sábado, 24 de septiembre de 2022

Conversando con Rubén Darío IV

En septiembre de 2022 tuve ocasión de reunirme con el ingeniero Rubén Darío Lacayo, bisnieto del afamado poeta nicaragüense. Había contactado con él vía telefónica, a través de un conocido común. Dos días antes de acudir a la cita busqué referencias suyas en Internet y averigué que era Presidente honorario del Movimiento Dariano Mundial, una organización privada, con sede en Miami, que promueve el reconocimiento de la obra de Rubén Darío. También localicé su blog, en especial me llamó la atención un artículo sobre sus orígenes, publicado en mayo de 2011, cuya lectura recomiendo:  https://rubendarioiv.blogspot.com/2011/05/el-hijo-costarricense-de-ruben-dario-un.html
Rubén Darío Lacayo, siendo el descendiente primogénito del poeta, por línea patrilineal, se presenta como Rubén Darío IV,  una nomenclatura que se sitúa en la órbita de la costumbre anglosajona de designar a una dinastía de empresarios o de familias políticas.
(En la fotografía puede verse a toda la dinastía: el abuelo, Rubén Darío Contreras; el padre, Rubén Darío Basualdo; y el niño que es el propio Rubén Darío Lacayo).

Reside actualmente en San José, Costa Rica, y quedamos en encontrarnos en las instalaciones de la Biblioteca Nacional, situada a un costado del Parque Nacional, en cuyo centro hay un monumento que conmemora la victoria de Centroamérica contra los filibusteros comandados por William Walker en el año 1856. Cuando llegué, el recepcionista me advirtió que mi interlocutor ya estaba dentro. Le encontré ante una de las grandes mesas rectangulares que hay en la zona de lectura y consulta, sobre la que iba depositando los folders que sacaba de una mochila.

Nos reconocimos por las fotos de nuestro respectivo perfil del whatsapp. Al saludarnos dudamos unos segundos, como es habitual en estos momentos post-pandemia, cuando dos personas, ya de cierta edad, se encuentran por primera vez y no saben cual sería el saludo más adecuado a las preferencias del otro: si un apretón de manos, un encuentro superficial de los puños cerrados o un sencillo saludo verbal acompañado de un cabeceo de reconocimiento. Nos dimos la mano.

—Tengo muchos documentos —me fue explicando mientras tomábamos asiento—, algunos con más de cien años, que eran de mi abuelo paterno y otros que he ido consiguiendo en Registros civiles y religiosos buscando documentar todo lo relativo a nacimientos, bodas y defunciones de la familia Darío Contreras. Si algo nos distingue es que hemos sido una familia viajera, con varias nacionalidades y estudios realizados en América y Europa, y eso complica la tarea de recopilar y esclarecer las pruebas documentales.

De un viejo, deforme y roto estuche de cuero, posiblemente de la misma época que su contenido, sacó varios pasaportes argentinos del periodo de 1930, en los que pude ver algunos visados nicaragüenses. También contenía salvoconductos diplomáticos, fotografías, un carnet de reportero del diario La Nación, todo ello de su abuelo; y un carnet de abogado perteneciente a su padre. De otro folder procedió a sacar certificados de nacimiento y matrimonio que se remontaban a la época colonial, hasta la abuela de Rafaela Contreras, que fuera primera esposa del poeta nicaragüense y madre de su hijo legítimo Rubén Darío Contreras (una legitimidad que a lo largo de la conversación se ocupó de dejar clara, porque estaba convencido de que esa circunstancia explicaba muchas de las cosas que habían ocurrido después). Con orgullo me alcanzaba la documentación relativa al matrimonio civil del poeta con Rafaela, realizado en El Salvador en 1890 y el del matrimonio eclesiástico que se llevó a cabo un año después en Guatemala, así como el certificado de nacimiento del hijo legítimo (de nuevo hizo hincapié en esta circunstancia) nacido en 1891 y expedido por el Registro civil de Costa Rica. "Nació muy cerca de la esquina noroeste de lo que hoy es el Mercado Central de San José. Allí hubo en tiempos una placa recordando el acontecimiento, hasta que hace años la retiraron, desconozco el motivo", me explicó.

La mesa se iba llenando poco a poco de documentos. A veces le pedía permiso para fotografiar algunos, y él en seguida se ofrecía a enviarme los que ya había digitalizado (y lo hacía en el momento, cuando podía encontrarlos en su smartphone).

Advertí que su preocupación, la principal razón por la que se dedicaba a la tarea de recopilar documentos, estaba en dar a conocer y en reivindicar la figura de su abuelo paterno Rubén Darío Contreras, señalando la buena relación que tenía con su padre el poeta, algo que, a su entender, quedaba claramente reflejado en el encuentro entre ambos, en Guatemala, durante el último año de la vida de Rubén Darío. 

—En ese encuentro aconsejó a su hijo, mi abuelo, que se fuera a Argentina y le dio una carta de presentación para el director del diario La Nación, donde llegaría a colaborar durante varios años —me explicó.

 Mientras iba aportando documentos hablaba de la actitud altruista de su abuelo hacia su medio hermano, Rubén Darío Sánchez, de su comportamiento honesto, comprensivo, a veces orgulloso en detrimento de sus intereses legítimos, así como de la buena relación que mantenía con Rosario Murillo, segunda esposa del poeta (para ello me mostró un artículo del periódico El Comercio, del 21 de enero de 1923, en el que Rosario Murillo aboga ante el Presidente de la República y el Congreso de Nicaragua, para que se le faciliten los adecuados medios de subsistencia al hijo del poeta que tanto bien hizo a Nicaragua). "Rosario Murillo fue una esposa abnegada que cuidó del poeta los dos últimos años de su vida y fue una madre para mi abuelo", me dijo. Escuchándole hablar de ella se tiene la impresión de que habría que revisar la historia fraguada en torno a la figura de Rosario, maltratada por casi todos los biógrafos del poeta (la mayoría de ellos han ido repitiendo por pura inercia lo que decían los anteriores, cada uno dándole una vuelta más al perno), que han conseguido hacerla quedar como la mala de la historia.

—Mi abuelo era un hombre cabal, que renunció a su derecho legítimo sobre tres herencias: como hijo legítimo de Rubén Darío, como hijo de crianza de Ricardo Triguero, y también como ahijado de Julio Arellano y Arróspide y de Margarita de Foxá —afirmó. 

—Mi abuelo respetó la última voluntad de su padre de dejárselo todo a su hermanastro y nunca reclamó la herencia que le correspondía en derecho. A pesar de ello, el hijo de Francisca Sánchez no pudo hacerla efectiva porque, al no ser hijo legítimo y no poder presentar un certificado de nacimiento que le acreditara como hijo de Rubén Darío, la justicia nicaragüense nunca le concedió ese derecho —me explicó.

—En Argentina, mi primo hermano Martín Katz, conserva una buena parte del archivo familiar —comentó más adelante.

—¿Hay allí algo del propio poeta? —le pregunté.

