ánimo de ayudar, que, al saber de mi interés, en esos días incipiente y algo atolondrado, por la obra del poeta nicaragüense, se avino a mostrarme el ejemplar de la primera edición de Azul que tenían en custodia en la biblioteca. Yo esperaba con ilusión aquel libro. Era la primera vez que iba a contemplar y tener en las manos esta obra icónica de la literatura española. Pero lo que trajo a la sala de lectura era un libro desencuadernado, sin cubiertas, donde muchas de las hojas presentaban manchas de humedad y al que le faltaban un buen número de páginas, que habían sido sustituidas por cuartillas de papel bond mecanografiadas con el texto faltante. También llamó mi atención el hecho de que la hoja, también suelta, donde el poeta advierte que “De este libro se han tirado veinte ejemplares en papel Holanda. Uno en papel Japón”, estaba mal situada, al final del libro. Superada la sorpresa, mi primer pensamiento fue que, si en ese estado se hallaba el ejemplar depositado en la Biblioteca Nacional de Nicaragua, cuna del poeta, sería debido a la escasez de ejemplares y a la dificultad de conseguirlo en mejor estado. Obviamente, como habrá podido leer en otros artículos de este blog, esa no era la razón.

Mientras conversábamos sobre el libro se presentó en la sala Edmundo Montenegro. Era el autor de la bibliografía iconográfica y llegaba cargado con una caja de libros. Según explicaba eran parte de su pago por el esfuerzo de cuatro años de investigación y uno más de actividad persuasiva, entre los responsables del Instituto de Cultura, para conseguir que lo editasen. Se habían imprimido mil ejemplares y él había recibido trescientos. Me pareció que era un buen pago. El Instituto regalaría los suyos entre los diversos organismos gubernamentales y en las conmemoraciones que estaban por venir sobre el sesquicentenario del nacimiento de Darío, mientras que Edmundo tenía ahora la tarea de vender sus libros a través de las dos grandes librerías que hay en Nicaragua y entre clientes ocasionales interesados en ese tema. Yo parecía uno de ellos y él no perdió la ocasión de ofrecerme algunos ejemplares a diez dólares cada uno.

Lo que me llamó la atención era que Edmundo no formaba parte del selecto mundillo cultural que en Nicaragua celebra todos los años las jornadas darianas, que tienen lugar entre las fechas calendario de su muerte y su nacimiento (del 18 de enero al 6 de febrero). No pertenecía a ese grupo de intelectuales, cuya colaboración es requerida con frecuencia en los actos de homenaje a Darío, que se realizan en colegios, alcaldías e instituciones públicas, y que han dedicado una parte de su vida a estudiar y divulgar la obra del poeta, héroe cultural de la nación. Por lo que pude conocer su mérito reside en que es una persona autodidacta, dotado para la actividad comercial, admirador de Darío como muchos nicaragüenses, voluntarioso y tenaz, con un despierto sentido de negocio, que cierto día observó que no existía una recopilación de fotografías del poeta y decidió realizarla por su cuenta. Hay que señalar que ya antes que él, Francisco Ernesto Martínez, oriundo de Masaya, también autodidacta, con vocación de cronista e historiador, había publicado con sus propios recursos, unos años antes, dos libros con recopilaciones de fotos, pero editados con escasos recursos y que no habían tenido repercusión en los medios locales: (Fotos de Rubén Darío, 2007 / Así era Rubén Darío: Su completa iconografía y los retratos escritos de su personalidad, 2015).

“Ya estoy viendo la manera de publicar una segunda edición, con nuevas fotos, y que además abarque todo los testimonios gráficos que haya sobre Darío, ya sean monumentos, calles o colegios. Ahora estoy tratando de localizar las fotos y la película que se tomó cuando presentó en España sus cartas credenciales ante el Rey. Porque debe de haber una película de ese acto”. Me dijo Edmundo. Tal era el entusiasmo que entonces le embargaba.

Los libros se vendieron bien en las librerías; y Edmundo, acuciado por las necesidades del día a día, seguía ocho meses después ofreciendo los pocos ejemplares que le quedaban a precio rebajado. Luego la crisis socio-política que asoló el país, a la que se añadió posteriormente la pandemia del coronavirus, dejó en ilusiones el proyecto de editar un nuevo libro.

 

 

 

  

El monumento a Rubén Darío en Zaragoza


Se requiere de una explicación original y ciertamente audaz para ligar de manera relevante a Rubén Darío con Zaragoza, más allá de su paso ocasional en tren por la ciudad, en sus viajes entre Barcelona y Madrid. Sin embargo es en Zaragoza donde se encuentra uno de los monumentos a Darío más espectaculares de entre los que pueblan la geografía española. Tal vez la respuesta se ha de buscar en la biografía del impulsor de esta magnífica obra.

