martes, 5 de febrero de 2019

Rubén Darío y San Martín de Tours

Dedicado a Anke Faengewisch (in memoriam).
La noche del 11 de noviembre de 2018 una cabalgata de niños, alumbrados por los farolitos que llevan en la mano, recorre las calles de Diriamba, 
una pequeña población situada a cuarenta kilómetros de Managua (Nicaragua). Dirige la comitiva Anke Faengewisch, directora de la biblioteca popular Semillas, vestida para la ocasión con una larga capa de tela roja. Monta a “Mariposa”, una yegua parda que una vez fuera maltratada y al fin abandonada exhausta por el carretonero cuando ya no servía a sus propósitos, y que ahora pasta alegre y despreocupada en el jardín de su casa. Le siguen una cabra, también arrancada de las garras del desamparo, y varias decenas de niños y padres que caminan alegres hasta el parque central, donde los ojos curiosos y asombrados de los transeúntes contemplan este espectáculo multicolor, conmovedor y estimulante. Al ritmo de sus pasos y del balanceo de los farolitos unen sus voces para entonar canciones de estribillo fácil y pegadizo:

          Yo voy con mi farolillo

  alumbrando el camino,

  arriba brillan las estrellas

         aquí la luz que va conmigo.

“¿A qué se debe esta procesión?” Pregunta un sorprendido espectador a su vecino que, igualmente ignorante, se encoge de hombros.

“Estamos recordando a San Martín de Tours, un hombre humilde, generoso y compasivo”. Responde al paso uno de los integrantes de la comitiva que ha oído la pregunta.

“!Ojalá que traigan con sus farolitos un poco de luz en estos días de zozobra! Exclama otro espectador, con la voz atenuada por la prudencia y animada por la esperanza.

Malos tiempos se viven en la ciudad y en el país, ahora sometido a la cruel embestida de la revancha y la desconfianza entre las personas, capaz de separar a los amigos y dividir las familias. Recurriendo a un socorrido eufemismo muchos se refieren a esta situación como “la crisis socio-política” y algunos como "la revolución de la primavera de 2018". Han transcurrido seis meses y en las paredes de algunas casas quedó pintada la palabra “Plomo”, que identifica las viviendas de los “señalados” en uno de los dos bandos.

Pero… ¿quién es este santo que tanta devoción inspira en el mundo y que muy pocos parecen reconocer en Diriamba?

El 11 de noviembre de 1897 publicaba Rubén Darío, en el diario La Nación de Buenos Aires, un artículo celebrando la festividad de San Martín de Tours, patrón de Buenos Aires, y que también lo es de Francia, Hungría y muchas otras ciudades de Europa y América. El santo al que más iglesias ha dedicado el catolicismo.

El hecho que se recuerda sucede el 11 de noviembre de 337, una noche de frío intenso, cuando Martín encuentra a la entrada de la ciudad de Amiens, a un pobre hombre que tirita de frío, apenas cubierta su desnudez por algunos harapos. Sin dudarlo, Martín sacó la espada que ceñía, partió en dos la capa que le cubría dándole una mitad al pobre. Entre los curiosos, algunos empezaron a reír al ver el aspecto ridículo  que  tenía  con  su  capa  partida,  pero  muchos  en cambio,  con  mejor  juicio,  se  dolieron profundamente de no haber hecho otro tanto, pues teniendo más hubieran podido vestir al pobre sin sufrir ellos la desnudez. Esa noche se presentó Jesús en sus sueños, vestido con la media capa que le había regalado al pobre, para decirle: "Martín, hoy me cubriste con tu manto”.

En un lenguaje barroco, repleto de referencias y alusiones a los textos clásicos, Darío describe esta escena en su artículo de la siguiente manera: “Amiens, en hora matinal. Del cielo taciturno llueve a agujas el frío. El aire conduce sus avispas de nieve. ¿Quién sale de su casa a estas horas en que los pájaros han huido a sus conventos? En los tejados no asomaría la cabeza de un solo gato. ¿Quién sale de su casa a estas horas? De su cueva sale la Miseria. He aquí que cerca de un palacio rico, un miserable hombre tiembla al mordisco del hielo. Tiene hambre el prójimo que está temblando de frío. ¿Quién le socorrería? ¿Quién le dará un pedazo de pan?
Por la calle viene al trote un caballo, y el caballero militar envuelto en su bella capa.
Ah, señor militar, una limosna por amor de Dios! 
Está tendida la diestra entumecida y violenta. El caballero ha detenido la caballería. Sus manos desoladas buscan en vano en sus bolsillos. Con rapidez saca la espada. ¿Qué va a hacer el caballero joven y violento? Se ha quitado la capa rica, la capa bella; la ha partido en dos, ha dado la mitad al pobre. ¡Gloria, gloria a Martín, rosa de Panonia!”.

La crónica de Darío se centra en la expresión de solidaridad que une al soldado y al mendigo. Un gesto que es sencillo en su dinámica pero sublime en su significado, porque surge de la compasión, probablemente el sentimiento humano que, junto con el amor, resulta más conmovedor y trascendente.

Leyendas posteriores, extendidas por las comunidades del centro de Europa, enriquecieron los hechos descritos en la crónica de Sulpicio Severo, argumentando que algunos testigos del hecho, admirados por el gesto del santo, recorrieron aquella noche la ciudad, alumbrados con sus farolitos, propagando lo sucedido entre los ciudadanos. Orientaban la luz para abrirse camino en las tinieblas de la noche, al tiempo que el mensaje de solidaridad y hermandad que transmitían sus palabras llevaba la esperanza al corazón de los hombres. Y, con el paso del tiempo, la leyenda dio paso a una tradición muy querida en la que muchas ciudades celebran cada aniversario la generosidad del santo, con una procesión de niños y adultos que recorren las calles llevando farolitos hechos por ellos mismos y cantando canciones alusivas al hecho.