—Poco, pero muy relevante. Casi todo el archivo se concentra en los documentos recopilados por nuestro abuelo. Pero conservamos el crucifijo que le regaló Amado Nervo, y que le acompañó en la hora de su muerte y luego colgó de su cuello la propia Rosario Murillo en su fallecimiento en 1953. Después, por expreso deseo de ella, le fue entregado a mi abuelo. (En la fotografía que se acompaña puede leerse la declaración jurada que atestigua esa posesión). 

Había escuchado muchas veces la historia de ese crucifijo, que tiene la carga simbólica de representar el retorno del poeta a una religiosidad profunda. Una historia polémica, ya que tanto en el Museo Darío de León como en el que abrieron hace unos años en Managua afirman tener ese crucifijo y de hecho en ambos lo tienen expuesto como si fuera el auténtico. Dato un tanto paradójico ya que al menos uno de ellos debería ser falso.

Hay que señalar que la principal contribución de Darío Lacayo ha sido, durante muchos años, el estudio genealógico de la familia que fundó su bisabuelo Rubén Darío en 1891 al casarse con Rafaela. Autor de varios trabajos sobre el poeta, entre ellos Genealogía de Rubén Darío y su descendencia con Rafaela Contreras Cañas, ha llegado muy lejos en su investigación, implicándose personalmente en la búsqueda de información. Por lo que pude deducir de la conversación, no pretendía ser un entendido en la obra literaria del poeta nicaragüense, de la que apenas parecía conocer el nombre de los títulos más importantes, pero pude advertir que tenía un conocimiento profundo de su vida y andanzas. También me llamó la atención que investigaba cada suceso con el ánimo de un historiador y procuraba no afirmar algo que no estuviera respaldado por un documento fiable. 

  Llevábamos dos horas revisando documentos, eran cerca de las dos de la tarde, hora en la que en Centroamérica casi todo el mundo ha terminado de almorzar, y sugerí que fuéramos a una pequeña soda que había a la vuelta del edificio, en la esquina de la avenida tercera. Cuando salimos al exterior el cielo se había cargado de nubes y pronto empezaría a llover, como suele ocurrir en las tardes del invierno tropical. Él, más previsor que yo, llevaba un largo paraguas con los colores de la bandera tica. 

En la soda continuamos nuestra conversación mientras dábamos buena cuenta de un casado de pollo guisado, humilde pero bien preparado.  

 En un tono más distendido hablaba ahora sobre  las relaciones de Rubén Darío con sus amigos en España. Había recopilado decenas de anécdotas y tenía una forma amena de contarlas. Me dijo que en esos momentos estaba ocupado en descubrir el paradero del testamento de unos nobles españoles, ya que existía el conocimiento en la familia, transmitido de una generación a otra, de que habían dejado en herencia a su abuelo uno de sus castillos en España. Me había hablado de ellos, los marqueses de Casa Arellano, él ejerció como embajador de España ante las repúblicas centroamericanas en la época en que nació el hijo de Rubén Darío y argumentaba que lo habían apadrinado. (Me lamó la atención el hecho de que ese fuera el único dato para el que no aportó documento que lo corroborara. Asumí que no había podido encontrar la partida de bautismo). Pero especulaba con que todo quedaría esclarecido en el testamento, que debía encontrarse en el Archivo histórico de protocolos, con sede en Madrid, y tanteó la posibilidad de que yo pudiera hacer alguna gestión presencial durante uno de mis viajes a España.

Le pedí permiso para utilizar, con fines divulgativos, alguna de las fotos que me había pasado y tuvo la cortesía de enviarme, días después, fotografías de muchos de los documentos más representativos de su archivo personal. A través de ellas puede hacerse un seguimiento completo de la genealogía de la familia de Rubén Darío Contreras.

Más adelante, me envió por whatsapp los resultados de unos análisis genetistas, de los que no he hablado aquí, porque así me lo pidió, que de revelarse algún día arrojarían una nueva luz sobre los orígenes del poeta nicaragüense.

jueves, 25 de agosto de 2022

Los tocados por Rubén Darío

     Una mañana de febrero de 2018, dos meses antes de las revueltas ciudadanas que conmocionaron el panorama social y cultural de Nicaragua, me hallaba en la Sala Dariana de la Biblioteca Nacional de Nicaragua, ubicada en el segundo piso del Palacio de la Cultura, suntuoso nombre con el que se conoce ahora al que antes fuera el Palacio Nacional.

Por razones que no vienen al caso, portaba ese día el álbum con la colección completa de los sellos postales que, en todo el mundo, se han emitido hasta la fecha en homenaje a Rubén Darío.

“Vaya a mostrárselo al doctor Arellano, está aquí al lado, en la biblioteca. Es un estudioso de la obra de Darío y seguro que le gustará verlo”, me animó Guillermo Flores, con quien en ese momento estaba conversando.

Encontré a Jorge Eduardo Arellano, a la entrada de la biblioteca, sentado ante el ordenador, con unas hojas en la mano, dictándole a una joven que manejaba el teclado siguiendo sus indicaciones. Me presenté, le enseñé el álbum, lo hojeó con parsimonia y antes de devolverlo quiso saber quien era yo y a qué me dedicaba. Ese tipo me preguntas, hechas tan a bocajarro, siempre me han resultado agresivas, y creo recordar que bromeé sobre mi currículo y el por qué me interesaban los sellos de Darío. Más adelante pude comprobar que preguntar por los méritos curriculares de su interlocutor es una manera típica de conducirse en el ambiente académico de Nicaragua.

“Tengo entendido que usted es un reconocido dariano. Por eso quise mostrarle el álbum”, le dije.

“En realidad yo soy dariísta”, me explicó, y poco después pareció perder todo interés en la conversación y regresó a su tarea. Estaba corrigiendo un texto para la Revista de Historia del IHNCA

Había quedado intrigado por la palabreja y al regresar con Guillermo Flores le pregunté por el significado del vocablo.

“Dariano, me explicó, es la manera de designar a la persona que es aficionado a la obra de Darío, alguien que la conoce bien y la divulga, ya sea por medio de artículos periodísticos o reeditando sus libros. Dariistas son aquellos que se han consagrado a profundizar en la obra del poeta con espíritu creador, escfibiendo y publicando libros de crítica e interpretación, y por tanto no se limitan a realizar meras reproducciones o recopilaciones de sus textos”.

Quien esté interesado en estos términos, puede leer el artículo del propio Arellano “Darianos y dariístas nicas”, publicado el 2 de mayo de 2016 en el Nuevo Diario (Nicaragua), donde concluye señalando que el primero que utilizó este término fue el poeta nicaragüense Salomón de la Selva en 1955.

Esa mañana aprendí una palabra nueva, además de que existía una elaborada aristocracia en torno al rey Darío, una especie de rango nobiliario que se atribuían algunos para diferenciarse cualitativamente de otros.

Con el paso del tiempo he tenido la oportunidad de conocer, aunque sea a través de su obra, a algunos de los más prestigiosos darianos vivos (tal vez dariístas, es tan estrecho el margen entre unos y otros que fácilmente puedo equivocar la categoría).