El día 9 de agosto de 1967, con motivo del centenario del nacimiento de Rubén Darío, el teniente alcalde de la ciudad proponía, a la comisión de Cultura, la construcción de un monumento en el Parque Primo de Rivera a la memoria de este insigne poeta, estableciendo la piedra y el bronce como los materiales adecuados para su realización y proponiendo a Ángel Orensanz como su artífice. Pocos días después la iniciativa fue aprobada por el pleno del Ayuntamiento.

El monumento se compone de una enorme roca, sobre la que se sitúa una estatua de bronce que muestra a un niño atrapando una estrella (símbolo alegórico de la poesía).  El autor, que renunció a esculpir un retrato del homenajeado, buscaba la conjunción de la escultura con la naturaleza, algo que logró con la vegetación que crece a los pies del monumento, y que hace que la obra cambie de aspecto según sea la estación del año. Debido a la gran altura a la que se sitúa la figura del niño, el espectador percibe únicamente su silueta y la del astro que atrapa entre sus manos.

Los materiales empleados fueron piedra de Ulldecona y bronce. La escultura en bronce tiene unas dimensiones de 2 m. de alto x 0,5 de diámetro. Se sitúa sobre un pedestal rocoso de 3 x 5 x 2 m. En él hay una lápida de piedra con inscripción en verso de 1,2 x 1,5 m. Son los versos de la poesía de Rubén Darío "Al Rey Oscar": "Mientras el mundo aliente, mientras la esfera gire, mientras la onda cordial aliente un sueño, mientras haya una viva pasión, un noble empeño, un buscado imposible, una imposible hazaña, una América oculta que haya, vivirá España,".

Para su inauguración, el día 22 de octubre de 1967, se invitó a gran número de personalidades de Hispanoamérica, así como a los embajadores de Nicaragua, Costa Rica, Colombia, Honduras, Panamá, entre otros. Hoy la escultura es conocida como “El niño de la estrella” y el lugar ha recuperado su antiguo nombre de Parque Grande.

Angel Orensanz es un escultor de amplia trayectoria. Nacido en Huesca (1940-2016) y establecido en Nueva York desde los años ochenta, conocido por esculturas que han dado la vuelta al mundo, era un hombre extravagante, incombustible y entusiasta, al que le encantaba contrastar su arte con la adversidad y braveza del entorno, situando algunas de sus esculturas en la nieve y en el agua, en lugares inhóspitos del Alto Ebro y el Pirineo aragonés.

En su biografía destaca que al poco de llegar a Nueva York comprase la sinagoga más antigua de la ciudad para transformarla en un centro cultural de fuste, hasta el punto de que hoy se la considera “la Notre Dame de Nueva York”. En reconocimiento a su labor el ayuntamiento de la ciudad creó en 2002 el Día Ángel Orensanz, convirtiéndose en el único español que ha conseguido un reconocimiento de esa magnitud. Desde entonces, todos los años se celebra el 10 de abril, el Orensanz Day .

  

domingo, 29 de noviembre de 2020

La ciudad de Cabra, Nicaragua y Rubén Darío


Cabra, es un municipio de poco más de veinte mil habitantes ubicado al sur de la provincia de Córdoba, en las estribaciones de la sierra. La ciudad está rodeada de huertas y olivares que constituyen el sustento de su economía;
 además de contar con un singular atractivo arquitectónico y una rica gastronomía. Su historia está doblemente vinculada con Nicaragua, a través de dos de sus hijos ilustres.

Aquí nació Francisco Hernández de Córdoba (1475-1526), quién sería el conquistador de Nicaragua y fundador de las ciudades de León y Granada.

También es la cuna del escritor Juan Valera, quien fuera mentor y descubridor de Rubén Darío allá por los años en que publicó su libro Azul.

Precisamente, en recuerdo de este hecho, en noviembre de 1972, se colocó una placa en el monumento a Don Juan Valera en el Paseo Alcántara Romero de la ciudad de Cabra. La inscripción dice: "El Ministro del Distrito Nacional de Managua, rinde homenaje al gran pensador español Don Juan Valera, quien adivinó la grandeza de Rubén Darío". La placa viene firmada por el embajador de Nicaragua en España, Justino Sansón Balladares, promotor de la idea, que como señala el cronista de la época, era visitante asiduo a la tierra natal de Valera, con estrechas amistades en ella. 