Esa tradición, que Anke vivió de niña en su Alemania natal y que trajo con ella cuando llegó a tierras americanas, está en el origen de esta procesión que desde hace unos años recorre las calles de Diriamba cada 11 de noviembre. Unos días antes, en el salón de la biblioteca Semillas, los niños y los padres que han querido participar en la actividad, se reúnen en una jornada de manualidades en donde cada uno fabrica su propio farolito, con cartón papel, una vela y un pedazo de alambre,  el mismo que luego llevará en procesión por las calles, pregonando con sus canciones los ideales de solidaridad y hermandad entre los seres humanos, unidos todos en un ideal común, más allá de las vicisitudes temporales.

Luego, al término de la cabalgata, se reúnen de nuevo en la biblioteca, donde todos celebran compartiendo unos frescos y unos panecillos que la misma Anke ha horneado en su casa. Mientras tanto algunos aprovechan para acariciar a la yegua y hacerse una foto con la cabra.

lunes, 21 de enero de 2019

La sonatina de Rubén Darío, una historia más allá del poema


En febrero de 2017 me encontraba en Buenos Aires. Me hospedaba en un cómodo hotel en la Avenida Independencia y al atardecer uno de mis paseos favoritos consistía en recorrer el barrio de Recoleta disfrutando de aquella atmósfera urbana y existencial, con sus casas de balcones franceses y sus bajos comerciales. Mis pasos me llevaban unas veces por la calle Bolivar, y otras por Defensa, para terminar invariablemente en la Plaza Dorrego. Allí el reclamo de las mesas dispuestas en la plaza invitaban a sentarse y disfrutar de una cerveza. 
Esa tarde, después de que el camarero trajo la cerveza que le había pedido, y bebí un par de tragos para refrescarme, me dispuse a revisar el libro que recién había comprado en una librería de ocasión. El título del libro, “Para Hipsípilas”, volvió a llamar mi atención; me parecía exótico y sugerente, aunque no entendía su significado. El autor, Regino Eladio Boti Barreiro (1878-1958), destacado escritor, intelectual y educador cubano, había realizado  una recopilacion de poemas hasta entonces inéditos de Rubén Darío, aunque no animaba mucho a la lectura cuando, ya en el prólogo, señalaba que entre los poemas rescatados del olvido, había alguno de gran calidad, pero eran mayoría otros cuyo único valor estribaba en documentar una faceta de la vida del poeta, muy dado a complacer a sus posibles mecenas y aduladores, dedicándoles olvidables versos de ocasión que, con el paso del tiempo, iban apareciendo en abanicos y tarjetas postales.
Y ciertamente, nada veía en el libro que despertara mi interés, hasta que, al pasar una página, descubrí una poesía que me pareció realmente inspirada. Su título era Elegía Pagana, y hablaba de una bella mujer fallecida en plena juventud. 
De pronto, mientras estaba leyendo el poema, sentí una presencia extraña a mi lado. Levanté la vista y le vi parado ante mí. Era un hombre de unos cuarenta años, de frente alargada y escaso cabello, con una espesa barba gris y, en medio de la cara, una nariz ancha de punta redonda, que le daba un aspecto extraño pero confiable. Llevaba un lote de libros en las manos. Me ofreció uno sin decir palabra y esperó a mi lado, observándome. Era un libro de poesía. En la contraportada podía verse una pequeña foto suya junto a una breve descripción del contenido. Por curiosidad, pero más por cortesía, fui pasando algunas páginas, incluso leí varias estrofas salteadas. Las poesías hablaban de temas eternos, como la naturaleza, el ser humano, el amor y la esperanza. Nada nuevo o sorprendente. 
Mientras yo trataba de ocultar mi incomodidad tras una sonrisa vacía, él se quedó mirando con evidente curiosidad el libro que había dejado sobre la mesa.

—¿Le gusta la poesía de Rubén Darío? Él era bueno manejando imágenes. Aunque lo más característico de su poesía era la búsqueda constante de un efecto musical. Así que el color, la sonoridad y el ritmo eran esenciales en su obra —prosiguió, sin darme tiempo a responder—. Fíjese en esta palabra —me señalaba el título del libro que había comprado minutos antes—, “Hipsípila”. Es mu posible que  Darío la utilizase en su poema la Sonatina porque le gustó el sonido trifónico de la i en esa palabra, muy adecuado para la i bifónica de la palabra crisálida, y eso le permite completar este verso tan icónico: ¡Oh, quién fuera hipsípila que dejó la crisálida!  Utiliza esta licencia literaria para lograr una armonía sonora tanto en el verso como en el poema. Y luego continúa con el siguiente verso: (la princesa está triste, la princesa está pálida). Son los dos únicos versos del poema con terminación esdrújula. Y eso no es casual.