Descontados los nacidos en Nicaragua, como el propio Guillermo Flores o Jorge Eduardo Arellano, historiador, catedrático y asesor cultural de la Presidencia, son muchos aquellos que, en algún momento, se han sentido cautivados por la obra y la vida de Rubén Darío, pero en este artículo quisiera centrarme en dos que, no siendo nicaragüenses, tienen en común el haber vivido durante un tiempo en Nicaragua, lo que debió contribuir a su fijación personal por la obra del poeta.

 Günther Schmigalle. Nacido en Alemania, especialista en filología inglesa y románica, se ha desempeñado como profesor de bibliotecología y de literatura moderna, y a su labor de investigación, directamente de las fuentes originales, se debe uno de los mayores rescates de la obra en prosa de Rubén Darío.

Llegó a Nicaragua en 1987, formando parte del movimiento de solidaridad con el país centroamericano, en plena revolución sandinista. Fue catedrático de la UCA, de 1988 a 1994 y en el año 2000 ingresó en la Academia de la lengua nicaragüense.

Se ha destacado como uno de los principales divulgadores de la obra de Darío en Europa, donde ha publicado más de veinte ensayos sobre la vida y la obra del poeta, además de numerosos artículos en diarios de todo el mundo, lo que le convierten en uno de los mayores especialistas de su obra.

Naohito Watanabe, oriundo de Kochi, Japón, entre 1991 y 1996, ejerció como Primer Secretario de la Embajada del Japón en Nicaragua. Regresó al país en 2001 como Consejero de la Embajada del Japón.

En 2005 tradujo al japonés la obra de Rubén Darío “Azul…”  “Ao…” (Ed. Bungeisha), y al año siguiente recibió la Orden de Rubén Darío, grado de Oficial, otorgada por el gobierno de Nicaragua.

En los diversos países donde se desempeñó como diplomático llevó siempre el estandarte dariano. En 2018 fue nombrado académico de honor de la Real Academia Europea de Doctores, con sede en Barcelona. Su discurso de ingreso tuvo por título: Rubén Darío: Japón y japonismo. En él, Watanabe relata su encuentro con una niña de ocho o diez años en el embarcadero de Granada, durante una visita que realizaba a las isletas.

“Ella se acercó sonriente a mí. Creí que iba a pedirme algún dinerillo como solían hacer los niños en los semáforos en aquel entonces. ¡Pero qué sorpresa! Ella empezó a declamar algo. Algo rítmico y versificado. Era un poema, poema dulce y resonante con cierta melancolía. “Margarita, está linda la mar,/ y el viento lleva esencia sutil de azahar;/ yo siento en el alma una alondra cantar tu acento/ Margarita, te voy a contar un cuento.” Me quedé embelesado, fascinado y sentí hasta el estremecimiento en mi corazón con la declamación de aquella niña. A pesar de pasar mucho tiempo desde entonces todavía recuerdo vivamente aquella tarde serena de verano, el céfiro soplaba tenue sobre el agua cristalina del lago ondeando su ahora hermoso vestido de la niña, acariciando su cabellera de oro y mejillas sonrosadas con la sonrisa angelical. El sol, tórrida lumbre ardía en la lejanía azul ni una nube se veía y sólo los pájaros reposando en la verde cumbre. Así fue mi primer contacto con la obra de Darío y conociendo más y más sus obras y la literatura de Nicaragua, llegué a descubrir que Nicaragua era un país de poetas y de gran tradición de poesía”.

El texto completo puede consultarse en

https://raed.academy/academicos/naohito-watanabe/


 

 

miércoles, 17 de agosto de 2022

Rubén Darío en Heredia, Costa Rica

Entre el 24 de agosto de 1891 y el 10 de mayo de 1892 el poeta nicaragüense Rubén Darío vivió en Costa Rica. Durante algunos días visitó la ciudad de Heredia, donde se hospedó en casa del escritor y político costarricense Luis Rafael Flores (1860-1938).

 De esa visita surge el artículo que reproducimos a continuación y que publicó en el Diario del Comercio, número 81, del 9 de marzo de 1892, con un subtítulo entre paréntesis: (boceto) 

 Heredia 

Desde la llegada comprende el viajero que Heredia es una ciudad amable. Empleando el vocablo nacional y gráfico, se le podría llamar corronga. He visto de pronto sus casas, sus parques, sus iglesias; tiene mucho árbol, muchas mujeres bonitas, mucha gente religiosa.

La religión y la belleza reinan en Heredia, junto con la hospitalidad. Acabo de ver un torreón que parece arrancado de un castillo medioeval. He estado en la nave de una iglesia, donde los ángeles de bronce ofrecen en sus manos hieráticas el agua bendita.

La basílica del Carmen, con su graciosa elegancia, no puede menos que agradar al artista.

Heredia es suave, cortés, coqueta y rezadora. Con su ambiente sano y su población tupida, y su café. Heredia es la señorita rica, que desde su provincia reina y vence. No tiene luz eléctrica, ¡pero los ojos de las estrellas la favorecen tanto! Y luego los de estas encantadoras heredianas que poseen las más adorables pupilas que es posible encontrar en el mundo.

El trabajador tiene aquí su morada. Es de aquí en donde cantidad harto considerable se exporta el grano de oro del «arbusto sabeo».

En el pueblo herediano se encuentran los robustos y sanos mozos, las muchachas campesinas de caras rosadas, los viejos labradores, honrados como patriarcas y ricos como pachaes de los cuales se hallan ejemplares pasmosos en el pueblo santodomingueño.

De noche, en el parque, se encuentran parejas envidiables, en los bancos, cerca de la fuente en donde canta el agua. Una banda se oye a lo lejos fanfarriando alegremente. Las torres se destacan sobre un hermoso cielo apizarradamente opaco. No hay casi una ráfaga de viento que mueva los ramajes de los grandes árboles.

A través de los vidrios de los balcones, en las casas cercanas, brota en anchas y pálidas franjas, la luz. El poeta Luis Flores me hablaba de una divina esperanza ideal, en tanto que oigo reír cerca de mí, a una locuela de quince años.

Este boceto instantáneo será después un cuadro.

Lo que es hoy, noto una quietud monacal y somnolente que empieza a invadir la ciudad. Son las diez. ¡Buenas noches!

6 de marzo de 1892

 Luis Rafael Flores quiso dejar constancia escrita de tan notable acontecimiento, por lo que le pidió al joven escritor Luis Dobles Segreda que redactase unas páginas basadas en sus recuerdos. El resultado fue un artículo que Dobles Segreda tituló «Rubén Darío en Heredia».

 Aquí solo voy a transcribir los últimos párrafos, los de la despedida.

 Por fin se fue. Solo tres días estuvo conmigo, ¡sólo tres días!

»—¿Por qué te vas, Rubén? ¿No te asienta el país?