Posteriormente, en 1974 se produce oficialmente el hermanamiento entre Cabra y Ciudad Darío, antigua Metapa, lugar de nacimiento del poeta nicaragüense. Unos meses antes de este hermanamiento, el embajador de Nicaragua en España había donado un medallón con la efigie del poeta Rubén Darío, que se colocó en la plaza que lleva su nombre, y que aún se conserva. Un texto figura en dicho medallón: "Príncipe del verso castellano. Rubén Darío".

La actual Cabra está situada en el lugar que hace dos mil años ocupara la  antigua ciudad tarteso-romano de Egabro, de la que hoy sus habitantes toman el gentilicio que los designa, egabrenses.

 


sábado, 28 de noviembre de 2020

La huella de Rubén Darío en Santiago de Chile

Más allá de las controversias y dificultades que tuvo la estancia de Rubén Darío en Santiago, no hay duda de que dejó allí su huella, expresada en al menos dos céntricos lugares de la ciudad.

Uno es la placa conmemorativa que lo recuerda en la primera cuadra de la calle Nataniel Cox, en el número 51, donde tuvo su residencia Rubén Darío
en 1887, a escasos metros de la Alameda de las Delicias.

El otro es el monumento a su memoria que se encuentra en el Parque Forestal, ubicado casi al borde del empalme de Ismael Valdés Vergara con calles Monjitas y Merced.

La Municipalidad de Santiago realizó en 1943 un concurso para hacer un monumento al poeta. La obra ganadora del certamen fue la del escultor Raúl Vargas Madariaga (1908-1990), que también sería el autor del Monumento a José Victorino Lastarria en Cerro Santa Lucía.

La obra consiste en una fuente con monolito que reproduce parte de un poema y con una lira en relieve. Tiene en el centro una figura estilizada y desnuda que parece representar la imagen de Narciso, aludiendo al mito del hermoso mancebo que acaba enamorado de su propia imagen reflejada en el agua, por una maldición de Némesis.

Está hecha de concreto, hierro y un círculo de pastelones rodeando la fuente. La estatua del efebo de bronce mide 1,75 metros de altura, y originalmente el agua estaba apozada en la pila como espejo, aunque ahora ha sido reemplazada por chorros. Algunos lo consideran uno de los más hermosos monumentos de la ciudad. De hecho puede constatarse la asistencia continua de personas que se detienen a contemplarlo, o se sientan en alguna de las bancas dispuestas en semicírculo, para disfrutar de la vista que ofrece el monumento.

La obra terminó de  instalarse  el 15 de octubre de 1945, según Alfonso Calderón en "Memorial de viejo Santiago"; y fue oficialmente presentada el 14 de septiembre de 1946, apenas treinta años después de su fallecimiento.

En el monolito de granito con la lira puede leerse la siguiente inscripción:

"RUBÉN DARÍO

POR ESO SER SINCERO ES SER POTENTE
DE DESNUDA QUE ESTÁ BRILLA LA ESTRELLA
EL AGUA DICE EL ALMA DE LA FUENTE
EN LA VOZ DE CRISTAL QUE FLUYE D'ELLA

CANTOS DE VIDA Y DE ESPERANZA"

En 1967, en los preparativos del centenario del nacimiento del poeta, las autoridades chilenas quisieron homenajear al poeta y para ello se publicó la Ley N° 16660 del 2 de septiembre de ese año, por la que el parque pasó a denominarse Parque Forestal "Rubén Darío"

Pocos años después de publicada la ley, se colocaba allí la placa-monolito conmemorativa de este evento, que ya es parte del conjunto y que ofrece el siguiente mensaje:

"PARQUE FORESTAL 'RUBÉN DARÍO'

HOMENAJE DEL PUEBLO DE CHILE AL INMORTAL POETA NICARAGÜENSE CON MOTIVO DEL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO EL 18 DE ENERO DE 1967.

A pesar de este cambio de nombre, al parque se le sigue conociendo popularmente por su antigua denominación. 

Ruta Rubén Darío en Paris


 Desde finales de mayo de 2016, coincidiendo con el centenario de su muerte, Rubén Darío cuenta con una ruta en la capital de Francia, Paris; siendo el Instituto Cervantes el que se encarga de organizar el recorrido, de algo más de 5 kilómetros, en el que se visitan 19 lugares que tuvieron algún significado durante la estancia de Darío en esta ciudad.

El autor de la ruta es Jorge Harmodio, un joven escritor mexicano afincado en París, autor de la novela "Musofobia", y por esas fechas, animador del taller de jóvenes escritores del Instituto Cervantes de París.