—Conozco la historia. En la mitología griega, Hipsipila era una reina de la isla de Lemnos, que da nombre a una obra de Eurípides. Luego Darío tomó esa palabra en el lugar de mariposa para realzar la sonoridad del verso —comenté.
—Esa es solo una media verdad. Quienes han circulado esa versión no conocen realmente la forma de escribir de Darío  —me dijo con una sonrisa enigmática.
—¿Y cuál es el resto de la verdad? —Le pregunté, ahora realmente intrigado.
—Hypsipyla es el nombre latino de una mariposa, poco agraciada, cuyas larvas se crían en el interior de maderas preciosas. Se la conoce como polilla barrenadora, pero de todas maneras una mariposa. Algo que, sin duda, Darío conocía y que utiliza para hacer aún más dramático el llamado de la princesa. No es casual la similitud entre el palacio en donde ella vive y el tallo de la caoba o el cedro en donde vive la larva.
Se me quedó mirando fijamente, como alentando mi opinión.
—Entonces, Darío se refiere a esta mariposa y no a la reina de Lemnos —comenté.
—Exacto. Quien sí tomó el nombre de la reina griega fue el entomólogo que bautizó a la mariposa al clasificarla en 1848.
Se me quedó mirando fijamente, como alentando mi opinión.
—¡Vaya, si que es interesante!
Eran palabras de ocasión, pero en aquel momento no se me ocurrieron otras para mostrar mi interés.
—Sí que lo es, y mucho más si se piensa que, en el ideario griego, la mariposa simboliza el alma. Entonces descubrimos que en el verso hay un mensaje oculto: el alma puede escapar de su crisálida (el cuerpo), por medio de una metamorfosis. —Esperó unos segundos para ver mi reacción—. En realidad el poema no es tan intrascendente y decorativo como muchos se piensan, sino que está lleno de claves ocultas.
—Fascinante y… ¿dónde hay otra clave? —le pregunté.
—El propio poema tiene una segunda lectura si lo vemos como una metáfora. Fíjese en el primer verso, cuando dice “La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?”; si lo tomamos de manera literal, pareciera que es solo un recurso sonoro, donde lo que importa es la armonía que se logra con las palabras, y entonces el contenido es algo intrascendente. Pero adquiere un sentido bien diferente cuando se advierte que el poeta realmente está interrogando a su propia alma, a la que siente noble, inocente y prisionera, precisamente las características que los cuentos atribuyen a las princesas.
—Nunca lo había visto así. Siempre pensé, que la intención del poema era expresar el deseo que tiene una mujer adolescente de amar y ser amada.
—Eso es lo evidente. Pero, en realidad lo está utilizando como una figura alegórica. Es la expresión de lo espiritual a partir de su esencia femenina —se apresuró a corregirme, aunque pude detectar una benévola indulgencia en su tono de voz—. Si nos centramos en lo fundamental veremos que hay dos momentos crucia­les. El primero ya lo señalé, cuando advierte que el alma puede liberarse en un proceso similar al de la metamor­fosis de la crisálida. A lo largo de su obra, Darío fantasea con la posibilidad de transcender las limitaciones del cuerpo sin necesidad de morir, alcanzando un estado superior del ser. En el poema Venus, escrito cinco años antes, lo anticipa cuando, posiblemente inspirado en la ausencia de su primera esposa, Stella, escribe: mi alma quiere dejar su crisálida y volar hacia ti.
—¡Venus! Cuando lo descubrí me pareció un hermoso poema —opiné, en un tono de voz que revelaba cierta nostalgia.
—Yo lo considero el poema fundacional del Modernismo. Dario lo incluyó en la segunda edición del libro Azul. 
—¿Y el segundo momento? —le animé a proseguir.
—Al final del poema, cuando el poeta resuelve la situación poniendo el énfasis en la capacidad liberadora, a la vez que transformadora, del amor. La solución viene con el caballero que llega de lejos, el vencedor de la muerte. Es el amor. Solo este sentimiento tan noble, puede acabar con la angustia y la soledad de una persona.
—Ese parece ser un referente en toda su obra. Hay como una necesidad de amar y ser amado ——me aventuré a decir.
—Todas las personas —hizo una pequeña pausa, mientras movía levemente la cabeza a uno y otro lado, entrecerrando los párpados, como si estuviera considerando lo acertado de sus propias reflexiones—, tal vez todos los seres vivos tenemos esa necesidad. Pero él es un poeta y siente que el amor, que tanto ensalza en su obra, está fuera de su vida. Y lo busca, a veces lo intuye y a menudo se ilusiona con haberlo hallado en cada nuevo encuentro. El resultado, en una persona con su enorme sensibili­dad, puede ser una fuente continua de angustia y soledad.
—¿Piensa que esa fue la base de su inspiración?
Se quedó pensativo unos segundos y luego se encogió de hombros en una forma en que parecía devolverme la pregunta.
—No lo expresaría de esa manera. Fueron temas que, con cierta frecuencia, estuvieron presentes en su obra y supongo que en algún caso le servirían de estímulo —hizo una pequeña pausa como si con ello quisiera señalar la importancia de lo que iba a decir a continuación—. Lo que en verdad distingue a Darío es que era un poeta muy intuitivo, con una sensibilidad extrema, pero a la vez muy exigente con su trabajo. El poeta sabe que la palabra es su instrumento. Pero, en esencia la palabra es un sonido con significado. Por eso al escribir se afana en cuidar al máximo ambos componentes. Aunque, como está conven­cido de que solo la música tiene la capacidad para expresar la armonía del universo y quiere conseguir lo mismo a través de la poesía, se esfuerza en dotar al poema de una estructura métrica musical. La Sonatina es el mejor ejemplo de esa búsqueda. Ello hace que este sea un poema para ser oído y no tanto para ser leído en silencio. Sé que la comparación puede parecer atrevida, pero en este caso estamos ante la misma diferencia que hay entre leer música y escucharla.
—¿Por qué?
—El patrón en que están acentuados todos los versos lo convierten en un prodigio rítmico. En este poema, como en ningún otro, consigue que cada verso sostenga la melodía, el ritmo y el tempo en consistencia tonal. Por esa razón requiere una interpretación que tenga en cuenta su carácter musical, donde la voz y la destreza del intérprete resultan fundamentales.
Continuó hablando, alargando sus explicaciones con  algunos ejemplos, sacados de la obra de Darío, que pretendían corroborar sus comentarios. En algún momento, sin ser plenamente consciente de ello, empecé a perder interés en la conversa­ción, dejé de escucharle y me sumergí de nuevo en mis inquietudes que estaban muy alejadas de aquel lugar. Debieron transcurrir algunos segundos ya que, cuando salí de aquella aturdida ensoña­ción, advertí que aún tenía el libro en la mano y él estaba mirándome como si esperase una respuesta
Dejé su libro encima de la mesa.
 —¿Lo va a comprar? —me preguntó.
—Me parece interesante, pero no, gracias.
Sostuve su mirada apenas unos segundos, el tiempo que consideré necesario para asegurarle lo definitivo de mi decisión y luego desvié la vista hacia lo que ocurría en el centro de la plaza. Observé de reojo como recogía sus libros, se levantaba y se alejaba en busca de otros posibles compradores.