»—Es muy lindo tu país, pero yo necesito vivir y tu país no tiene trabajo para mí. Mi machete es la pluma, hay que buscar dónde hacer la siega. Aunque quisieran estos periódicos pagarme, no podrían; es todo tan chico acá.

»Luego volvía a mirarme con ojos llenos de franqueza.

»—Y tu país huele a Fenicia, es un país de mercachifles.

»Cuando notó que la verdad era cruda, me puso la mano sobre el hombro para consolarme.

»—¿Pero Heredia? ¡Ah! Heredia es suave, cortés, coqueta y rezadora».

 Esta es la reproducción del texto que aparece en la revista Athenea, órgano del Ateneo de Costa Rica, en el número 6 del 15 de julio de 1920. El artículo completo puede encontrarse en la Biblioteca digital del SINABI (Sistema Nacional de Bibliotecas), cuya lectura recomiendo para entender mejor la personalidad del poeta.

 Siguiendo los pasos de Darío viajé una mañana a Heredia. En Google maps había visto que en la ciudad existía una calle llamada Rubén Darío (la calle 2, que recorre un lateral del Parque Central) y una escuela con su nombre en el cercano cantón de Santo Domingo.

 Anduve la mencionada calle de arriba abajo, sin encontrar otra señalización que la de calle 2, ninguna mención del poeta nicaragüense. Con intención algo traviesa, aproveché que a la puerta de un comercio de la cadena Monge, muy popular en Costa Rica, estaban reunidos tres empleados de edades comprendidas entre los 25 y los 55 años, y les pregunté inocentemente, como si estuviera perdido, qué calle era esa donde nos encontrábamos. “Es que aquí no nos guiamos por las calles. Díganos que busca y tal vez podamos orientarle”, me dijeron. “Estoy buscando la calle Rubén Darío”, les dije. Se miraron unos a otros y se encogieron de hombros. “Pues lo sentimos, pero no podemos darle razón alguna”. “Oigan, sin ánimo de molestar, ustedes sabrían decirme que significa la palabra corronga”, volví a preguntarles. Solo la reconocida amabilidad de los ticos, de los heredianos, de la que ya hablaba Darío, consiguió que me tomaran en serio y después de mostrarse ajenos a ese vocablo, corronga, todavía fueron a preguntar al supervisor de la tienda, un señor de más de sesenta años, con un buen conocimiento del pasado de la ciudad, que adujo no tener la menor idea de su significado. Sin embargo, en el diccionario de la rae, lo identifica como vocablo de uso solo en Costa Rica, que significa que algo es bonita, linda, atractiva. 

Definitivamente, en Costa Rica, no parece que sea una buena idea homenajear a alguien poniendo su nombre a una calle. Tendría más repercusión si le dedicaran un parque, además así habría una opción para que elevaran una estatua y una placa que explicara su contribución a la cultura y a la sociedad.

lunes, 15 de agosto de 2022

La presencia de Rubén Darío en las escuelas de Nicaragua

       A las ocho de la mañana, en un todoterreno cargado con cuatro mesas plegables, un ordenador portátil, material escolar diverso y más de doscientos cuentos organizados en tres cajas, salimos de Diriamba, una pequeña ciudad a cuarenta kilómetros de Managua, situada en un altiplano donde el clima es suave y húmedo y la tierra es fértil y generosa. Nuestro destino es Paso Real, una comunidad rural situada a diez kilómetros, donde hay una escuela a la que asisten los niños y niñas, de entre seis y doce años, que residen en un radio de cinco kilómetros, una distancia que algunos alumnos tardan en recorrer entre una hora y hora y media.

     Está empezando la temporada de invierno. La lluvia aún no ha desbaratado los caminos, convirtiéndolos en intransitables, aunque ya ha ido erosionando la tierra y abriendo profundos arroyos por donde circula el agua, que acumula barro en los lugares más bajos. En cualquier caso, hay que confiar en la habilidad del conductor y en el conocimiento que tiene del terreno. Entre bache y bache, podemos disfrutar de un paisaje siempre entretenido y en ocasiones fascinante, de un verde abundante y profundo, salpicado con algunas plantaciones de plátano, planteles abandonados de café y decenas de árboles de jocote llenos de fruto. En los claros, donde se ha limpiado el monte, se divisan pequeñas casas de madera vieja y arqueada, rematadas con techos de chapa oxidada. A unos metros de cada casa llama la atención un cubículo hecho de chapa ondulada y brillante. Es el retrete con su fosa séptica, que recientemente les ha donado una fundación alemana.

     Media hora después hemos llegado a nuestro destino, un grupo escolar que consta de dos filas de construcción con un patio en medio. Es fácil distinguirlos porque las paredes están pintadas de azul y blanco, los colores de la bandera de Nicaragua. A un lado del patio se encuentra el almacén, donde se guarda el material de clase y los víveres para preparar la merienda escolar. Al otro lado están las dos aulas. En una se dan las clases simultáneas para los tres primeros años de Primaria. En la otra se atienden las clases de los tres últimos grados. Entre las puertas de las dos aulas, adosado a la pared hay un mural hecho con una lámina de plywood, reforzada con reglas de madera sin pulir, donde se ensalza la figura de Rubén Darío, héroe nacional de Nicaragua, a base de recortes de periódicos y papeles de colores que contienen fechas claves de su biografía y su obra. Una imagen que se repite, con pocas variantes, en todas las escuelas del país, en los vestíbulos de acceso a las alcaldías municipales y hasta en los centros de salud. En la mayoría de los casos al mural de Darío le acompaña otro, de idéntica manufactura, dedicado a Cesar Augusto Sandino, el otro héroe nacional, aunque éste sea de consumo estrictamente local.

     Cuando llegamos, los alumnos están en las clases y hasta nosotros llegan sus voces agudas  a través de las puertas y ventanas abiertas. Desplegamos las mesas junto a la pared y comenzamos a distribuir los cuentos sobre ellas.

     Cuando nos asomamos al aula de los más pequeños, el profesor, que ya ha advertido nuestra presencia, nos recibe con un ademán de bienvenida y luego nos ofrece la atención de los alumnos.

    –Ya conocéis a los amigos de la Biblioteca Semillas. Veamos qué actividad nos proponen hoy –les dice a los alumnos.

    –Hola a todos –les saluda Maynor Cordón–. ¡Qué bien que os veo tan alegres y animados! ¿Os habéis acordado de traer los libros para el intercambio?

    –Síííí –. El grito es unánime.

    –Estupendo. ¿Y qué queréis que hagamos hoy?

    Los chavalos parecen indecisos. Sonríen, algunos ocultan la cara entre las manos. No se deciden.

    -¿Leemos un cuento? –les propone

    Parece que hay acuerdo.

    –Vamos a leer uno de los cuentos que más me gusta, “Ferdinando el toro”. Pero tenéis que ayudarme –les anuncia, levantando el brazo para mostrar el cuento que sostiene en la mano.

    Comienza a leer. Actúa con la voz y se ayuda de gestos de las manos y el cuerpo, para apoyar el discurrir de la historia. También hace preguntas a los niños para involucrarlos en el discurrir de la historia.