Abierto para turistas, pero sobre todo para estudiantes de español en el Instituto Cervantes, el recorrido no tiene un orden cronológico, sino que se ha establecido buscando la proximidad entre los diferentes lugares, algunos descritos por el propio Darío en su Autobiografía, mientras otros fueron reseñados por amigos de la época que nos dejaron alguna referencia sobre ellos.

Entre los lugares que se visitan, destaca la tercera residencia que tuvo Darío en París, en la calle Herschel, número 4. Allí vivió de 1909 a 1912. Y en la fachada del edificio hay una placa conmemorativa que alude a este hecho.

Cuenta Augusto d'Halmar, en el artículo Rubén Darío y los americanos en París, lo siguiente:

"En efecto, como al subsiguiente día, domingo, yo pasara por la rue Herschel, vi salir de la casa a un inconfundible cochero, con su esclavina y su alto sombrero de forma de latón, llevando en brazos a Rubencito; Francisca seguía en pos, con un enorme cesto de merienda, y cerraba la marcha Rubén abrazado estrechamente a una botella de ajenjo. Era, pues la excursión dominical"

A continuación se visita la casa donde vivió algunos meses a mediados de 1907, desde donde partió en su viaje a Nicaragua, en la calle Corneille, número 3.

Cuenta Francisco Contreras en su libro, Rubén Darío. Su vida y su obra.

"En esos días Rubén Darío vino a habitar en el Barrio Latino, calle Corneille. Yo vivía a un paso, en la calle Casimir Delavigne. Casi todas las tardes iba a reunirme con él, en su salón decorado por una gran reproducción de Paul Verlaine del pintor apellidado Carrière y por un excelente retrato suyo de 1907 que acababa de hacer un pintor mexicano". (Se refiere al cuadro que le pintó Juan Tellez, con boina de estudiante del barrio latino, en una actitud que evoca el Erasmo de Holbein)

También se visitan varios cafés y restaurantes, como el antiguo café D’Harcourt donde ocurre el encuentro de Darío con su admirado Verlaine en su primera visita a París, en 1893, en compañía de Enrique Gómez Carrillo y Alejandro Sawa. Así como el bar Calisaya, que ahora es una pizzería,  donde conoció a Oscar Wilde.

El recorrido termina en la plaza de América Latina, una rotonda situada en 17ème arrondissement de Paris, donde se alistan nueve monolitos con esculturas de personalidades de América Latina, entre los que se encuentran, además de Darío, Francisco Miranda, o Andrés Bello.

Una manera de seguir este recorrido de forma virtual es a través de la página en Internet del Instituto Cervantes (paris.rutascervantes.es) que, con un concepto novedoso y un diseño original, recorre y guía por los lugares donde artistas, escritores, músicos, cineastas y creadores… españoles y latinoamericanos, vivieron, trabajaron e incluyeron en sus obras.

A las estancias de cada uno de ellos se les dedica una ruta diseñada por expertos con datos, anécdotas y relatos, e ilustrada con fotografías, documentos y vídeos. El sitio ofrece además mapas, indicaciones y archivos GPS para dispositivos móviles que permiten localizar los lugares en los que vivieron o que frecuentaron los protagonistas y temas de cada ruta.

Más de veinte personajes son protagonistas de estas rutas, entre los que se encuentran autores como Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Luis Buñuel, César Vallejo, Carlos Fuentes, Balenciaga, Picasso.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Una descripción del carácter de Rubén Darío



El venezolano Rufino Blanco Fombona, escritor y diplomático, que fue una de las figuras más destacadas del modernismo, nos ha dejado en las páginas del diario El Sol, de Madrid, su visión retrospectiva sobre el carácter y la actitud de Rubén Darío. Publicado el 30 de diciembre de 1925, constituye una referencia esencial para entender al poeta nicaragüense.

 He aquí el contenido completo del artículo.