martes, 15 de enero de 2019

Ruben Darío, autor teatral

El 30 de julio de 1912, el diario La Nación publicó el siguiente suelto: "Nuestro corresponsal de Montevideo  (Enrique García Velloso) transmitió hace días la noticia de que Rubén se había comprometido con el empresario Guillermo da Rosa a escribir un poema dramático para la actriz española Rosario Pino. Sabíase hasta ahora que el poeta había dado cita en París al susodicho empresario a objeto de combinar todo lo referente a la 'mise en scene' de su obra y que inmediatamente comenzarían en Madrid los ensayos de la misma bajo la dirección de la señora Pino”.

Sorprendente noticia, que requiere alguna explicación sobre la manera en que se gestó ese compromiso y cuáles fueron las circunstancias que lo hicieron posible. En esas fechas Darío se encontraba en Uruguay, en su viaje de promoción de la revista Mundial, acompañado por el editor Adolfo Guido. Aprovechando su estancia en la capital, El Ateneo  le ofreció una recepción el 17 de julio, en la que leyó su Canto a Montevideo, mientras que la actriz española Rosario Pino, que se encontraba entre los participantes, recitó el prólogo de Los intereses creados, de Jacinto Benavente.

La amistad entre Darío y Rosario Pino, se había ido consolidando a través de la relación de amistad que ambos mantenían con Jacinto Benavente; ya que por un lado el dramaturgo fue el primer amigo de Rubén a su llegada a España a finales de 1898, mientras que Rosario Pino era la actriz predilecta de Benavente, a la que siempre daba a estrenar sus obras. Hay que esperar que en este encuentro en Montevideo entre el poeta y la actriz hablaran de sus amigos comunes y recordaran las circunstancias en que se conocieron en 1899, cuando Rosario Pino junto a Jacinto Benavente y varios amigos mas deciden ayudar a Valle-Inclán, otro compañero habitual de Darío, a poner en escena la que fue su primer obra dramática, Cenizas, con el fin de procurar fondos para comprarle un brazo ortopédico que supliera su recién perdido miembro. El estreno fue un fracaso de público y Valle-Inclán nunca usó el brazo que le regalaron.

Pero, a pesar del fracaso de sus primeras obras, Valle-Inclán no cejó en su empeño de escribir para el teatro; y precisamente entre 1910 y 1912 estaba estrenando tres obras nuevas en distintos locales de Madrid.

Además estaba reciente el artículo que Jacinto Benavente, por cuya obra teatral sentía Darío una profunda admiración, había publicado defendiendo la pluralidad de formas en el género dramático, y donde hacía un rotundo llamamiento a los poetas para que se incorporaran al ámbito teatral, reivindicando el legado de Shakespeare, para así evitar que el teatro fuera engullido por el estilo más directo del cinematógrafo, argumento que Darío le había podido escuchar en las frecuentes tertulias mantenidas en los cafés madrileños.

Todas estas coincidencias, se hicieron patentes en su conversación con la actriz y parece que estimularon de nuevo en el poeta nicaragüense su deseo de escribir una comedia. Algo que queda reflejado en el mismo artículo de prensa, que continúa diciendo: “Rubén Darío escribirá una obra de teatro en el más amplio sentido de la palabra. No será un poema que finque su éxito en el elemento verbal ni en la musicalidad de las tiradas. Su obra tendrá interés dramático; vale decir que habrá en ella asunto, conflicto y situaciones. Ya se ha dicho que se titulará el poema La princesa está triste, y que el tipo de la protagonista surgirá transfigurado de la deliciosa composición que con el título de "Sonatina" figura en Prosas profanas. La acción se desarrollará en Andalucía durante los últimos años de la dominación musulmana. En aquel escenario suntuoso, lleno de vistosidad cautivante, crea el conflicto pasional de su poema Rubén Darío. El prólogo, que ya está escrito, resulta un alarde de poeta, dueño de un idioma que le responde íntegramente a la musicalidad de los ritmos más extraños. La obra se dividirá luego en tres actos, llenos de interés dramático, de gracia poética y de emoción, según se afirma. En Buenos Aires, pondrá Darío la sacramental frase "telón" a La princesa está triste. Su deseo es hacer teatro poético a la manera de Zorrilla, esto es, fundiendo los prestigios líricos con el interés escénico y supeditando la tirada a la situación ficticia que rompe la unidad del asunto".

El mismo Enrique García Velloso vuelve a incidir en este asunto  cuando publica en la revista Caras y caretas, n. 722, del 3 de agosto de 1912 la siguiente reseña: “Desde que Rubén Darío prometió a Rosario Pino escribirle una obra dramática, se está discutiendo en los círculos literarios de aquí (Buenos Aires) y de Montevideo si el admirable portalira de Cantos de Vida y Esperanza sabría triunfar en el teatro”.

Algunos autores señalan que el propio García Velloso colaboraría en la obra, como parece sugerir la carta que el poeta, le escribe un viernes de agosto desde Adrogué: "Mi querido Enrique: Para reposo justo, me he venido a casa de Mr. Vale. Lo sabe por cualquier cosa que sea precisa. El suelto de La Nación ha estado muy bien; pero El Diario hasta este momento no ha dicho nada. No descuide lo que es de su absoluta autocracia: es decir, teatro y detalles, porque, innegablemente, es V. para ello el único. Creo, si Dios quiere, que mañana, no será mal día. Hasta pronto. Suyo. Rubén Darío". Incluso llegan a señalar que ambos habían ya precisado la época en que transcurriría la acción, sobre su ambiente y el estilo que convenía a la versificación del poema dramático, ya que  Rubén Darío aceptaba de buen grado los consejos de García Velloso, a quien consideraba, como hombre de teatro, dueño de los secretos del oficio y en quien reconocía su alta dignidad.