    Cuando, acompañado del alborozo de los niños, acaba la lectura teatralizada del cuento, el profesor propone un aplauso para premiar su esfuerzo y luego les pide que preparen sus libros y salgan al patio con ellos. Aquella es la señal de inicio del recreo y de la actividad de préstamo de libros.

    Todos se agolpan alrededor de las mesas y ojean los cuentos, escogiendo unos y dejando otros. Se fijan mucho en los dibujos y en los colores. No parece importarles que las letras sean más o menos grandes, pero observo que se sienten atraídos por los libros que proponen algún misterio en el título.

    Con las nuevas adquisiciones bajo el brazo se ponen a la fila que se ha ido formando ante la mesa de control de préstamo. Uno a uno, entregan primero los libros ya leídos, que se van cotejando en el ordenador, luego se anotan los que se van a llevar a la casa, donde los tendrán durante quince días, hasta que regrese al colegio la biblioteca móvil, si es que la meteorología lo permite.

    Mientras tanto Anke ha entrado en la clase de los mayores y está proponiéndoles una manualidad. En esta ocasión se trata de confeccionar un mural sobre la paz, algo tan deseado en estas fechas. Para ello lleva unas hojas fotocopiadas con el mismo dibujo para todos: la silueta de una paloma, una bandera y unas flores, que cada uno rellenará de color según su criterio.

     Una vez finalizada la actividad, Anke les pregunta:

     -¿Cuántos poetas hay en esta clase?

    Se miran unos a otros indecisos, algunos señalan al compañero, y poco a poco se van levantando las manos.

    -Cinco poetas en una clase de veinte. Eso está muy bien. ¿Y cual es vuestro poeta preferido?

    - Rubén Darío -a la voz de unos pocos se van uniendo poco a poco el resto, creando la sensación de un eco prolongado entre las paredes del aula.

    -Veamos entonces. Necesitamos un voluntario que nos recite algo del poeta.

    Tres o cuatro manos se extienden con el índice señalando a un chaval de unos diez años. No necesita más para levantarse. Anke le indica que espere a su señal para comenzar.

    -¿Qué poema vas a recitar? -le pregunta.

    -Caupolican.

    Al gesto de aliento de Anke comienza a recitar el poema. Mueve poco las manos, que mantiene pegadas al cuerpo, en su voz apenas se advierten inflexiones, con ninguna pausa, dando la impresión de que solo está poniendo en juego su memoria.

    Cuando acaba, todos aplaudimos y alabamos el poema y al declamador.

    -No hay semana que no dediquemos una hora a recitar poemas de Rubén Darío. A veces los utilizamos para enseñar a leer. Cada uno tiene su preferido, pero casi todos se inclinan por los poemas épicos -nos advierte el profesor, que ha seguido la declamación acompañando con el movimiento de los labios las palabras del alumno.

    Más tarde, mientras estamos recogiendo todo el material, vemos llegar a algunas mujeres a la escuela. Son madres de alumnos a las que ese día les correspondió preparar y distribuir la merienda escolar. Los víveres se distribuyen en la propia escuela a comienzos de semana y las mujeres se encargan de cocinarlos en sus casas para luego traerlos a la escuela en grandes perolas. En platillos de plástico van sirviendo el arroz con frijoles acompañado de un pedazo de plátano cocido. Luego los reparten a los alumnos que esperan su turno, junto con una bebida casera hecha a base de cereal.

    Hora de irnos. Nos despedimos de los profesores y los alumnos. En el camino de regreso todos nos mostramos eufóricos. La actividad ha funcionado de maravilla y los chavales se ilusionaron con sus nuevos libros.

    (Este artículo es un homenaje a la Fundación Semillas, una organización no gubernamental, con sede en Diriamba, una pequeña ciudad en el pacífico de Nicaragua, que recientemente fue cancelada por el gobierno).

lunes, 25 de julio de 2022

La carta perdida de Rubén Darío

      Sonó el smartphone avisando de que había entrado un mensaje de whatsapp. Lo abrí y vi que era de don Santiago Fajardo (ya he hablado de él en otro artículo de este blog), contenía dos fotos, con el anverso y el reverso de una carta enviada en 1952 por el Banco Nacional de Nicaragua a Rubén Darío Sánchez y un mensaje de texto alentándome a buscarle una explicación, considerando que estaba dirigida a una persona que había fallecido cuatro años antes, en 1948.

 Una carta circulada aporta información relevante sobre el remitente y el destinatario. Se puede descubrir, o al menos intuir la relación que hubo entre ellos, los motivos que tenían para comunicarse, lo que estaba sucediendo en ese momento de la historia, y los medios que se habían utilizado para enviarla. Así como la urgencia en la comunicación o si el envío se había personalizado . 
A falta de conocer lo que contenía la carata, en el sobre suele haber elementos suficientes para llegar a algunas conclusiones. Basta con hacer las preguntas pertinentes. Y éste era además hermoso (aquí se pueden ver las fotos que recibí), así que no pude resistirme a aceptar el reto. Lo examiné, poniendo atención en descubrir cualquier detalle que pudiera explicar el error. También había que descartar que no se hubiera manipulado con el fin de lograr una buena falsificación (En Nicaragua se cotiza cualquier cosa relacionada con Rubén Darío).

Los sellos y matasellos se correspondían con la fecha del envío. El sobre tenía impreso el membrete original del Banco Nacional. Se podía afirmar que había sido circulado, ya que en el reverso puede verse el sello de entrada en Inglaterra, apenas cinco días después de ser despachado en la Administración de Correos en Managua. Por la disposición de los matasellos respecto a otros elementos del sobre, es evidente que la carta fue enviada vía aérea, By North Atlantic Air Service, mientras el regreso lo hizo vía marítima (ya era una carta devuelta a su origen, por lo que había perdido su carácter de urgencia), en un Clipper (embarcación a vela de formas alargadas y estrechas, de tres o más mástiles, y caracterizada por su alta velocidad). Fue en Londres donde añadieron a máquina VIA CLIPPER.

El destinatario es Rubén Darío Sánchez, el hijo que tuvo Darío con su compañera española Francisca Sánchez. Se dirigen a él con el título de Ministro de Nicaragua en Londres, radicado en el apartamento 58 de Chesterfield House, en Chesterfield Garden, Londres.

En ninguna biografía de Rubén Darío Sánchez consta que haya ostentado una representación diplomática de Nicaragua. Ese era el primer dato que debía contrastar. Con ese propósito consulté los archivos de la Asamblea Nacional, que afortunadamente están digitalizados y son de acceso público. Si había ostentado algún cargo diplomático tenía que haberse registrado el nombramiento en la Gaceta oficial. Pero entre los años 1940 y 1948, año de su fallecimiento, no había ningún registro que así lo atestiguara.