“Don Arturo Torres Ríoseco, chileno, profesor de la Universidad yanqui de Minneápolis, se propone escribir la biografía de Rubén Darío, y me hace el obsequio de inquirir el género de relaciones que hubo entre el magnífico poeta y yo. ¡Esta sola pregunta me ha hecho remover tantos recuerdos! "He sabido por algunos amigos de Rubén—me escribe el Sr. Ríoseco—que entre usted y el gran poeta de Nicaragua existió siempre cierta rivalidad, que algunas veces produjo desagradables incidentes." Tales informes son errados. Creo poseer aquella virtud de qué habló Carlyle: la de saber admirar a uno más grande que nosotros. Jamás tuve rivalidades con Rubén, a quien un tiempo quise mucho y a quien siempre admiré como a un altísimo poeta, como a un maestro. Mío lo fue. Máxime en los principios de mi carrera. Sin Rubén Darío, ni yo ni muchos otros —aunque lo callemos, mezquinos— seríamos lo que somos... Andando el tiempo, y ya en la plenitud de tal sazón intelectual, yo tomé por caminos diferentes a los de Rubén, y no sólo diferentes, sino antagónicos. Yo soy un modesto escritor criollista, que aspiro a lo humano, a lo universal, a lo eterno, por lo propio de mi ser, de mi tierra, de mi lengua y de mi raza. El es un magno poeta a la europea, un exotista, un desarraigado. Darío logró desviarme, por algún tiempo, del rumbo inicial que el instinto me deparó, y al que he vuelto, años después, orientando el ciego instinto de antaño por las claridades de la experiencia. Esto no es negar mi deuda con Darío. Le debo muchísimo: Le debo el haber afinado mis nervios, haciéndolos aptos para levedades y gracias, que por sí propios, sin Rubén, no hubieran captado, gozado ni comprendido nunca. Eso, que parece poco, es inmenso. Pero, en honor del poeta y por ser de justicia, pongamos los puntos sobre las íes. Rubén Darío fue creador, en América y en España, de una nueva sensibilidad, de un nuevo tono lírico, y en este sentido, los escritores jóvenes de su tiempo, tanto en España como en América, le debemos todos mucho.