Todavía el diario de Madrid,  El imparcial, publica un suelto en su número del día 8 de enero de 1913, cuatro meses después, en el que señala que: “La compañía Rosario Pino emprenderá muy pronto su excursión por más allá de las fronteras españolas y se presentará, al público parisiense en el teatro de la "Renaissance», donde estrenará una obra en verso de Rubén Darío”.

Los motivos por los que nunca se estrenó la obra hay que buscarlos en el hecho de que nunca hubo constancia de que se llegara a escribir.

Algunos datos de interés:

- Rosario Pino, nacida en Málaga en 1871, fue una de las más brillantes actrices del primer tercio del siglo XX en España.

-  Benavente fue un dramaturgo español de gran éxito, renovador del teatro en español y premio nobel de literatura.

- Enrique García Velloso fue un dramaturgo argentino, director de cine, director de teatro y guinista. Llegó a escribir más de cien obras teatrales. 

- Ruben Darío, estrenó una obra teatral de juventud, titulada Cada oveja..., que se ha perdido.

- Juan José de Urquiza, en el libro La amistad de Rubén Darío y Enrique Garcia Velloso, ofrece algunos datos interesantes sobre esta historia.

miércoles, 9 de enero de 2019

Historia de la glorieta de Rubén Darío en Madrid

    El 12 de octubre de 1922 el Ayuntamiento de la capital de España inauguró, en una ceremonia llena de suntuosidad, la glorieta dedicada al poeta Rubén Darío. Pero lo que pudiera parecer un acontecimiento “normal” en una ciudad que estaba entonces en plena expansión y que siempre se distinguió por recordar en sus calles los nombres de sus hijos ilustres, estuvo en esta ocasión rodeada de una serie de circunstancias que parecen sacadas del argumento de una novela histórica.

   Bastaría con leer el excelente artículo que Ramón Gómez de la Serna, el ilustre cronista de Madrid, publica el 6 de octubre en El Liberal, donde aplaude el gesto del Ayuntamiento de Madrid, para entrever lo peculiar de aquella ocasión.

   “Está muy bien elegido el sitio –escribe Gómez de la Serna-- y, además, está muy bien que sea una glorieta la que corresponda al poeta. Una plaza es de una ciudadanía sin intimidad y una calle es algo atropellado y de espesa transeuntería. Las glorietas son para los poetas.

    Lope de Vega, estatuado y aprendiéndose de memoria inacabablemente no se sabe qué libreto de sus innumerables comedias, se ha sentido satisfecho de que la glorieta, que en el fondo es suya, lleve el nombre del excelso poeta. Pero lo que es un acierto último, insuperable, es dedicar el Cisne a Rubén Darío, pues merece esa ofrenda, que nos hubiera hecho clamar al cielo si hubiera sido ofrendada a cualquier otro; pues esa glorieta del Cisne recuerda una preciosa fuente que Gustavo Doré dibujó con dramática maestría y en la que el cisne lanzaba, bajo hermosos árboles, el poema del agua que le ahoga, agua lírica que la Luna tallaba con su luz muchas noches”.

   Hasta entonces tanto la glorieta como la calle que le daba acceso, habían tomado su nombre de la Fuente del Cisne, que estaba situada doscientos metros más abajo, en la entrada desde la Castellana, arteria principal de Madrid. Era una fuente compuesta por una columna de breve fuste que sostenía una taza semiesférica que servía de pila, coronada en el centro por un grupo escultórico que representaba un cisne de plomo, en la agonía de ser devorado por una serpiente, mientras lanza chorros de agua por el pico.

   Otro detalle que anuncia la crónica de Gómez de la Serna es que la glorieta ya estaba habitaba por una estatua de bronce dedicada a Lope de Vega, representado de cuerpo entero, con su hábito sacerdotal, en actitud ensimismada corrigiendo uno de sus escritos. La escultura era obra de Mateo Inurria, y había sido colocada allí en 1908.

   El día 12 de octubre de 1922, todos los diarios de Madrid dan cuenta, en sus ediciones vespertinas, de la procesión cívica que tuvo lugar aquella mañana, con el doble propósito de rendir homenaje al almirante Colón y proceder a inaugurar con una espléndida ceremonia la glorieta dedicada al poeta Rubén Darío.

   Cuentan las crónicas que “...En el Paseo de Recoletos, se habían reunido más de mil niños de las escuelas municipales y nacionales de Madrid, acompañados de sus maestros y llevando al frente sus estandartes. Se hallaban presentes el Ayuntamiento y la Diputación representados por el  alcalde, conde de Valle Suchil, varios concejales y el vicerrector de la Universidad, así como algunos embajadores americanos. Desde allí la comitiva se puso en movimiento, encabezada por una sección de la Guardia Municipal montada. Al llegar a la estatua de Colón depositaron los niños ramos de flores. Desde allí se dirigieron por la Castellana y calle de Martínez Campos a la Glorieta del Cisne. En la glorieta se hallaba formado un escuadrón de la Guardia Municipal, de gran gala, dando frente a la casa en construcción de D. Miguel Maura, en la que se había colocado la lápida monumental, de mármol y bronce, que da el nombre de Rubén Darío a la glorieta, obra del joven y laureado escultor D. Rafael Vela del Castillo, y que permanecía cubierta por una bandera con los colores nacionales. La Banda Municipal, que también estaba presente, ejecutó varias composiciones de músicos españoles y americanos. A la derecha de la fachada en donde está la lápida se había levantado un tablado cubierto de terciopelo rojo para los oradores. A las doce en punto llegó la comitiva a la glorieta. A los acordes de la Marcha Real, ejecutada por la Banda Municipal, el alcalde tiró del cordón que sujetaba la bandera española, descubriendo la lápida que da el nombre del gran poeta a la que hasta hoy fue glorieta del Cisne, provocando una entusiasta ovación del público presente. Durante el acto, que se extendió hasta la una de la tarde, se pronunciaron elogiosos discursos por parte de las autoridades presentes, elogiando la figura del poeta”.