Indagué entonces sobre la dirección en Londres, ya que cabía la posibilidad de que todavía se mantuviera allí alguna sede diplomática de Nicaragua, tal vez un consulado honorífico donde pudieran darme alguna razón. El edificio es un inmenso inmueble de nueve plantas y más de 120 apartamentos, construido hacia 1938 en el lugar donde hubo antes un antiguo palacio londinense. En la información disponible sobre el edificio no se hacía mención alguna sobre una sede diplomática.

Volví a analizar las fotos, buscando algún pequeño detalle que en anteriores exámenes me hubiera pasado desapercibido. El sobre estaba abierto con un corte limpio a lo largo de la parte superior, el tipo de corte preciso que produce un afilado abrecartas. También caí en la cuenta de que la dirección estaba escrita de una sola vez con la misma máquina de escribir, salvo el apellido Sánchez, que parecía añadido posteriormente, como si hubieran vuelto a introducir el sobre en el rodillo de la misma máquina o de una similar, a juzgar por el tipo de letra, aunque la cinta tenía menos tinta y el volumen de las letras era más suave. Además, esta última palabra estaba claramente inclinado hacia la derecha y en una composición irregular. Era como si, cuando mecanografiaron el sobre, escribieron Sr. Rubén Darío, y luego alguien se dio cuenta de que no bastaba para identificar al destinario y añadieron posteriormente el apellido Sánchez, sin advertir que éste había fallecido cuatro años antes.

¿Y si en realidad, me pregunté, a quien iba dirigida la carta era a Rubén Darío Contreras, el primer hijo de Rubén?

Con ese pensamiento en la mente y mucha fortuna en la búsqueda, encontré un artículo publicado en el periódico colombiano El Sol, el 8 de junio de 2020. Se trataba de una entrevista realizada por Carlos Javier Jarquín a uno de los bisnietos de Rubén Darío, Martin Katz Darío, en la que refiriéndose a su abuelo Rubén Darío Contreras, afirma literalmente “… siendo diplomático de Nicaragua en Argentina y luego en Londres …”.  También en la nota necrológica que publica el diario La Nación de Buenos Aires, donde falleció en 1970, se afirma que Rubén Darío Contreras fue nombrado en 1940 ministro pleniponteciario de Nicaragua en Argentina, cargo que posteriormente ocupó en Chile a partir de 1948 y en Gran Bretaña a partir de 1952.

Había encontrado un dato significativo, pero aún necesitaba algo más para confirmar mi intuición.

Decidí investigar las siglas C.M.U. que en la carta aparecen escritas a máquina debajo del membrete del Banco Nacional de Nicaragua. Hallé que corresponden a la Compañía Mercantil de Ultramar, creada en 1940 como oficina anexa del banco, una agencia encargada de facilitar la exportación de productos nacionales. Hablé con Rubén Darío Lacayo, bisnieto por línea directa del eximio poeta y me confirmó que, entre los documentos que la familia guarda de su antepasado Rubén Darío Contreras, hay varios sobres similares.

Era el momento de preguntar a don Santiago Fajardo cómo había llegado esa carta a sus manos, sin advertirle previamente de lo que había descubierto, para no contaminar su respuesta. “Hace cuarenta años que la tengo -me dijo- venía en un abundante paquete de cartas que le compré a un tal Sr. Morales. Era un coleccionista de edad avanzada que me los cedió a buen precio porque desconfiaba del trato que sus hijos dispensarían a la colección cuando él faltase y prefería dejarla a alguien que supiera apreciarla. Ya estaba jubilado. Era contable de profesión y había trabajado casi toda su vida en el Banco Nacional. Recuerdo que esa carta estaba entre otras muchas que tenían como destinatario al banco y procedían de empresas comerciales radicadas en América y Europa”.

Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar. Definitivamente el sobre no era falso ni había sido manipulado. Al contrario, tenía una historia.

Mi teoría: La carta era una comunicación entre la oficina central de la Compañía Mercantil de Ultramar, con sede en Managua y la embajada de Nicaragua en Londres. El empleado que mecanografió el sobre no puso los dos apellidos y alguien posteriormente se tomó la libertad de corregirlo. Por el motivo que fuera asumió que iba dirigida al hijo de Darío, Rubén Darío Sánchez. Al llegar la carta a su destino en Londres, en lugar de aceptarla, escribieron “FALLECIDO” con un lápiz azul y la devolvieron sin abrir. Al regresar de nuevo la carta a Managua alguien comprobó en el Banco Nacional el motivo de la devolución y escribió con lápiz negro en la parte trasera del sobre: “murió 28 de julio 1948”. Abrió la carta, extrajo el contenido y guardó el sobre. Es probable que la afición del Sr. Morales por la filatelia fuera conocida por sus compañeros en el Banco (un coleccionista se hace notar por su búsqueda constante de artículos coleccionables) y ese sobre, ya sin valor alguno para el banco, llegara a sus manos, como lo hicieron muchos otros a lo largo de los años, y lo incorporó a su colección personal.

Esta es la explicación más sencilla que se me ocurre, pero poniendo un poco de imaginación se puede llegar a construir una historia rocambolesca. Porque en el recorrido que hizo la carta quedan por resolver un par de cuestiones de gran importancia. ¿Quién recibió la carta en la embajada de Nicaragua en Londres y por qué la devolvieron sin abrir? ¿Llegó a las manos de Rubén Darío Contreras? ¿Por qué en la embajada en Londres sabían que Rubén Darío Sánchez había fallecido? Tal vez la respuesta pueda hallarse en la entrevista, antes mencionada, que fue publicada por el diario El Sol. En ella Martín Katz Darío señala que su tía Eloísa Darío Basualdo era la asistente de su padre durante su estancia en Londres. ¿Sería ella quien recibió la carta y tomó la decisión de devolverla?

Es posible que, en ese periodo, varias decenas de cartas se enviaran a la embajada de Nicaragua en Londres a nombre de Rubén Darío Contreras, y su contenido fue leído y luego archivado o destruido, de hecho ahora tenemos constancia de que sobres similares sobrevivieron y están en los archivos privados de la familia. Él que puede verse en la fotografía, fue devuelto al Banco Nacional y se conservó gracias a que allí había un coleccionista.

El sobre está ahora en la colección de don Arcenio López, un coleccionista radicado en Managua, con una fina intuición para elegir sus adquisiciones y que, en muy poco tiempo, está atesorando una de las más completas antologías sobre filatelia, numismática y notafilia, referidas a Nicaragua.

sábado, 16 de abril de 2022

Ruben Dario en Costa Rica

     A mediados de febrero de 2019 llegué a San José (Costa Rica) para una estancia corta. Venía de pasar un fin de semana en la playa de Jacó y había reservado un par de días para visitar el Centro Cultural Rubén Darío y documentar con algunas fotografías lo que quedara del poeta nicaragüense en la capital de Costa Rica. En ningún caso, cuando emprendí ese viaje, esperaba tener la suerte de encontrar un cicerone como Misael.