¿Mis relaciones con Rubén? Estuvimos muy unidos desde principios de 1901 hasta fines de 1904, época durante la cual vivíamos ambos en París. En 1907 volví a Francia; nuestra amistad siguió cordial, estrecha. Regresé a mi país y luego volví a Europa en 1910. Entonces rompimos. Salvo cierta nubécula de incomprensión y de champaña, la noche de nuestro conocimiento en el bar de Calisaya, hoy desaparecido—y que recordarán en España Manuel y Antonio Machado, Luis Bello, García Martí y el actor Ricardo Calvo—, no creo que volviésemos, durante once o doce años de amistad, a tener diferencia alguna. Y eso que Rubén, cuando tomaba, se ponía insufrible. Muy cortes antes de apurar la primera copa, ¡qué cambio, a veces, después de algunos tragos! Nervioso, irascible, respondía con violencia, decía y hacía cosas tontas, más bien pueriles que perversas. Una tarde, en su casa, desnudo y envuelto en una sábana, estuvo paseándose por la escalera, con escándalo de !a portera y regocijo de las vecinas. Cierta noche, en el Tilottlin Bouye, echó mano al bolsillo, sacó las tarjetas de visita y empezó a repartirlas entre los espectadores. Costó trabajo hacer!e embolsillar su carterita y arrancarlo de allí. Cuando se le preguntó el motivo de aquel acto absurdo, respondió: -Para que sepan..., para que sepan. Estos franceses se imaginan que yo soy un burgués-. En estado normal era gratísima su compañía, no porque hablase mucho ni bien, sino porque oía con atención inteligente, y entrecerrando sus ojillos negros, pequeños, muy luminosos, muy parpadeantes. De cuando en cuando alguna reflexión inesperada abría horizontes nuevos sobre el asunto. En otras ocasiones disparaba preguntas o exclamaciones infantiles. En el fondo era un niño, un niño sublime. Pocas veces contradecía. Era tolerante. Sabía tornear sus argumentos con discreción diplomática, sin cejar en sus ideas ni menospreciar las del oponente. Ni en política, ni en filosofía estuvimos jamás de acuerdo. "Desrazonábamos a la luz de la Luna , dirá él de nuestras charlas en el prólogo de Pequeña ópera lírica, y apuntará diferencias: "yo creyendo en Jesús santo y él no”. Sentía vivo placer por los temas voluptuosos, sin caer jamás en vulgaridades. En este punto, lo comprendía, lo disculpaba y lo admiraba todo. Su exasperado sensualismo era, para la época en que nos conocimos, más imaginativo que práctico. Zola y Gounnont fueron así. D. Enrique Díez-Canedo, a quien hay indefectiblemente que referirse cuando se trata de poetas contemporáneos, máxime en lengua española, habla de refilón, con su habitual agudeza, de la sensualidad convertida por los poetas americanos en elemento de arte. (Prólogo a la traducción española de los Estudios, de Isaac Goldberg, sobre literatura hispanoamericana. Madrid.) Era Rubén Darío muy sugestionable. Le faltó siempre carácter. Cualquiera podía influir en Rubén, aunque no literariamente. Era el ser menos levantisco, menos revolucionario del mundo. Todo lo estampillado, lo oficial, merecía su aquiescencia y su venia. Es curioso que a un hombre así le haya tocado ser abanderado de un movimiento subversivo, de un movimiento de revolución literaria. Busco una explicación, y pienso: Quizás su maravilloso temperamento de artista del verbo—tanto en verso como en prosa—estuviese por encima y por fuera de su voluntad. Leyó a los franceses, a los italianos, a los portugueses; su fina sensibilidad se contagió de hermosura exótica, trató de trasplantar a su lengua los procedimientos extraños; el temperamento, su maravillosa capacidad de expresión, hizo lo demás. De la noche a la mañana se encontró, por obra y gracia de sus nervios, creador de belleza nueva, con expresión española. No me explico de otro modo elogiosas de algunos magnates, como doña Blanca de Zelaya, merecieron acrósticos y sonetos de Rubén. Jamás amó la libertad ni, en el fondo, a nuestra América. "Lo bello en política es la Monarquía", escribió, incapaz de comprender la belleza de la justicia y de la libertad. Lo deslumbraban exterioridades: la corona, el manto de armiño, las cuatro planchas cubiertas de terciopelo carmesí. La poesía de las Cortes se reducía para el poeta a las voluptuosidades del ojo y la imaginación; poesía teatral y versallesca de lindas mujeres, entre encajes y sedas, cubiertas de vicios y de joyas, capaces de todos los pecados. Amaba el lujo y la fuerza. ¡Que le importaba a Rubén, tan apolíneo, todo armonía de espíritu, que el gesto regio lo hiciera la quijada monstruosa de un Habsburgo, o la nariz absurda de un Borbón, o la cabeza de mosquito de un Braganza, o el histriónico Hohenzollern, o el malvado Calígula! El siempre encontrará motivos de admiración. Admirará a Calígula por su vesania; al Hohenzollern, por su histrionismo; al Braganza, por su vacío cerebral; al Borbón, por sus narices; al Habsburgo, por su mandíbula. En cuanto a América, tenían razón los que en la tertulia de Rodó negaban que fuera Rubén nuestro poeta representativo. Un día, en 1883, le encargó el Presidente de El Salvador, país en que a la sazón estaba Rubén, un poema para conmemorar el primer centenario de! natalicio de Bolívar. Versos de encargo, versos no sentidos, versos pésimos. Rubén celebra en las primeras estrofas, al héroe y a la gloria; pero en todas las restantes, que son muchas, no canta sino al Presidente, que lo paga, y a El Salvador, que lo alberga. Sentía por la fuerza, la riqueza y las p?7,uñas de los yanquis un respeto que yo—como se sabe— nunca he compartido. Después cambió un poco, muy poco, ¡qué poco! Nuestra amistad acaso no fue extraña al cambio. Darío, que compuso la arrastrada Salutación al águila, le arrancó después unas cuantas plumas de la cola al pajarraco, y se las arrancó con altivez de verdadero poeta de una raza. Recordad el ¡hola, pillo! A Roosevelt, aquel poema que Howard B. Macdonáld llama exageradamente "el más fuerte himno al odio". Un día llego a su casa; me lo encuentro, muy finchado. — ¿A dónde va, Rubén, de veinticinco alfileres? —Voy a ver a doña Zoila. Aquella doña Zoila, de paso en París, era la esposa del dictador Venezolano Cipriano Castro. Rubén no conocía ni a doña Zoila, ni a Castro, ni a Venezuela. Tampoco esperaba nada ni de Venezuela, ni de Castro, ni de Zoila. Espontáneo doblar de rodillas. Necesidad de curvar el espinazo. Me costó trabajo disuadirlo de aquella inútil pleitesía a la mujer de un dictador. Con tantas divergencias de carácter y de ideología, parece que no existiera humus propicio donde arraigar y fructificar nuestra amistad. Fue muy estrecha y muy cordial, con todo. Yo sentía por él una mezcla de admiración y gratitud. Aun en sus momentos más lamentables, siempre recordé que el resplandor de aquel cerebro iluminaba el camino de nuestra generación; que aquellas manos producían sublime hermosura, y que aquella barbilla castaña y aquel pálido rostro, entre socrático y mongólico, eran la máscara vulgar de un poeta de genio. Además, Rubén, en el fondo, era bueno. En el fondo y en la superficie, salvo momentos de exaltación alcohólica. Jamás he visto hombre menos pedante, ni menos envidioso. Admiraba a unos cuantos, estimaba a otros cuantos, reía de algunos. Así deben reír los dioses: paternalicios, benévolos. Envidia, nunca, a nadie. Se placía en el triunfo de los demás, seguro de que nadie podía hacerle sombra. Llenos están sus libros de alabanzas a los grandes, a los medianos, aun a los chicos. El sabía lo que valían su opinión y sus loas. No por eso las pesó siempre en balanza de farmacéutico. Su desprecio solía ser épico; tan sincero como profundo. Aquel sujeto bilioso y pésimo cronista, sulfato de pequeñez, envidioso hasta el verdor. Fray Candil, lo llamó una vez, en un diario do Madrid, mal poeta. Rubén se sonrió con una sonrisa socrática, cargada de sabiduría y de entrañable desdén. Hasta ese momento, tuve la comprensión tan clara de la superioridad de un hombre sobre otro. Volveré a hablar del poeta.
R. BLANCO FOMBONA”