   Entre estos discursos destaca el pronunciado por el ministro de México, Alfonso Reyes, hablando en nombre de las delegaciones americanas, y del que el Heraldo de Madrid, copia el siguiente párrafo: “Feliz acuerdo el de consagrar en la Fiesta de la Raza un homenaje en memoria del mayor poeta de la lengua durante los últimos siglos. Su nombre desde hoy queda incorporado a la vida diaria callejera de vuestra gloriosa ciudad. Y por justa paradoja y compensación, he aquí que convertís al desigual, al rebelde y antiguo genio, al pecador torturado, al elegante, al león entre tímido y bravío, que de pronto se acobardaba y de pronto comenzaba a rugir; al melancólico que cruzaba la vida “ciego de sueño y loco de armonía”, al hijo terrible de un continente que es, en él, un grito de insaciados anhelos, a nuestro Rubén Darío, el menos municipal de los hombres, en algo tan benévolo y manso como un genio municipal. Acógelo la divinidad que reina en las plazas y en las calles; y nosotros, buenos hijos de Roma, saludamos con ritos públicos, bajo el cielo risueño, al héroe mensajero de las primaveras americanas”.

   No sería hasta 1962 que la embajada española en Managua en acuerdo con el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, propusieron realizar un monumento a Rubén Darío, mediante suscripción pública, que sería construido por el escultor Victorio Macho.  Pero ante la falta de dinero, aprovechando el encargo ya existente por parte de la embajada de dos bustos de Rubén Darío, al escultor José Planes Peñalver, para ser colocados en Málaga y Santander,  se llegó a la solución provisional de pedir una tercera copia de ese busto, que se instaló en la glorieta, de forma provisional, a primeros de enero de 1967. Ese mismo año la estatua de Lope de Vega fue trasladada a su actual emplazamiento en la plaza de la Encarnación, quedando Rubén Darío dueño y señor de la glorieta que lleva su nombre.

   Pasadas las celebraciones del centenario del nacimiento del poeta, la falta de interés y el paso del tiempo determinaron que lo provisional se convirtiera en definitivo, con el agravante de que el busto original fue sustraído, y luego reemplazado por una copia que, a juicio de los expertos, era de bastante peor factura y calidad que la modelada por José Planes.


martes, 27 de febrero de 2018

Rubén Darío vestido de cartujo. El retrato


Siempre ha existido una fuerte controversia en torno al cómo y cuándo Vázquez Díaz realizó el famoso y alabado retrato de Darío vestido con lo que parece ser un hábito de cartujo. Se trata de un óleo sobre lienzo de 194 x 105 cms.
Casi todos coinciden en que el cuadro fue pintado en 1914, inmediatamente posterior a la estancia de Darío en la Cartuja de Valldemossa (Mallorca). Tiene su lógica si consideramos que en aquella ocasión está documentado que Darío vistió un hábito blanco de cartujo y le fueron tomadas varias fotografías. También el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de Madrid, donde se encuentra expuesto el retrato desde el 2001, data el cuadro en el año 1914.
Sin embargo hay algunos datos que ponen en cuestión esa fecha. La anécdota de Darío vestido de cartujo no se conoce hasta 1915, cuando aparece dentro del libro “La vida de Rubén Darío escrita por él mismo”, publicado en Barcelona por la editorial Maucci. Y la fotografía que da testimonio del hecho, no fue conocida hasta 1916, cuando la revista La Esfera, de Madrid, en su edición del 1 de mayo de 1916, presenta la fotografía, acompañada del siguiente texto “…esta curiosa fotografía, hasta ahora inédita, que me remite un joven y admirable poeta, Pedro Ferrer Gilbert, el autor de Visiones de Mallorca y Tardes del jardín”.
De hecho hay algunos autores que opinan que el retrato fue pintado en torno a 1918, coincidiendo con el año en que el pintor abandona París para instalarse definitivamente en Madrid. La primera vez que el cuadro se expone al público fue en 1921, en los salones que el periódico La Nación, de Buenos Aires, tenía en su agencia de Madrid, en la calle Gran Vía 8. La mayoría de los diarios de Madrid resaltan este acontecimiento. Entre ellos destaca el artículo que publica el diario La Voz, del 21 de octubre de 1921, con el título “Fiesta hispanoamericana”, donde se hace eco de la celebración que tuvo lugar el día anterior en la sede de La Nación, para agasajar al poeta y al pintor con motivo de la exposición del cuadro. Una foto del retrato puede verse en la revista La Esfera, del 10 de diciembre de 1921. Curiosamente la mayoría de los periódicos relacionan el retrato con la fotografía y la estancia de Rubén en la cartuja.
También sabemos que Vázquez Díaz conservó este retrato hasta su muerte, ocurrida en 1969, por una fotografía tomada por Leandro de la Vega Gil, en el estudio del pintor, en torno a 1960, y que fue donada en 2016 a la Universidad Complutense de Madrid, donde hoy permanece en custodia.  En esta fotografía puede verse a Vázquez Díaz sentado a la mesa y a su espalda, colgado en la pared el cuadro con el retrato de Darío.
Y para añadir más confusión al tema y sazonarlo con un poco de clarividencia, el propio Vázquez Díaz publica en 1956 en el diario ABC, un artículo en el que explica cuando y como realiza sus retratos de Darío, de la siguiente manera:
“Rubén vino a mi estudio de la Ville des Arts unos meses después (pasado el invierno de 1911), cuando ya había yo trazado algunas primeras ideas para el retrato de cuerpo entero. Eran primeros dibujos buscando el ritmo de la estatua blanca, cubierto el cuerpo de una gran túnica o hábito blanco de grandes pliegues.
--¿Por qué así?- Preguntó Rubén.- Tú me viste siempre con la boina de terciopelo…
--Es verdad -contesté- Pero yo siento tu retrato en un gran bloque de pliegues verticales, como un monje blanco, por necesidad plástica.
Me miró fijamente, como si yo hubiese presentido… ¿el qué?
Después hubo un gran silencio. Dos años después Darío va a descansar, invitado por sus amigos Sureda, a la cartuja de Valldemossa, dejando empezado –aunque inconcluso— el retrato del monje blanco”.
¿Debemos creer a Vázquez Díaz, protagonista principal de esta historia, cuando sugiere que, la concepción de su retrato, es anterior a la fecha en que Darío se viste con el hábito de cartujo? ¿Fue producto de su peculiar psicología de pintor, basado en un insight del personaje que resulta premonitorio?.
Pudiera ser, si consideramos que a Vázquez Díaz se le conoce por ser el pintor de los monjes blancos, como queda manifiesto en los frescos que hizo en el Monasterio de La Rábida, con un dominio de la luz y el color heredado de Zurbarán, pero dotados de un vigor y solemnidad  más propio del estilo de un escultor. ¿Será el retrato de Darío una de las primeras aproximaciones del pintor a ese nuevo concepto de pintura, que años más tarde sería la esencia de su obra.
Pero también la historia ofrece innumerables evidencias de como las referencias autobiogáficas suelen acomodar los hechos para ofrecer la visión más favorable o conveniente al autor. Especialmente cuando ya han transcurrido muchos años. ¿Será éste uno de esos casos?.
O como suele suceder, la verdad está repartida entre las tres posibilidades. Hay un poco de verdad en cada una de ellas: la idea del cuadro fue concebida en 1912, la anécdota y la fotografía de Darío vestido de cartujo fue conocida por Vázquez Díaz años más tarde, y el retrato lo pintó en torno a 1918
Es probable que todavía veamos algunos historiadores o investigadores darianos ofreciendo versiones diferentes sobre esta historia, según den prioridad a unos hechos sobre otros.
Como observadores solo nos queda disfrutar de estas dos obras de arte, realizadas por uno de los doce pintores españoles más reconocidos de todos los tiempos.