Había conocido la existencia del Centro Cultural Rubén Darío en una búsqueda prospectiva que había hecho en Internet y nada más llegar a la ciudad contacté con ellos por teléfono. Resultó que la persona que me atendió, Misael, conocía mi blog sobre la valoración actual del poeta nicaragüense y se ofreció a mostrarme “los restos darianos en la ciudad” –esas fueron sus palabras, y a mí me pareció que no hacían presagiar nada bueno. Me sugirió que quedáramos a la mañana siguiente en la entrada de la embajada de Nicaragua, ya que ese era un buen punto para iniciar el recorrido.

Conocía el lugar, que se encuentra en la prolongación de la Avenida Central, en dirección a San Pedro. A la hora indicada llegué hasta allí caminando y en seguida le divisé haciéndome señas desde la fachada de la embajada, donde ya hacían fila un grupo de nicaragüenses para hacer trámites consulares. Era un joven de unos treinta años y, más o menos, tanto su aspecto como su actitud respondían a la imagen que me había formado de él a partir de la conversación telefónica: alguien afable, servicial y, como todo nicaragüense, admirador de la obra de Darío. Nos saludamos y en seguida me puso al corriente del por qué y el cómo del programa que había diseñado para esa mañana.

--Oficialmente ahora estamos en el Paseo Rubén Darío, aunque por ese nombre no lo conocen ni los taxistas. Apenas son estos trescientos metros de la avenida central, entre la Asamblea Nacional y el monumento a Darío –me explicó, abarcando con los brazos abiertos la distancia que sugerían sus palabras.

--Genial. No tendremos que caminar mucho para llegar al monumento –reafirmé sus palabras y él hizo un gesto con la cabeza y los hombros que no acabé de interpretar.

--Vamos a preguntar al funcionario de la embajada que controla la puerta de acceso de las visitas –sugirió.

--El monumento se encuentra donde siempre, a doscientos metros siguiendo la calle buscando la vía del tren –contestó el hombre su pregunta tras dirigirnos una breve mirada evaluadora, mientras se ocupaba en revisar con el ceño fruncido los papeles que le ofrecía una joven madre nicaragüense que cargaba un niño en brazos. Me llamó la atención la sonrisa, entre burlona y desesperada, que se dibujó en el rostro de Misael.

Mientras me guiaba hacia el lugar que nos habían indicado fue haciendo una breve relación de la estancia de Rubén Darío en San José.

--Pasó fugazmente por aquí, apenas nueve meses entre el 24 de agosto de 1891 y el 15 de mayo de 1892. Alquilaba una casita en el número 265 de la calzada del Paso de la Vaca. Allí nació su primogénito Rubén Darío Contreras. En ese entonces la ciudad era un pueblo de casas de adobe y teja. Los únicos edificios grandes eran la Catedral, la Fábrica de Licores, el Hospital San Juan de Dios, el Seminario y el Hospicio de Huérfanos. Había dieciséis tiendas, tres cervecerías, siete ventas de materiales de construcción, sesenta pulperías y cuatro librerías. Por cierto, hablando de librerías, al poco de llegar, Darío publicó un aviso en el diario Prensa Libre, que decía: “Azul. Por Rubén Darío. ¡El libro de moda! Se vende en la librería de Montero. Hay pocos ejemplares”. Sin duda se refería a los ejemplares de la segunda edición de Azul que había publicado el año anterior en Guatemala.

Cuando llegamos al cruce de la avenida central con la avenida segunda, a la altura de la calle 29 nos detuvimos y busqué a mi alrededor alguna señal del monumento. Tenía que estar allí pero no lo vi. La mirada se quedó detenida en la vía del tren, que transcurría pegada a las sucias fachadas de unas casas que le daban la espalda. Algunos cartones dispuestos sobre el andén ocultaban los cuerpos de los vagabundos que utilizaban aquel espacio para dormir. Le hice un gesto de incomprensión y me señaló el triángulo que formaba el cruce de calles, donde un muro de concreto estaba revestido con pedazos de azulejos blancos, arena y azules, al fondo de una base delimitada por un pequeño muro que servía para salvar la diferencia de nivel entre las dos calles.

--Esto es lo que aquí quedó del monumento a Darío—me explicó, mientras buscaba en su smartphone y me enseñaba una fotografía donde podía reconocerse ese muro, pero con un pedestal cilíndrico sobre el que reposaba una efigie del poeta. –Lo erigieron en 1974, fue un regalo de Nicaragua y quizás la Municipalidad escogió este lugar porque era el único disponible en los aledaños de la embajada, pero como puede ver no reúne las condiciones mínimas para situar un monumento y así le condenaron al descuido y al abandono. Solo en 2004 la municipalidad encargó a la artista costarricense Loida Pretiz Beaumont, que adornara la pared con un mural de azulejos, creando así un escenario coreográfico con un fuerte simbolismo dariano. Esta foto es de esa época. Pero el lugar se fue convirtiendo en un depósito ocasional de basura y no tardaron mucho en robar la placa de bronce, que en la foto puedes ver a la derecha del monumento y que conmemoraba el evento. Así que hace tres años, cuando se cumplían los cien del fallecimiento del poeta, la municipalidad decidió retirar de aquí el monolito con la cabeza y lo trasladó al Parque Nicaragua, en Zapote. Tal vez sintió vergüenza de que en los homenajes que se hicieran a Darío en su centenario tuvieran que acudir aquí los embajadores latinoamericanos a realizar la ofrenda floral. Pero se dejaron el mural.
Mire aquí -–me señaló el borde de la base sobre la que se levantaba el monumento— se puede leer el penúltimo verso del poema Nocturno: “… y siento como un eco del corazón del mundo”. Sabe, lo que a mí me provoca más curiosidad es saber quién y por qué eligió precisamente ese verso.

--Sí, seguro que ahí hay una historia —coincidí con él. —Lo que puedo decir es que Edith Gron, la artista danesa-nicaragüense que hizo esa escultura, tenía la costumbre de incorporar un verso de Darío a cada una de las obras que hacía sobre el poeta. Tal vez ahí tienen su origen esas palabras.

Esperó a que tomara unas fotos del lugar y luego propuso que buscáramos un taxi que nos llevara hasta Zapote, a buscar el resto del monumento. Durante el camino me contó que trabajaba en la Asociación Nicaragüenses por un Futuro Mejor, organización sin fines de lucro (recientemente abrió en San José el centro cultural Rubén Darío), que busca la integración del emigrante nicaragüense a través de la cultura, al tiempo que promueve la hermandad con sus pares costarricenses. Ubicado cerca de plaza Víquez, el centro ofrece, gracias a la asistencia de la universidad de Costa Rica, cursos gratuitos de manipulación de alimentos, computación, inglés y alfabetización para adultos. Y ahora estaban impartiendo Cursos para Naturalización, que facilitaban al migrante la obtención de la nacionalidad costarricense.

--¿Cómo es la relación entre los dos países? –le pregunté. Me interesaba conocer su opinión sobre este asunto tan controvertido. Movió la cabeza a uno y otro lado, como si estuviera ponderando la respuesta.