lunes, 28 de octubre de 2019

Rubén Darío, la actitud para vivir de la poesía


“Desde niño Rubén Darío pensó que podía vivir de la poesía”. Oí que me decía mi vecino de silla, sacándome de mi ensoñación.

Me encontraba entre las dos docenas de asistentes al conversatorio que tenía lugar en el auditorio de Hispamer, en Managua. Participaban, junto al autor de un nuevo libro sobre Rubén Darío patrocinado por la embajada de Argentina, dos catedráticos de literatura asiduos en este tipo de eventos.

“Tal vez en esa época la poesía era más valorada”. Respondí, por pura cortesía.

“!Qué va a ser! Darío comenzó escribiendo versos bajo demanda para sus amigos de barrio y de colegio, por los que recibía algunos pesos. Luego colaboró en periódicos locales, ganando fama, regalías y pequeñas cantidades de dinero. Todo eso debió confundirle.

Observé a mi interlocutor. Era un hombre de unos setenta años. Sin duda se trataba de un dariano que había acudido a aquella presentación con la esperanza de escuchar algo nuevo. Su cara me resultaba conocida. Tal vez, pensé, lo había visto en algún debate cultural en la televisión local.

“Entonces, tenemos que agradecer que, ese primer error de juicio, le diera el impulso para convertirse en un gran poeta”. Le dije.

“Cierto– concedió-. Sin duda esas primeras experiencias le animaron a perseverar y al final, aunque no siempre bien, consiguió vivir de la literatura. Hasta los cargos diplomáticos que tuvo se los debió a su fama como escritor. Aunque lo que más le ayudó fue su forma natural de relacionarse y el haber entendido que solo estando cerca de los poderosos y adinerados podía cumplir su propósito”. Me explicó.

“Eso último debe ser un conocimiento innato, algo que les viene dado a los poetas junto con el don de escribir. De otra manera no podrían sobrevivir. Desde la época de los juglares siempre se han ganado la fama creando figuraciones artísticas, pero la vida se la han ganado dedicando alabanzas a los poderosos”. Argumenté.

“Tiene razón. Difícilmente podrían sobrevivir de otra manera. En la vida de Darío hay muchos ejemplos que pueden dar testimonio de esta forma de relacionarse con el poder y la riqueza”.

“¿Por ejemplo?”. Me interesé.

En este punto, la conversación, que hasta ese momento había transcurrido de manera casual, empezó a interesarme.

“Pues ahí está su peculiar relación con Navarro Ledesma, un influyente personaje que se llevaba mal con todos los nuevos escritores que surgieron a finales del siglo diecinueve, especialmente si eran criollos”.

“Es la primera vez que oigo ese nombre”. Le dije.

Se echó a reír.

“Adentrarse en la vida de Darío es como abrir el libro del Who’s Who, de esa época. Pareciera que se relacionó con todo aquel que representaba algo en el mundo hispanoamericano”.

Cuando aquella noche llegué a casa abrí el Internet y tecleé el nombre en Google. Aparte de Wikipedia, la mejor fuente de información estaba en los periódicos de la época. Los datos descriptivos señalaban que Francisco Navarro Ledesma se desempeñó como catedrático de literatura en un instituto de Madrid, y fue uno de los fundadores de la revista satírica Gedeón y del diario ABC, colaborando activamente en El Globo, El Imparcial y en revistas como La Lectura, Blanco y Negro o La Revista Moderna. Sus dos pasiones eran la fidelidad en el recuerdo a su gran amigo Ángel Ganivet, tras su muerte ocurrida en noviembre de 1898, y el poner en valor toda la obra cervantina que le llevó a escribir una interesante biografía de Miguel de Cervantes. De joven realizó alguna incursión en el campo de la poesía y la narrativa, con poco éxito, y acabó volcando toda su energía en la crítica literaria, que ejerció siempre con una actitud beligerante.