Referencias:
Daniel Vázquez Díaz (1882 –1969) es un pintor que, en su madurez artística, utiliza la morfología del cubismo, sin embargo su pintura es tremendamente realista, caracterizada por el uso de colores sobrios y grises, y por lo vigoroso de sus planos. Estas características transmiten una especial solemnidad a su obra.
Diario ABC, 19 de octubre de 1956. “¿Por qué pinté a Rubén Darío vestido de monje?”. Daniel Vázquez Díaz.
Revista La Esfera. 1 – 4 – 1916. Fotografía de Rubén Darío vestido de monje cartujo.
Revista La Esfera. 1921. Retrato de Rubén Darío pintado por Vázquez Díaz.


viernes, 23 de febrero de 2018

Vázquez Díaz y la cabeza de Rubén Darío

Había entrado en aquella almoneda buscando libros antiguos, atraído por algunos ejemplares que estaban expuestos en el escaparate. El lugar se hallaba en una de las calles laterales que salen a la parte baja de la Ribera de Curtidores, en el viejo Rastro de Madrid. Pero al entrar a la tienda llamó mi atención un cuadro que estaba apoyado en el respaldo de una silla de terciopelo rojo, con la tela gastada por el roce. Parecía una de esas sillas que suele haber en los palcos de los teatros y el cuadro era un dibujo a carboncillo de la cabeza de Rubén Darío.

El dueño de la tienda, un hombre de baja estatura, barba blanca crecida y bien cuidada, con traje de corbata casi tan gastado como la silla, observó mi interés y guió mi atención ofreciéndome algunos datos.

“Es una litografía original de Vázquez Díaz. La hizo en 1912. Formaba parte de una serie destinada a la colección iconográfica "Hombres de mi tiempo". Todas van en pliegos de 55 x 44 cms (31 x 23,5 cm. el recuadro del retrato). La litografía estaba firmada en la misma plancha, como puede ver aquí –me señaló una inscripción a un lado del retrato en la que podía leerse Vázquez Díaz, Paris-. Este retrato ha sido reproducido en numerosas publicaciones. Además está firmada a lápiz por el pintor en un margen de la lámina. Es una belleza. Si le interesa está a muy buen precio”.

Era una belleza. Aunque el cristal estuviera rajado y el marco presentara múltiples raspaduras en la pintura y mordidas en la madera. Pero la lámina, enmarcada en paspartús, lucía limpia y clara. Por las explicaciones que me estaba dando deduje que el vendedor conocía bien el artículo y su valor.