--Compleja. Para resumir, se puede decir que Costa Rica ha sido desde hace décadas santuario y refugio para todos los exiliados nicaragüenses, sin importar su identidad política. A nivel de gobierno han sido solidarios y acogedores. Hoy, casi el veinte por ciento de la población está compuesto de migrantes o descendientes de nicaragüenses en primera generación, sin embargo, o precisamente por eso, hay un menosprecio latente por su cultura y su forma de vida.

El taxi se detuvo en ese momento ante la Iglesia de Zapote. Habíamos llegado al parque Nicaragua. Ante nosotros se extendía una amplia extensión verde, con un desnivel natural hacia el sur oeste, disimulado con el recurso de unas gradas. En la parte baja hay una caída de agua que termina en un pequeño lago. Lastimosamente la fuente no funciona y el lago está seco. En el sector oeste hay una entrada al parque en forma de arco. La vegetación es escasa, apenas algunas palmeras. El entorno, aunque limpio, luce un poco deshabitado, quizás porque no hay allí ningún play para niños. Subimos la pequeña cuesta para salvar el desnivel y accedimos a una amplia explanada con dos grupos escultóricos enfrentados a uno y otro lado: la escultura que hiciera Maruca Gómez sobre el poema “A Margarita Debayle”, titulada “El rey y su hija” y el monolito a Rubén Darío, que se veía insignificante, un poco perdido entre las proporciones del parque. Quizás para darle más visibilidad habían colocado a su costado dos mástiles donde ondeaban las banderas de Costa Rica y la del cantón de Zapote. Nos dirigimos hacia allí. El monumento, compuesto por el pedestal con la cabeza de Darío y a su lado una especie de atril hecho de concreto, estaba enmarcado a su espalda por un muro semicircular de unos treinta centímetros de alto. El atril parecía tener el propósito de albergar una placa conmemorativa o para grabar en él unas palabras de homenaje.

La cabeza, de 43 centímetros de alto, estaba hecha en cemento moldeado y alguna vez pudo estar cubierta con un color azul verdoso, pero la falta de mantenimiento y el paso del tiempo la habían erosionado hasta deformar los rasgos originales, haciendo casi imposible reconocer allí al poeta.

Guardamos un silencio recogido, cada uno inmerso en sus propios pensamientos que probablemente estaban relacionados.

--Seguro que éste no es el mejor homenaje dedicado a Rubén Darío que habrá visto —escuché que decía Misael. Era un comentario que no esperaba respuesta.

--¿Qué se sabe de la estancia de Darío en San José? —le pregunté.

--Pues, aunque parezca extraño, considerando el descuido con el que aquí se ha tratado la figura de Darío, tenemos bastante información. En ese tiempo, esta ciudad, comparada con Guatemala, incluso con Managua, era algo provinciana, con pocos estímulos culturales. Aun así, él se las arregló para dar recitales y conferencias en Cartago, Heredia, Alajuela y San José. También publicó en los periódicos locales, editoriales, algunos obituarios, reseñas de libros y un buen número de cuentos y artículos. Algunos memorables, como el publicado el 15 de marzo de 1892 en El Heraldo de Costa Rica, titulado “Por el lado del Norte”, y que tanta repercusión tuvo entre los intelectuales del continente ¿Lo recuerda? Por el lado del norte está el peligro. Por el lado del norte es por donde anida el águila hostil. Desconfiemos, hermanos de América, desconfiemos de esos hombres de ojos azules que no nos hablan sino cuando tienen la trampa puesta.

Si la conversación iba a derivar sobre las sucesivas y evolucionadas inconsistencias en el pensamiento político de Rubén Darío, íbamos a necesitar un espacio más apropiado y un tiempo más relajado. Así que, en lugar de responder su envite, le propuse ir a almorzar a algún sitio cercano. Comida costarricense, le dije y se echó a reír.

--Entonces tendrá que ser un menú ejecutivo, o un casado en cualquier restaurante: Arroz, frijoles, un poco de ensalada verde, maduro y una pieza de carne o pescado.

 

Postdata:

La placa conmemorativa en el monumento original decía:

NICARAGUA
A
COSTA RICA

“YO SOY AQUEL QUE AYER NO MAS DECIA
EL VERSO AZUL Y LA CANCION PROFANA
EN CUYA NOCHE UN RUISEÑOR HABIA
QUE ERA ALONDRA DE LUZ POR LA MAÑANA”

DE “CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA”

HOMENAJE DE LA MUNICIPALIDAD CENTRAL
DEL CANTON CENTRAL DE SAN JOSE
1974 - 1978

 

martes, 12 de abril de 2022

Esculturas de Maruca Gómez sobre Rubén Darío

María Mercedes César Bernard (Maruca Gómez), (Granada 1923-2021), estudió pintura y dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Managua en la década de 1960, en ese entonces dirigida por Rodrigo Peñalba. En Nueva York completó su formación en The National Academy of Arts, donde se apasionó por la escultura. Fue entonces cuando empezó a moldear con barro y luego a esculpir figuras humanas y sobre todo cabezas de personas en bronce, siempre con
un toque de modernidad.

Entre sus numerosas obras destaca la serie de esculturas que realizó teniendo como referente a Rubén Darío.

Su primera escultura fue la de “el rey y su hija”, basada en el poema de Rubén Darío que empieza "Margarita, está linda la mar", y que fue regalada por la comunidad nicaragüense a Costa Rica y situada en el año 1995 en el parque Nicaragua en la ciudad de San José (Un bello conjunto monumental formado por una escultura en bronce de un hombre y una niña, ambos coronados, sobre una plataforma circular donde se incrustaban cuatro placas de bronce, de un metro por sesenta centímetros, en las que podía leerse el poema de Darío. Hoy faltan las cuatro placas, además de las pequeñas placas que indicaban el nombre de la obra y su autora).

Su segunda escultura, colocada en 2007, fue un encargo para el lobby del aeropuerto internacional de Managua: titulada “Divagación”, está compuesta por ocho cabezas de mujeres de todo el mundo que representan el poema de Darío del mismo nombre

(Sobre esta escultura puede encontrar información detallada en el artículo de este mismo blog titulado “Rubén Darío, el poema Divagación y la escultura en el aeropuerto de Managua”).

    La tercera escultura, es un monolito de concreto del que sobresale la cara esculpida en bronce de Darío, y que está situada desde el año 2014 a orillas del lago de Granada.

La cuarta representa a San Francisco y el lobo, titulada “Paz, hermano lobo” en alusión al cuento poema “Los motivos del lobo”, está situada desde el año 2017 en el atrio de la iglesia de San Francisco en la ciudad de León.

En reconocimiento a su trayectoria artística, así como al patrimonio artístico y cultural de la plástica nicaragüense, y por su contribución a la divulgación del conocimiento de Rubén Darío recibió en 2020 la orden Darío – Cervantes que otorga el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica desde el año 2009.

Algunas de sus obras forman parte del patrimonio cultural del Centro de Arte de la Fundación Ortiz Guardián.