Aunque lo más relevante se encuentra en lo que sus amigos y detractores dejaron escrito sobre él. Le veían como un hombre de personalidad anticuada, un joven viejo, aferrado al pasado. Un modelo de la época que le había tocado vivir, dotado para la retórica, muy bien relacionado en el mundo literario, y que se manejaba con fluidez con el poder mediático, lo que le sirvió para conocer los tejemanejes de las redacciones. Algunos de sus contemporáneos lo describieron como “un don nadie con mucho poder en el mundo literario de su época”.

En unos años en los que el mismo Manuel Machado constataba que “la muerte natural del poeta español era necesariamente de hambre”, este personaje que mantuvo casi siempre dos principios: la oposición a las nuevas tendencias que confluían en el modernismo y su apoyo y defensa de la vieja generación de escritores, podía hacer mucho daño con sus críticas, ya que, desde la tribuna de los periódicos en donde colaboraba, se había convertido en un destacado prescriptor, con una gran capacidad de influencia en el público, así como entre los intelectuales y políticos, por lo que su opinión favorable era buscada por los escritores de la época. Era bien conocido su desprecio por los nuevos autores, especialmente los modernistas y arremetía con frecuencia contra ellos en la sección que, bajo el nombre de “El papel vale más”, mantenía en la revista Gedeón. El título parecía decirlo todo.

Pues bien, este personaje de vida austera, tan alejado de las certidumbres que animaban la vida de Rubén Darío, llegó a entablar una relación con el poeta que finalmente llevó a éste a dedicarle un poema en ocasión de su fallecimiento.

Parece que todo empezó con motivo de la celebración del tricentenario de la edición de la primera parte del Quijote, que se realizó en Madrid durante los primeros días de mayo de 1905. Ambos coinciden allí, Navarro Ledesma pronuncia en el Ateneo, de cuya sección de literatura era presidente, una conferencia con el título de "Cómo se hizo el Quijote", y en esa misma oportunidad el día 13 de mayo, Darío presenta su poema "Letanías a nuestro señor don Quijote", que lee Ricardo Calvo, ya que el poeta nicaragüense no lo pudo hacer por indisposición.

Se conocieron durante esas celebraciones y Darío le comentó que tenía unos versos escritos en honor de Ángel Ganivet. Posteriormente, a finales de ese mismo mes, le hace llegar unos versos para que sean publicados en la revista Blanco y Negro, de la que Navarro Ledesma es director literario. Son los primeros que envía a esa redacción.

A finales de junio empieza a circular por Madrid el libro Cantos de vida y esperanza, que incluye el poema “Letanías a nuestro señor don Quijote”, y que va dedicado a Navarro Ledesma.

El 10 de julio éste responde al envío de los versos, y se disculpa por el retraso en publicarlos, aduciendo que están a la espera de que el artista José Arija se encargue de ilustrarlos, ya que pretenden darles una presentación acorde con la fama del autor. También le pide que le envíe sus versos dedicados a Ángel Ganivet.

Se trata del poema titulado “A Ganivet”, fechado en Budapest en 1904 y al que añadió posteriormente la dedicatoria a Navarro Ledesma. Este poema se publicó por vez primera en el diario El Sol, en 1925, y posteriormente fue recogido por Alberto Ghiraldo en su libro “El ruiseñor azul”, en el que aparecen poemas inéditos de Darío.

“A Ganivet”
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ruiseñor enamorado de cosas imposibles,
y mistificador de las cosas sensibles,
hasta el punto de ser verdugo de sí mismo…
nada como mirarte
a la luz de la luna del arte
deshojando tu alma al borde del abismo.

Navarro Ledesma falleció el 21 de septiembre de 1905, de un súbito ataque al corazón. Para esta ocasión Darío escribió el poema IN MEMORIAM, publicado en El Imparcial, al que tiempo después Valentín Gómez, redactor en la revista La Lectura Dominical, que firmaba con el seudónimo de Mínimus, y que gozaba de gran prestigio político y literario, criticó con saña.

“A Navarro Ledesma”
IN MEMORIAM
He aquí lo que fue: Claro, profundo, franco.
Su pensar singular brotó del papel blanco
Cual una fuente de vigor y de dulzura
Y se transparentaba en su alma toda pura.
Yo no escuché jamás palabra tan humana
Y que fuese en mi sangre y mi pensar mi hermana.
Era bueno. Era puro. Era lo que hay que ser
Cuando se trae en el hombro la piedra del deber.
Y él la supo llevar, esa piedra de hierro,
Viendo hacia arriba al águila y hacia sus pies el perro.
 i Oh amigo ! Sé en lo hondo del infinito ahora
Como eras en el triste imperio de la hora.
Todo lleno de angustia y de dolor y duelo.
Perpetúate en ritmo, en canto, en verso y vuelo.