“Se lo puedo dejar en 700 euros. Hace solo una semana que está en la tienda. Si lo doy a enmarcar de nuevo no lo venderé por menos de mil. Aquí se reúnen dos colosos del arte. Vazquez Díaz es uno de los doce pintores españoles más reconocidos y Rubén Darío es el más grande poeta contemporáneo en lengua española.”
Cualquier objeto cuenta una historia. Solo está esperando por alguien que quiera leerla. Y si ya tiene cien años y además relaciona a dos colosos del arte en español, entonces la historia alcanza el grado de esencial.
Daniel Vázquez Díaz y Rubén Darío se conocieron en la primavera de 1910, cuando ambos se encuentran una mañana en casa del escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. Meses después Darío volvería a llamarle para ofrecerle una colaboración fija en la revista “Mundial”, de manera que en cada número se publicaría una cabeza dibujada por él y avalada por una semblanza escrita por el poeta nicaragüense. Así fueron publicándose las de Lugones, Amado Nervo, Enrique Larreta, Enrique Rodó, Marcos Avellaneda y algunas más, entre ellas la del propio Rubén Darío.
Mucho se ha escrito sobre el momento y la forma en que se realizó ese retrato; y cada autor aporta una variante de la historia. Si nos atenemos a la versión que da el propio Vázquez Díaz, en el artículo que publicó en el diario ABC, el 19 de octubre de 1956, las cosas sucedieron de la siguiente manera:
“Una mañana del invierno de 1911, me esperaba Rubén Darío en su Apartamento de la rue Herchelle, junto a la avenida del Observatorio. Me recibió el poeta en un saloncito pequeño, amueblado al estilo francés. Estaba tocado con una boina de terciopelo negro y me dio la sensación de un gigante que hubiera dibujado el mismo Holbein. Su corpulenta figura, de pie en aquella pequeña estancia, ya se había adentrado en mí, y la impresión de lo gigantesco se afirmaba cada vez más. Aquella mañana dibujé el primer retrato, el de la boina de terciopelo, hoy tan conocido, y el pequeño Darío, su hijo de diez años entonces*, no se separó un instante de mi lado, embebido y curioso por ver las faenas gestoras de un retrato.
En las tres horas que aproximadamente duró aquella sesión, su fiel y amada compañera, Francisca Sánchez, entraba en la salita de vez en vez, también curiosa como su hijo por ver el retrato terminado, y con la esperanza de que yo conociera su pueblecito abulense para hablar de España, tantos años ausente”.
Los redactores de Mundial insertaron, algunos meses después, este retrato en la sección “Cabezas”, acompañada de un esbozo literario de Gómez Carrillo. Era aquel el No 16 de la revista, y la página 319 del volumen III (Agosto de 1912).


Referencias:
Daniel Vázquez Díaz (1882 –1969) es un pintor que, en su madurez artística, utiliza la morfología del cubismo, sin embargo su pintura es tremendamente realista, caracterizada por el uso de colores sobrios y grises, y por lo vigoroso de sus planos. Estas características transmiten una especial solemnidad a su obra.
Diario ABC, 19 de octubre de 1956. “¿Por qué pinté a Rubén Darío vestido de monje?”. Daniel Vázquez Díaz.
*El hijo de Darío tenía entonces cuatro años de edad, y no diez como señala el artículo.
Un ejemplar de esta litografía original se encuentra en la colección del escritor mexicano Alfonso Reyes.

domingo, 4 de febrero de 2018

Ramos Martínez, el pintor que hizo tres retratos de Darío

Alfredo Ramos Martínez (1871 – 1946), reconocido pintor mexicano es considerado el padre de la pintura moderna en México y precursor de los afamados muralistas mexicanos, Rivera, Orozco y Siqueiros

En 1901 se trasladó a vivir a París y allí conoció a Rubén Darío, con quien trabó una entrañable amistad que perduró en el tiempo. Juntos frecuentaron la vida artística y mundana del ajetreado París de primeros de siglo. Compartieron ideas y visiones sobre el arte y visitaron juntos algunos de los museos más importantes de la ciudad. También coincidieron en su estancia en Mallorca, en el invierno de 1906-1907. (Algunos biógrafos afirman que, el hecho de que Ramos Martínez ya estuviera en la isla, fue lo que animó al poeta nicaragüense a viajar hasta allí, en busca de la calma necesaria para reponerse de sus problemas de salud y aquietar su espíritu). En Mallorca escribió su poema “A un pintor”, dedicado a Ramos Martínez y que luego publicó en su libro “El canto errante”, en 1907.

Rubén Darío apreciaba y admiraba el trabajo de su amigo pintor, y escribió sobre él en estos términos: "Ramos Martínez es uno de los que pinta poemas, él no copia, él interpreta, él entiende cómo expresar la tristeza del pescador y la melancolía del pueblo". Y lo llamó “El pintor de las melancolías”, sobrenombre que destaca en todas las biografías que luego se han escrito sobre el pintor mexicano.




Pero igual que Darío le dedicó alguna de sus poesías, también  Ramos Martínez pintó en varias ocasiones al poeta nicaragüense. Las dos primeras veces lo hizo en París, entre 1901 y 1909. (Probablemente a estos cuadros se refiere Ernesto Mejía Sánchez, biógrafo del poeta). En ambos retratos posa Darío en la misma postura, al estilo de los cuadros de Durero, y en uno de ellos sujeta un rollo de papel en la mano. Si bien en ambos puede reconocerse su rostro, parece evidente que hay una diferencia importante de años entre uno y otro. Según Artnet, un sitio web de mercado de arte, uno de estos retratos lo pinta en  1903.

Desconozco donde están ahora estos cuadros. Probablemente en colecciones privadas. Solo existe una fotografía de ellos y no se encuentran en el catálogo de obras del pintor.

También, probablemente con posterioridad a 1920, años después del fallecimiento del poeta, Ramos Martínez volvió a realizar un nuevo retrato de Darío. En esta ocasión puede comprobarse que el estilo es muy diferente. El pintor ha madurado y ha adquirido una identidad artística que luego exploró y desarrolló hasta su muerte en 1946. Este retrato se lo regaló a Carlos Pellicer y recientemente se ha expuesto por primera vez en la Universidad de Oslo. 

Para conocer la interesante historia de este cuadro se recomienda ver en este mismo blog el artículo titulado Rubén Darío en los sellos de México





Referencias
Ernesto Mejía Sánchez. “Darío y los pintores mexicanos”. (América nuestra, Política-letras-arte-crítica. Mexico, mayo de 1967, num.2)

Una fotografía del cuadro, en el que Rubén parece más joven, puede encontrarse en el libro de Flavio Rivera Montealegre, “Rubén Darío: Su vida y su obra”. 2012

Una fotografía del cuadro, en el que Rubén sostiene un rollo de papel en la mano, puede encontrarse en el libro de Edmundo Montenegro: “Biografía iconográfica de Rubén Darío”. 2016